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Cuba es una sola, dentro y fuera de la islaMás que playas, sol y arena, las Cordilleras del Caribe te llaman

EL CAMINO DE LA SERVIDUMBRE

Debido a la extensión del artículo, es conveniente dividirlo y publicarlo en varias partes. En total he de dividir el tema en 7 partes, pues así se consigue una mayor participación de los foristas, al no atiborrarlos con toda la información de un golpe. Espero disfruten el tema.

Victor

EL CAMINO DE LA SERVIDUMBRE

Por Friedrich A.Hayek
En Defensa del Neoliberalismo, diciembre 2003

Introducción a la edición sintetizada

El Camino de la Servidumbre fue un libro que no encontró difusión ni popularidad en Occidente tras su aparición en 1944. El ambiente ideológico imperante le era francamente hostil: era el mismo que existía en Cuba en la época prerrevolucionaria. El mismo que no pudo ofrecer prácticamente ninguna resistencia a que Fidel Castro llegara al poder e instituyera el comunismo en Cuba. ¿Qué ambiente era ese? ¿Cuál se pensaba entonces que era el camino del progreso y el desarrollo? Pero ¿qué decía la experiencia histórica sobre el mismo? Ese es el tema de este libro.

Es un texto agudo, profético, uno de las grandes producciones liberales del siglo XX. Estoy seguro de que si hubiera sido popular entre nosotros antes del triunfo de la revolución, Fidel Castro no hubiera haber podido hacer lo que hizo. No sólo eso. Si conseguimos hacerlo popular entre nuestros intelectuales, aun ahora, pudiéramos ahorrarnos grandes frustraciones en el futuro.

El Camino de la Servidumbre es un libro de poco más de 200 páginas. La síntesis de una obra tan densa, y tan rica, no es tarea fácil. Hice una amplia utilización de las negritas para tratar de compensar con ese énfasis la eliminación de ciertas reiteraciones. Igualmente, en unos pocos casos, he simplificado un tanto la redacción para ganar en claridad expositiva. No pude resistir la tentación de hacerle algunos comentarios al texto, que aparecen numerados al pie de cada capítulo y que, por supuesto, sólo representan mis opiniones personales. Sólo espero que este trabajo despierte en los lectores el interés por leer el insustituible original, tan poco conocido entre nosotros.

Adolfo Rivero Caro

RESUMEN DE EL CAMINO DE LA SERVIDUMBRE

Introducción

Los estudiantes de la historia de las ideas difícilmente puedan dejar de apreciar algo más que una similitud superficial entre la tendencia del pensamiento alemán después de la I Guerra Mundial y la tendencia del pensamiento actual en las democracias occidentales. Hasta hace muy poco tiempo, las políticas socialistas de los gobiernos alemanes eran consideradas como un modelo para los "progresistas", de la misma forma en que han sido consideradas las de Suecia más recientemente. Pocos han tenido el coraje de reconocer que el ascenso del fascismo y del nazismo no ha sido una reacción contra el socialismo anterior sino precisamente su consecuencia, y que los conflictos entre la "derecha" del nacionalsocialismo y la "izquierda" comunista no han sido sino luchas entre fracciones socialistas rivales.

Actualmente (1944) existe entre las democracias occidentales la misma determinación, típica de Alemania después de la I Guerra Mundial, de preservar el tipo de organización nacional en la paz que había servido para los fines de la guerra. Hay el mismo menosprecio por el liberalismo del siglo XIX, el mismo espurio "realismo" e incluso el mismo cinismo y la misma aceptación fatalista de las "tendencias inevitables" de la economía. Tal parece como si existiera un rechazo a aprender de las lecciones de la historia.

A través de todo el libro utilizo el término "liberal" en el sentido original del siglo XIX que todavía es habitual en Inglaterra. Sin embargo, con frecuencia su uso habitual en Estados Unidos viene a significar casi exactamente lo contrario. Ha sido parte del camuflaje del movimiento izquierdista de ese país, ayudado por la confusión de muchos que realmente creen en la libertad, que "liberal" haya venido a significa la defensa de casi todo tipo de control gubernamental. Todavía me resulta enigmático por qué los que verdaderamente creen en la libertad en Estados Unidos no sólo permitieron que se apoderara de este término, prácticamente indispensable, sino que casi la ayudaron al comenzar ellos mismos a utilizarlo como término de oprobio. Esto parece particularmente lamentable dado la consiguiente tendencia de los verdaderos liberales a describirse a si mismos como conservadores.

Es cierto, por supuesto, algunas veces, en la lucha contra los que creen en el estado todopoderoso, los verdaderos liberales tienen que hacer causa común con los conservadores y, en algunas circunstancias, como en la Gran Bretaña contemporánea, difícilmente tengan otra forma de trabajar activamente por sus ideales. Pero el verdadero liberalismo sigue siendo muy distinto del conservadurismo, y el conservadurismo, aunque un elemento necesario en cualquier sociedad estable, no es un programa social; en sus tendencias paternalistas, nacionalistas y adoradoras del poder frecuentemente está más cerca del socialismo que el verdadero liberalismo; y con sus propensiones tradicionalistas, anti-intelectuales y frecuentemente místicas, nunca, excepto en cortos períodos de desilusión, resultará atractivo para los jóvenes y para todos los que creen que algunos cambios son deseables si este mundo ha de convertirse en un lugar mejor. Un movimiento conservador, por su propia naturaleza, está obligado a defender los privilegios establecidos y apoyarse en el poder del gobierno para la protección de esos privilegios. Sin embargo, lo esencial de la posición liberal es la negación de todo privilegio, si por privilegio se entiende, en su sentido propio y original, un estado que garantiza y protege derechos disponibles para algunos y no para otros (1).

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La sociedad norteamericana contemporánea se ha alejado enormemente del ideal liberal. La izquierda americana, que se siguen llamando "liberal" dentro del Partido Demócrata, está integrada por los modernos herederos del utopismo comunista. Consideran al estado como el instrumento idóneo para resolver todos los problemas de la sociedad. Han construido un enorme estado de beneficencia social (welfare state) y luchan por proteger privilegios, como la acción afirmativa, para determinados grupos como negros y mujeres, homosexuales, inválidos, viejos, veteranos y muchos otros. Y, a través del llamado "multiculturalismo" están impulsando la balcanización del país.

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Capítulo I - El Camino Abandonado

Desde por lo menos 25 años antes de que el espectro del totalitarismo se convirtiera en una amenaza real, nos hemos estado alejando de las ideas básicas que han servido de fundamento a la civilización occidental. Hemos ido renunciando progresivamente a la libertad en los asuntos económicos. Sin embargo, sin esa libertad en los asuntos económicos, la libertad política y personal nunca ha existido en el pasado. Aunque hemos sido advertidos por los más grandes pensadores políticos del siglo XIX como De Tocqueville y Lord Acton, de que el socialismo significa esclavitud, nos hemos estado moviendo precisamente en la dirección del socialismo.

Nos hemos estado alejando rápidamente no sólo de las ideas de Adam Smith y Hume, sino de las de Locke y Milton, y hasta de las características básicas de la civilización occidental establecidas por el cristianismo y la filosofía de los griegos y los romanos. Se ha estado abandonando progresivamente el individualismo básico de Erasmo y Montaigne, de Cicerón y Tácito, de Pericles y Tucídides. El individualismo se ha convertido en una mala palabra, y se ha querido hacer sinónimo de mezquindad y de egoísmo. Esto es completamente erróneo. El individualismo es el opuesto del socialismo, el fascismo y las demás formas de colectivismo. Los rasgos esenciales del individualismo se han derivado de elementos cristianos y de la filosofía de la antigüedad clásica que se cristalizaron por primera vez en el Renacimiento, y que se siguieron desarrollando en lo que conocemos hoy como la civilización occidental (2).

La progresiva transformación de un rígido sistema jerárquico en otro sistema en donde los hombres pudieran intentar escoger su propio camino y donde hubiera la posibilidad de escoger entre diversas formas de vida, se encuentra íntimamente relacionado con el desarrollo del comercio. Una nueva perspectiva de la vida fue extendiéndose junto con el comercio desde las ciudades comerciales del norte de Italia hacia el norte y el oeste, a través de Francia y del suroeste de Alemania hasta Holanda y las islas británicas, echando profundas raíces dondequiera que no hubiera algún despotismo que pudiera asfixiarla.

Fue en Holanda y en Inglaterra donde el comercio pudo desarrollarse mejor y convertirse en el fundamento de la vida política y social de esos países. Y fue de ahí que, a fines de los siglos XVII y XVIII comenzó de nuevo a extenderse, en una forma más desarrollada, hacia el este y el oeste, hacia el Nuevo Mundo y el centro de Europa, donde la opresión política y guerras devastadoras habían asfixiado los tempranos inicios de un desarrollo similar.

Durante todo este período moderno de la historia de Europa, la dirección general del desarrollo social había sido hacia la liberación del individuo de las tradiciones culturales que lo mantenían limitado en sus actividades ordinarias. La conciencia de que los esfuerzos espontáneos de los individuos eran capaces de producir un orden complejo de actividades económicas, como era el mercado, sólo pudo producirse después que ese desarrollo hubo hecho algún progreso. La subsiguiente elaboración de una argumentación coherente a favor de la libertad económica fue el resultado del libre crecimiento de esa actividad económica que, a su vez, había sido el resultado, espontáneo e imprevisto, de la libertad política.

Quizás si el mayor resultado del desencadenamiento de las energías individuales fue el maravilloso crecimiento de la ciencia que siguió la marcha de la libertad individual de Italia a Inglaterra, y más allá. Por supuesto que en otras épocas la capacidad de invención no había sido menor. Sin embargo, en otras épocas, los intentos de extender el uso de las invenciones mecánicas había sido rápidamente suprimido y el anhelo de conocimiento había sido sofocado. La concepción dominante en la mayoría se utilizaba como justificación para rechazar al innovador individual. Sólo desde que la libertad industrial abrió el camino para explorar nuevos conocimientos, sólo cuando todo pudo ensayarse -si se podía encontrar a alguien que lo respaldara a su propio riesgo- fue que la ciencia comenzó a avanzar con pasos de gigante.

Lo que el siglo XIX añadió al individualismo del período precedente fue la consciencia de la libertad, el desarrollo sistemático de lo que había ido creciendo de manera espontánea, y extender esas ideas de Inglaterra y Holanda al resto de Europa.

Los resultados de este crecimiento superaron todas las expectativas. Dondequiera que se eliminaron las barreras al libre ejercicio del ingenio humano, el hombre pudo satisfacer un diapasón cada vez más amplio de sus necesidades (3). Y aunque el aumento del nivel de vida llevó a descubrir rápidamente aspectos tenebrosos de la sociedad, aspectos que la gente ya no estaba dispuesta a tolerar, el progreso llegó a todos los estratos de la sociedad. Lógicamente, el éxito desarrolló la ambición. Pronto, lo que había sido una deslumbradora promesa dejó de parecer suficiente. Se percibió el ritmo del progreso como muy lento, y los mismos principios que habían hecho posible ese progreso comenzaron a percibirse como obstáculos para un progreso todavía más rápido.

Los principios básicos del liberalismo no se oponen en lo más mínimo al cambio. El principio fundamental del liberalismo: que para el ordenamiento de nuestros asuntos debemos hacer tanto uso como sea posible de las fuerzas espontáneas de la sociedad, y recurrir tan poco como sea posible a la coerción, es capaz de infinitas variaciones. Y, por supuesto, también ha progresado nuestra comprensión de las fuerzas sociales y de las condiciones más favorables para que esos principios funcionen de la mejor manera posible.

En realidad, la pérdida de popularidad del liberalismo se explica, en cierta medida, por su propio éxito. Ha venido a ser considerado un credo "negativo" porque no puede ofrecerle a los individuos otra cosa que una participación en el progreso general. Sin embargo, ya no se reconoce que ese progreso ha sido precisamente el resultado de la política liberal de libertad. Todo lo contrario, los hombres se han acostumbrado tanto a su nueva prosperidad que ahora las desigualdades les parecen insoportables e injustificadas. Ahora, la gran pregunta no es por qué algunos llegan a la riqueza, sino por qué no todos somos ricos.

En este cambio de perspectiva ha jugado un papel decisivo la transferencia acrítica al terreno social de los hábitos intelectuales engendrados por los hábitos del ingeniero. Desde hace tiempo se pretende desplazar los anónimos e impersonales mecanismos del mercado por la dirección "consciente" de todas las fuerza sociales para poder alcanzar objetivos deliberadamente escogidos. En este proceso, ha sido muy importante que Inglaterra haya perdido su hegemonía cultural alrededor de 1870 y que ésta fuera pasando a Alemania. Hegel, List, Marx, Sombart y Mannheim se convirtieron en los pensadores más influyentes del mundo interpretando las ideas liberales como simples racionalizaciones de intereses egoístas.

2) Actualmente, la arremetida contra la civilización occidental en Estados Unidos es directa. Bajo las banderas del llamado multiculturalismo, en numerosas universidades se han abandonado o rebajado drásticamente los tradicionales estudios sobre civilización occidental. Recientemente, la Universidad de Yale rechazó una donación de $20 millones (!) simplemente porque el donante quería que se invirtieran en el fortalecimiento de esos estudios tradicionales. Los multiculturalistas consideran que esos estudios son eurocéntricos (es decir, de interés sólo para descendientes de europeos y no de los mexicanos, chinos, vietnamitas, etc., que viven en Estados Unidos), racistas (de interés sólo para blancos) machistas (de interés sólo para varones) y homófobos (saturados de un temor patológico a los homosexuales). Y esto se ha convertido, en el decursar de las últimas tres décadas, en la ideología dominante en los medios académicos y de comunicación en Estados Unidos. No es extraño que los disidentes cubanos hayan encontrado tan poco apoyo en ellos. Quizás resida aquí una de las claves ocultas de la supervivencia del régimen de Fidel Castro.

(3) Las consecuencias para la especie humana fueron incalculables. La población de Europa, la más adelantada del planeta, se había mantenido estática durante siglos. Pero, a partir del siglo XVIII, su crecimiento comenzó a acelerarse. Creció de 140 millones en 1750 a 187 millones en 1800, a 266 millones en 1850. Pero este crecimiento no se limitó a los países europeos sino que se extendió al mundo entero. La población de Asia, por ejemplo, creció en 300 millones en este mismo tiempo. La explosión demográfica, la mejor demostración de la efectividad del capitalismo, ha seguido incontenible hasta el día de hoy. Y, a pesar de todo, el crecimiento de la productividad del trabajo siempre se ha mantenido siempre por delante del crecimiento demográfico.

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EL CAMINO DE LA SERVIDUMBRE 2

Capítulo II - La Gran Utopía

Es extraordinario que el socialismo haya desplazado al liberalismo como la doctrina "progresista" de nuestro tiempo. Es extraordinario teniendo en cuenta que el socialismo fue reconocido tempranamente como una peligrosa amenaza para la libertad. No sólo eso. El socialismo comenzó como una reacción abierta contra el liberalismo de la Revolución Francesa. Ahora casi nadie recuerda que, en sus orígenes, el socialismo era francamente autoritario. Los escritores franceses que pusieron las bases del socialismo moderno no tenían la menor duda de que sus ideas sólo podían ser puestas en práctica mediante un gobierno dictatorial.

Sólo bajo la influencia de las fuertes corrientes democráticas que precedieron la revolución de 1848 comenzó el socialismo a aliarse con las fuerzas de la libertad. Nadie vio esto más claramente que Tocqueville.

"La democracia extiende la esfera de la libertad individual" dijo Tocqueville en 1848, "el socialismo la restringe. La democracia le da todo el valor posible a cada hombre; el socialismo hace de cada hombre un simple agente, un número. La democracia y el socialismo no tienen nada en común sino una palabra: igualdad. Pero observen la diferencia: mientras la democracia busca la igualdad en la libertad, el socialismo busca la igualdad en la restricción y la servidumbre".

Para acallar esas sospechas y convertir el poderoso anhelo de libertad en un aliado, el socialismo comenzó a hacer, cada vez más, promesas de una "nueva libertad". Era la libertad económica sin la que, supuestamente, la libertad política "carecía de significado". Sólo el socialismo era capaz de hacer culminar la vieja lucha por la libertad humana, en la que la libertad política no era sino el primer paso. Por supuesto, hubo que cambiar el significado de la palabra "libertad" para hacer plausible este argumento. Para los creadores del concepto de la libertad política, ésta había sido siempre la libertad de la coerción, la libertad del poder arbitrario de otros hombres. Pero la "nueva" libertad era la eliminación de las circunstancias que limitan nuestras opciones. En este sentido, sólo venía a ser un sinónimo de poder o riqueza.

La promesa era que las disparidades en las opciones de la gente iban a desaparecer. La demanda de la nueva libertad no era sino otro nombre para la vieja demanda de la distribución igualitaria de la riqueza. Esta promesa llevó a muchos liberales por el camino socialista, cegándolos al ineludible conflicto que existe entre socialismo y liberalismo. Engañados, abrazaron al socialismo como si fuera el legítimo heredero de la tradición liberal.

Resulta particularmente significativa, y digna de observar, la relación entre fascismo y comunismo, y la facilidad con que se hace el tránsito de una ideología a la otra. Es verdad que ambas ideología compitieron en los años 30, pero ambas representan la misma ideología colectivista y antiliberal y compitieron por el mismo tipo de mentalidad (4). Sin embargo, ninguna de las dos podían convencer a los liberales de viejo tipo. El socialismo democrático ha sido la gran utopía de las últimas generaciones. Es una idea inalcanzable, y luchar por ella provoca efectos tan radicalmente opuestos a los que se persiguen que cuesta trabajo aceptar su necesaria vinculación.

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(4) Son muy significativos los elementos fascistas en la ideología multiculturalista de los liberales contemporáneos, con su nihilismo básico.

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Capítulo III - Individualismo y Colectivismo

Es imprescindible tener en cuenta que el socialismo no sólo significa un objetivo de mayor igualdad y seguridad sino también un método: la abolición de la propiedad privada de los medios de producción, y la creación de un sistema de "economía planificada" en la que un organismo de planificación central sustituye a los empresarios que trabajan por una ganancia (5).

Es necesario subrayar que la discusión sobre el socialismo no puede limitarse a los fines sino que también tiene que comprender los medios que hacen falta para conseguir esos fines. Porque el problema es que los métodos para conseguir una distribución igualitaria siempre son iguales, lo mismo sirvan para beneficiar a una raza superior que a los miembros de una aristocracia.

La discusión entre los modernos planificadores y sus oponentes gira en torno a cuál es la mejor forma de conseguir nuestros objetivos. Lo que se discute es si una utilización racional de los recursos exige una dirección centralizada o si es mejor limitarse a crear las condiciones para que sean los individuos los que puedan planificar de la mejor manera posible.

El pensamiento liberal no es defensor de ningún status quo. Considera sencillamente que la mejor manera de coordinar los esfuerzos humanos es mediante la competencia. Pero para que la competencia pueda funcionar exitosamente hay que crear un marco legal bien reflexionado. La competencia es el único método mediante el que podemos coordinar nuestras actividades sin la intervención arbitraria de alguna autoridad. Por supuesto, el mantenimiento de la competencia es perfectamente compatible con la prohibición de usar substancias tóxicas, la limitación de las horas de trabajo o la exigencia de ciertas condiciones sanitarias. En ese sentido, el único problema es determinar si las ventajas que se consiguen son mayores que los costos sociales que imponen.

Obviamente, el funcionamiento de la competencia requiere, y depende, de condiciones que nunca pueden ser totalmente garantizadas por la empresa privada. La intervención estatal siempre es necesaria pero la planificación y la competencia sólo pueden combinarse cuando se planifica para la competencia, no en contra de ella.
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(5) En el mundo posterior a la Guerra Fría, habría que redefinir la política económica colectivista. Fracasados sus dogmas tradicionales básicos (su desprecio por el mercado, su pasión por la estatización o nacionalización de las empresas) ahora parece caracterizarse por la enorme cantidad de regulaciones burocráticas con que el gobierno central abruma a la empresa privada (que en EEUU incluyen la acción afirmativa) así como por la excesiva carga tributaria necesaria para mantener su inmenso aparato burocrático de beneficencia social.

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Capítulo IV - La "inevitabilidad" de la planificación

Se habla mucho de que la planificaciones es inevitable. Se dice que los cambios tecnológicos han hecho imposible la competencia en toda una serie de campos, y que la única opción que nos queda es el control de la producción o bien por los monopolios privados o bien por el gobierno. En gran medida, esta tesis se deriva de la doctrina marxista de la "concentración de la industria".

La supuesta causa tecnológica del crecimiento de los monopolios es la superioridad de la empresa grande sobre la pequeña, debido a la superior eficiencia de los métodos modernos de producción en masa. Sin embargo, la superioridad de la gran empresa no ha sido demostrada nunca. Frecuentemente, los monopolios son producto de otros factores como los acuerdos secretos o una deliberada política gubernamental. No constituyen ninguna tendencia "necesaria" del capitalismo. Si así fuera, hubieran aparecido primero en los países de capitalismo más desarrollado. Pero no fue así. Los monopolios aparecieron primero en Estados Unidos y Alemania, países de capitalismo joven. El crecimiento de los monopolios y carteles en Alemania desde 1878, fue una política deliberada del gobierno alemán. Fue el primer gran experimento en "planificación científica" y "organización consciente de la industria". El supuesto "inevitable" desarrollo del capitalismo en "capitalismo monopolista" fue simplemente una idea popularizada por teóricos alemanes, particularmente Sombart. Cuando EEUU siguió una política altamente proteccionista a principios del siglo XX, esto pareció confirmar sus generalizaciones.

La afirmación de que la complejidad de la civilización industrial moderna hace necesaria la planificación central revela una falta de comprensión sobre la verdadera función de la competencia. Lejos de sólo ser apropiada para condiciones relativamente simples, es la misma complejidad de la división del trabajo en las condiciones modernas es lo que hace de la competencia el único método eficiente para poder conseguir esa coordinación. Es precisamente cuando los factores a tomar en cuenta son tan numerosos que es imposible conseguir una visión de conjunto sobre los mismos, cuando la descentralización se hace verdaderamente imprescindible.

En efecto, el mercado en un sistema que registra automáticamente todos los actos individuales relevantes y permite a los empresarios ajustar sus actividades a las de los demás con sólo observar el comportamiento de unos cuantos precios. Los esfuerzos individuales se coordinan así mediante un mecanismo impersonal que trasmite la información relevante.

Una de las razones que explican que haya tantos expertos que apoyen la planificación centralizada estriba en que los ideales técnicos que cada uno persigue pudieran ser alcanzados, si sólo cada uno de ellos pudiera convertirse en el único objetivo único a conseguir. Una de las razones que alimenta la rebelión de los especialistas contra el sistema es, precisamente, que sus ideales son inalcanzables. Lo que les resulta difícil de comprender a los especialistas es que cada uno de esos objetivos sólo puede ser alcanzado mediante el sacrificio de los demás (6). Lo que agrava la dificultad de la tarea es que hay que balancear lo que nos importa mucho con otros factores en los que estamos mucho menos interesados.

El movimiento a favor de la planificación deriva mucho de su fuerza de reunir a todos los idealistas unidireccionales, a todos los hombres y mujeres dedicados a la persecución de un solo ideal. Pero su devoción a la planificación no es el resultado de una amplia visión de la sociedad sino, todo lo contrario, de una exagerada valoración de sus estrechos intereses. Probablemente sean los más peligrosos para poner al frente de la sociedad porque del idealista unidireccional al fanático no suele haber más que un paso.

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(6) Un caso que viene a la mente es el de los ambientalistas o "verdes" contemporáneos, cuyos grupos extremistas aspiran a eliminar... ¡el crecimiento económico!

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Capítulo V - Planificación y democracia

El rasgo común de todos los sistemas colectivistas es la deliberada organización de toda la actividad de los individuos en función de un objetivo social definido, rechazando cualquier área donde los intereses individuales sean lo más importante. Ahora bien, el bienestar de millones no puede ser medido en una sola escala, depende de muchas cosas que sólo pueden conseguirse mediante una infinita variedad de combinaciones. Es por eso que ese bienestar de millones no puede ser expresado mediante un objetivo único sino gracias a una gran jerarquía de objetivos en las que las necesidades de cada persona ocupan un cierto lugar. Pretender dirigir nuestras actividades mediante un plan único significaría poder darle a cada una de nuestras necesidades un lugar en un orden de valores entre los que el planificador tendría que poder escoger. Pero eso es simplemente imposible. ¿Cómo decidir, por ejemplo, dónde ubicar recursos necesariamente limitados? ¿En un nuevo hospital en el campo? ¿En una máquina sofisticada para un centro de investigación? ¿En un aumento de salarios a los maestros? Por otra parte, esto también requeriría un código ético completo porque sería la única forma de poder establecer algún tipo de priorización.

Por supuesto, no estamos acostumbrados a pensar en códigos morales completos. Constantemente estamos escogiendo entre diferentes valores sin que haya un código social que nos señale qué deberíamos escoger. En realidad, el desarrollo de la civilización ha ido acompañado de la progresiva disminución de reglas de conducta fijas para orientar la acción. El hombre primitivo rodeaba de un elaborado ritual casi todas sus actividades cotidianas y estaba limitado por una infinidad de tabúes. Ni siquiera hubiera soñado con hacer las cosas de manera diferente a los demás miembros de la tribu. Ha sido el desarrollo de la civilización, precisamente, el que ha ido disminuyendo el número de esas reglas y haciéndolas más generales.

La filosofía del individualismo no está basada en la idea de que el hombre deba ser egoísta. En lo que está basada es en la aceptación de la imposibilidad de incluir en nuestra escala de valores algo más que un pequeño sector de las necesidades del conjunto de la sociedad. De aquí, la imposibilidad de un plan social único. Las únicas escalas de valores son las parciales, que son diferentes entre un individuo y otro y que frecuentemente son contradictorias. De esto, el liberalismo concluye que, dentro de ciertos límites, se le debería permitir a los individuos perseguir sus propios valores sin interferencia de los demás. Esto no excluye el reconocimiento de la coincidencia de objetivos individuales que hace posible y conveniente la asociación para conseguirlos. Pero esa acción conjunta está limitada a los casos en que esos puntos de vista individuales coinciden.

Es el precio de la democracia que las posibilidades de un control consciente se encuentren restringidas a los campos en donde haya un acuerdo real y que, en otras áreas, haya que dejar las cosas al azar. La democracia es esencialmente un invento para salvaguardar la paz interna y la libertad individual. No tiene nada de infalible ni de seguro. La planificación y la democracia chocan porque la planificación exige cierta supresión de la libertad.

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Capítulo VI - La planificación y el imperio de la ley

Nada distingue mejor a un país libre de un país bajo un gobierno dictatorial que la observancia del llamado imperio de la ley o estado de derecho (rule of law). Despojado de todo tecnicismo, el imperio de la ley (o estado de derecho) significa que todas las acciones del gobierno están limitadas por reglas establecidas y anunciadas previamente, reglas que permiten preveer con certeza la forma en que las autoridades utilizarán sus poderes de coerción y que, de esa forma, permiten planificar la actividad individual.

Toda ley restringe en alguna medida la libertad individual al determinar los medios que pueden utilizarse para conseguir ciertos fines. Sin embargo, bajo el estado de derecho el gobierno no puede frustrar los esfuerzos individuales mediante medidas ad hoc, o específicamente dirigidas a conseguirlo. Bajo el imperio de la ley, el gobierno se limita a fijar las condiciones de utilización de los recursos disponibles mediante reglas formales que no están dirigidas a la solución de ningún problema en particular. Son, simplemente, los medios establecidos para conseguir los fines individuales. Están concebidas para un período de tiempo lo suficientemente largo como para que sea imposible saber por anticipado a quien van a beneficiar. Ayudan a la gente a predecir el comportamiento de aquellos con quienes tienen que colaborar, mas bien que a satisfacer necesidades particulares. Es, para poner un ejemplo, como el sistema de señalización de las carreteras, establece las reglas pero no le dice a nadie a dónde ir.

La planificación económica colectivista es justamente lo opuesto. La autoridad planificadora no puede limitarse a proporcionar oportunidades para que personas desconocidas hagan con ellas lo que estimen conveniente. No puede amarrarse a reglas formales que limiten su acción. Y esto es así porque los planificadores tienen que resolver necesidades concretas en la medida en que éstas vayan apareciendo. Constantemente tienen que resolver problemas que, inevitablemente, dependen de las circunstancias y, al tomar esas decisiones, están obligados a balancear unos intereses contra otros. Al final, los puntos de vista de alguien tendrán que decidir cuáles intereses son los más importantes, y esa decisión se convertirá en una ley que habrá que imponer por la fuerza, independientemente de cualquier reglamentación anterior y de cualquier "formalismo" preestablecido. El mercado permite guiarse por leyes generales fijas pero la dirección "consciente", por el contrario, necesita estarse reorientando constantemente. Por consiguiente, no puede permitir que una reglamentación anterior, cuyos resultados no habían sido previstos, venga a estorbar o perjudicar los objetivos que ella misma se ha fijado.

Esta distinción entre leyes formales (que establecen las condiciones en que los individuos persiguen sus fines) y leyes sustantivas (en las que el estado trata de conseguir directamente ciertos fines) es muy importante aunque, al mismo tiempo, es difícil de precisar en la práctica.

El estado debe limitarse a establecer reglas para situaciones generales y debe permitir plena libertad a los individuos en todo lo que tenga que ver con las condiciones concretas porque sólo ellos pueden conocer plenamente las circunstancias de cada caso y adaptar sus acciones a las mismas. Si los individuos han de poder hacer planes efectivos, tienen que poder predecir las acciones gubernamentales que puedan afectar esos planes. Y si esas acciones han de ser predecibles, tendrán que estar determinadas por reglas independientes de las condiciones concretas.

Por el contrario, si es el gobierno el que ha de dirigir las acciones individuales para conseguir sus propios fines, esa dirección tendrá que basarse en las cambiantes circunstancias del momento y, por lo tanto, será necesariamente impredecible. Mientras más planifique el estado, menos podrá planificar el individuo.

Una de dos. Si el estado tiene que poder prever los resultados de sus acciones, no podrá dejar ninguna opción a los afectado por ellas. Y si queremos dejar opciones a la gente, los resultados de la acción gubernamental tendrán que ser imprevisibles. Las reglas generales, a diferencia de las reglas específicas o sustantivas, tienen que operar en circunstancias que no puedan ser previstas en detalle. Ser imparcial significa no tener respuesta para ciertas preguntas.

La planificación implica elegir entre las necesidades de diferentes personas y permitirle a alguien lo que habrá que prohibirse a otro. Tiene que hacer obligatorio lo que se le permitirá, o no, a las personas. Para hacer posible una dirección centralizada de la economía es necesario legalizar lo que, a ojos vistas, son acciones arbitrarias. En realidad, esto significa una inversión del movimiento histórico progresivo "del status al contrato", es decir, de épocas donde lo único que podían hacer las personas era lo que les era permitido por su posición social (status) como había sido siempre en la historia de la humanidad hasta la aparición del capitalismo, hasta esta otra época donde la actividad de las personas no tiene otra limitación que lo que establezcan los acuerdos entre las partes (contrato) (7).

Cualquier política dirigida directamente a un ideal de justicia distributiva, es decir, a lo que alguien entienda como una distribución "más justa", tiene necesariamente que conducir a la destrucción del imperio de la ley porque, para poder producir el mismo resultado en personas diferentes, sería necesario tratarlas de forma diferente. Y ¿cómo podría haber entonces leyes generales?

No puede negarse que el imperio de la ley produce desigualdad económica, lo único que puede alegarse es que esa desigualdad no está concebida para afectar a nadie en particular. Es muy significativo que socialistas (y nazis) siempre hayan protestado contra la justicia "simplemente" formal, por su deseo de conseguir ciertos resultados sociales a toda costa, y que siempre hayan criticado la independencia de los jueces.

Para que el imperio de la ley sea efectivo es más importante que haya una regla que se aplique sin excepción, que lo que la misma regla sea. Lo importante es que la regla permita predecir el comportamiento de los demás, y esto requiere que se aplique en todos los casos, inclusive en los que nos parezca que es injusta.

El estado de derecho es la encarnación legal de la libertad. Como dijo Voltaire: "El hombre es libre si sólo tiene que obedecer las leyes".

La idea de que no debe haber límite para el poder de los legisladores es, en parte, un resultado negativo de la soberanía popular y el gobierno democrático. A veces se piensa que mientras todas las aciones del gobierno estén debidamente autorizadas por los legisladores, vivimos bajo un estado de derecho. No es así. El estado de derecho no tiene nada que ver con que las acciones gubernamentales sean legales. Decir que una sociedad no es un estado de derecho no significa que no tenga leyes, lo que significa es que el empleo de la coerción por parte del gobierno ya no está determinado y limitado por reglas preestablecidas.

El conflicto es entre dos tipos de leyes, las leyes bajo un estado de derecho, que le permiten a los individuos prever como va ser utilizado el poder coercitivo del estado, y las leyes bajo una dictadura, que simplemente le dan a las autoridades el poder para hacer lo que estimen conveniente. En uno, el espíritu de la legislación es proteger al individuo contra el poder del estado. En el otro, el espíritu de la ley es impedir toda limitación a la voluntad de las autoridades. El imperio de la ley no significa que todo esté regulado por la ley sino, por el contrario, que el poder estatal sólo puede ser usado en los casos definidos por la ley, y de forma tal que pueda preverse cómo va a ser usado. El estado de derecho implica el reconocimiento de los derechos inalienables de los individuos, el reconocimiento de los derechos del hombre. En un caso "no hay castigo sin ley", en el otro,"no hay delito sin castigo".

(7) Curiosamente, el socialismo representa entonces un movimiento de sentido inverso al desarrollo histórico y, por consiguiente, verdaderamente reaccionario. Es interesante, en este sentido, consultar a Popper (La Sociedad Abierta y sus Enemigos).

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EL CAMINO DE LA SERVIDUMBRE 4

Capítulo VII - Control económico y totalitarismo

La mayoría de los planificadores tienen pocas dudas de que una economía dirigida tienen que ser administrada de manera más o menos dictatorial. El consuelo que nos ofrecen es que esa dirección sólo se aplicaría a problemas económicos. Sin embargo, los objetivos de las personas racionales nunca son económicos. La motivación económica sólo significa el deseo de poder alcanzar fines no especificados. Si luchamos por el dinero es porque éste nos ofrece el mayor rango de opciones al disfrute del producto de nuestro trabajo.. Debido a que las limitaciones del dinero son las que nos hacen sentir las limitaciones de nuestra relativa pobreza, el dinero viene a simbolizar esas restricciones. Sin embargo, el dinero ha sido el mayor instrumento de libertad que se haya inventado nunca. El dinero le abre más posibilidades a los pobres que las que tenían los ricos hasta hace poco.

Pensemos lo que significaría que las recompensas no se entregaran en dinero. Significaría que uno no podría escoger, y que el que diera la recompensa no sólo determinaría la magnitud de la misma sino también la forma en que ésta habría de disfrutarse. Siempre que podamos disponer libremente de nuestros ingresos y de nuestras posesiones, la pérdida económica siempre nos privará de lo que consideramos menos importante. Una pérdida económica es una cuyos efectos podemos hacer recaer sobre las menos importantes de nuestras necesidades, y lo mismo con la ganancia. Los cambios económicos sólo nos afectan marginalmente.

Lo valores económicos son menos importantes para nosotros que muchas otras cosas precisamente porque somos libres de decidir lo que, para nosotros, es más o menos importante. La cuestión que plantea la planificación económica es si somos nosotros los que debemos decidir lo que es más o menos importante o sin son las autoridades planificadoras. Una autoridad planificadora controlaría la utilización de los recursos limitados para la satisfacción de todos nuestros objetivos.

No sólo la planificación tendría que ver con nuestra capacidad como consumidores sino también con nuestra capacidad como productores.

Tendríamos que ajustarnos a los estándares que la autoridad planificadora fijara para poder simplificar su tarea. Y para simplificar su tarea tendría que reducir la diversidad de las capacidades individuales a unas pocas categorías de unidades intercambiables, y descartar deliberadamente las diferencias personales menores.

Puede ser que el objetivo de la planificación sea que el hombre deje de ser un medio. Pero, en la práctica -puesto que el plan no puede tener en cuenta las preferencias y las repulsiones individuales- el individuo se convierte más que nunca en un medio a ser utilizado por las autoridades al servicio de esa abstracción que es "el bien de la comunidad".

Hay gente que critica que en una sociedad competitiva casi todo puede ser conseguido por cierto precio. Eso parecer muy espiritual y muy moralista, pero lo que realmente quiere decir es que no deberíamos poder sacrificar necesidades menores para salvarguardar nuestros objetivos más importantes, y que alguien debería hacer esas decisiones por nosotros. Porque o el precio de la satisfacción de las necesidades está establecido por el mecanismo impersonal del mercado, o está establecido por alguna autoridad. No podemos olvidar que todos nuestros objetivos compiten por los mismos medios.

No es nada sorprendente que la gente quisiera ser aliviada de las duras opciones que los hechos nos imponen. Y tampoco es extraño que estén dispuestos a creer que esas opciones no son realmente necesarias sino que les son impuestas por un cierto sistema económico. En realidad, lamentan que haya un problema económico.

La creencia de que no hay realmente un problema económico es confirmada por la cháchara absolutamente irresponsable sobre la "riqueza potencial", y sobre "la escasez en medio de la abundancia" (8). La realidad es que nadie, nunca, ni en Estados Unidos ni en Europa Occidental, ha podido producir ningún plan para elevar la producción lo suficiente como para poder eliminar la pobreza. No hablemos ya del resto del mundo.

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(8) En Cuba nos hemos criado oyendo esa cháchara irresponsable de que éramos un país rico, cuyo sentido ideológico ahora vemos claro. ¿Por qué entonces éramos pobres? ¡Porque nos robaban!, respondía la demagogia imperante, porque nos robaban los gobiernos corrompidos, porque nos robaban los imperialistas yanquis (que exportaban las ganancias) y porque nos robaban los capitalistas cubanos con su consumo suntuario. Se deducía, implícitamente, que la fórmula para conseguir la riqueza era extremadamente sencilla: eliminar a los ladrones.

Después hemos oído repetir que ¡también Angola y Zaire son "ricos" porque tienen petróleo, uranio y otras materias primas! Ese tipo de razonamiento sofístico apunta a culpabilizar de la pobreza precisamente a las inversiones que están luchando por superarla. Su objetivo es desprestigiar a los capitalistas para luego poder ocupar su lugar, con las desastrosas consecuencias que conocemos.

La diferencia entre el "potencial" y la realidad es enorme. Cualquier muchacho ágil y fuerte es, potencialmente, un jugador de Grandes Ligas... Pero, para países completos, realizar sus potencialidades es todavía infinitamente más difícil. El principal capital de un país lo constituye su pueblo, su nivel de educación, de instrucción, de espíritu de sacrificio y de hábitos de trabajo y ahorro. Y, en segundo lugar, la organización social que ese pueblo adopte para poder maximizar la energía creadora de sus ciudadanos. No sus materias primas, como lo saben muy bien los japoneses.

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Capítulo VIII - ¿Quién? ¿A quién?

Fue Lenin el que planteó en los primeros tiempos del poder soviético, que el problema fundamental era quién iba a dirigir a quién. En cuanto el estado se hace cargo de la tarea de planificar toda la vida social, el único poder que merece la pena tener es el de ejercer ese poder de dirección. Cuando se trata de planificar toda una sociedad uno se encuentra con que ésta se halla compuesta por una multitud de grupos que compiten por la asignación de recursos limitados. ¿Qué recursos se van a asignar a qué problemas? Pronto se hace evidente la necesidad de crear un punto de vista común.

Los socialistas siempre han pensado resolver este problema mediante la educación. Ha sido por esto que los socialistas se han preocupado tanto por la creación de instrumentos de adoctrinamiento. Fueron los socialistas los primeros en concebir la idea de un partido político que abarcara todas las actividades del individuo desde la cuna hasta la tumba, y que pretendiera orientar sus ideas en relación a todas las cosas. Fueron los socialistas, no los fascistas, los que organizaron los primeros movimientos políticos de niños y de jóvenes. Fueron los socialistas los primeros en insistir en que sus miembros debían distinguirse por la forma de saludar. Y fueron ellos los que organizaron las primeras "células".

La opción que tenemos es entre un sistema en que cada quien conseguirá lo que merece según cierto criterio universal y absoluto, y otro sistema donde eso estará determinado en gran medida por el azar. Pero es también la opción entre un sistema donde la voluntad de unas cuantas personas es lo que decide y otro donde, al menos parcialmente, dependerá de la habilidad y espíritu de empresa de la gente. Por supuesto, se puede argumentar a favor de reducir las diferencias de oportunidad entre las personas siempre que sea posible hacerlo sin destruir el carácter impersonal del proceso.

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Capítulo IX - Seguridad y libertad

Frecuentemente se representa la seguridad económica como una condición indispensable para la verdadera libertad. Por supuesto, hay algo de verdad en eso. Sin embargo, habría que contrastar dos tipos de seguridad: la limitada y la ilimitada. La limitada trata de garantizar una protección mínima contra circunstancias adversas e imprevisibles. Es bueno y conveniente organizar un sistema de seguridad social así como tratar de combatir las fluctuaciones de la actividad económica.

Pero tratar de garantizar contra las disminuciones de los ingresos que constituyen las durezas implícitas en el mismo sistema competitivo, tiene que conducir a una planificación que afecta la libertad individual. Esta seguridad es una variante de la "remuneración justa" del medioevo que buscaba un acuerdo no con los requerimientos del mercado sino con los méritos subjetivos (9).

En un sistema donde sea libre la distribución de las personas en las distintas ocupaciones, es necesario que la remuneración corresponda a su utilidad a los demás miembros de la sociedad, aunque ésta no tenga relación con los méritos subjetivos. Pero lo que no se puede hacer es garantizarle a la gente sus ingresos y protegerlos contras las vicisitudes del mercado. Si no es el mercado el que determina, entonces tendría que ser un grupo de personas los que determinaran la "utilidad" de la gente. ¿Y cómo podría medirse ésta entonces objetivamente?

Habría que buscar limitación de producción para poder garantizar precios artificialmente altos aunque esto redujera las oportunidades de otras personas. Y esos otros no podrían participar en la prosperidad de las industrias controladas. Toda restricción de la libertad de entrar en un comercio reduce la seguridad de los que están fuera del área protegida. Mientras mejor estén los asegurados, mayor será la demanda de esa seguridad. Y, en la medida en que el número de los protegidos vaya aumentando, se irá desarrollando todo un nuevo sistema de valores sociales. Se desalentará toda actividad que implique riesgo y se censurarán las ganancias que justifican tomar esos riesgos. No sería la independencia sino la seguridad lo que daría status social, y el prestigio no estaría determinado por el ímpetu empresarial sino por la certidumbre de una pensión.

Fue la extensión de los métodos de la guerra a otras esferas de la vida civil después de la I Guerra Mundial (aunque los primeros intentos se retrotraen a Bismarck), lo que le dio su carácter peculiar a la estructura social de Alemania. Hay que volver a aprender que la libertad exige un precio, y que hay que estar dispuesto a sacrificios materiales para preservarla. Como dijo Benjamín Franklin, "Los que están dispuestos a renunciar a la libertad para comprar un poco de seguridad temporal, no merecen ni la libertad ni la seguridad".

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(9) La concepción del "precio justo" era defendida encarnizadamente por los gremios medievales. Fue una de las típicas trabas al desarrollo de las fuerzas productivas que caracterizaba a la sociedad feudal. La libertad de contratación reside precisamente en dejar que el salario, como los demás factores de la producción, sea establecido por la oferta y la demanda. Aunque, en cierta medida, los sindicatos pueden imponer la violación de este principio esto siempre tiene tendencias perversas sobre la economía. A la Iglesia le ha costado mucho trabajo desembarazarse de ese concepto arcaico. Sólo muy recientemente ha venido a reconciliarse con algunas de las características del capitalismo.

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EL CAMINO DE LA SERVIDUMBRE 5

Capítulo X - Por qué suben los peores

Algunos piensan que los peores rasgos del socialismo se deben a simples accidentes históricos, a que fueran individuos de baja catadura moral los que organizaron el sistema (10). Pero hay razones para creer que estos rasgos no son accidentales sino fenómenos que un sistema totalitario tiene que producir tarde o temprano. Al igual que un estadista que quiera planificar se verá confrontado con la necesidad de adquirir poderes dictatoriales o renunciar a sus planes, el dictador totalitario tendrá que optar entre la renuncia a los valores morales ordinarios o el fracaso. Es por esta razón que en una sociedad que tienda al totalitarismo tendrán más éxito los inescrupulosos. Quien no comprenda esto, no comprenderá el abismo que separa al totalitarismo del régimen liberal, la diferencia de atmósfera moral entre el colectivismo y el carácter esencialmente individualista de la civilización occidental.

En momentos de confusión, muchas veces se experimenta fatiga con los procedimientos de la democracia, con el carácter lento e intermitente de un progreso que tiene que conseguirse sobre la base de múltiples transacciones entre diferentes contradictorios. Es en esos momentos cuando se experimenta la necesidad de una dirección fuerte, que arrastre y que consiga resultados.

Lo normal en una democracia, e inclusive dentro de los mismos partidos, es la diversidad de opiniones. Esto es perfectamente normal. Mientras más alto el nivel de educación y cultura, más tienden a diferenciarse las opiniones. Es por esto, precisamente, que en una democracia cualquier grupo puede ganar una fuerza desproporcionada en relación con el número de sus militantes gracias al apoyo total de sus seguidores. En una democracia esto es casi imposible de conseguir y sus dirigentes tampoco lo pretenden. Pero el que consiga esto habrá dado un paso importante en el camino hacia la captura del poder, desde donde podrá, a su vez, extender el imperio de su voluntad a todo el país.

Históricamente, ha habido momentos en que todos los partidos democráticos (burgueses) han enfrentado grandes emergencias nacionales que han debilitado las instituciones y en los que la desmoralización y la desesperación llevan a las masas a pedir cambios a toda costa. En esos momentos, la existencia de un grupo que tenga una visión universal y que parezca tener respuesta para todos los problemas, puede convertirse en una fuerza política decisiva. En este momento, lo que hace falta para capturar el poder es una organización política con un apoyo particularmente firme. Apoyo que no sea tanto el de los votos de una masa, con el apoyo sin reservas de un grupo más pequeño pero mejor organizado.

Originalmente, el espíritu democratista de los partidos socialistas de Europa esperaba a que una mayoría estuviera de acuerdo en su plan para reorganizar el conjunto de la sociedad. Pero algunos comenzaron a sospechar que en una sociedad planificada, lo importante no era en qué estaba de acuerdo la mayoría del pueblo, sino cuál era el mayor grupo que estuviera lo suficientemente de acuerdo para hacer posible una dirección centralizada, total, efectiva o, si ese grupo no existiera, cómo podría crearse.

Pero ¿qué puntos de vista morales tenderá a producir una organización colectivista de la sociedad? ¿Cuáles serán las cualidades más a propósito para llevar a los individuos al éxito en un sistema totalitario?

Hay varias razones por las que la tendencia será a que esos grupos no estén formados por los mejores sino por los peores elementos de la sociedad. En primer lugar, mientras mayor sea la educación y la inteligencia de la gente, más diferenciados serán sus gustos y sus puntos de vista, y menos probable que puedan estar de acuerdo en una gama muy amplia de valores.

Por el contrario, para encontrar esa unanimidad, hay que descender a los niveles más bajos, donde prevalecen los gustos e instintos más primitivos. El mayor número de personas con valores muy similares será el grupo de los niveles más bajos. Lo que une al grupo es el mínimo común denominador. Los miembros del partido totalitario serán los que menos convicciones tengan, los más crédulos, los más dispuestos a aceptar un sistema de valores preestablecidos con tal de que se le repita con la suficiente frecuencia.

Y en tercer lugar, parece ser una ley de la naturaleza humana que es más fácil para la gente estar de acuerdo en un programa negativo que en uno positivo. El contraste entre ellos y nosotros, la lucha entre los de adentro y los de afuera, parece ser un ingrediente indispensable en cualquier credo que quiera unir sólidamente a un cierto grupo.

En realidad, es cuestionable si puede concebirse un programa colectivista que no esté al servicio de algún tipo de particularismo, de nación, raza o clase. No es practicable la idea de una comunidad de objetivos e intereses que abarque a todos los hombres. La coherencia de ese programa le exigiría una proyección internacional francamente filantrópica. El colectivismo no tiene espacio para el amplio humanitarismo del liberalismo. Los socialistas, por ejemplo, empezando por Marx y Engels, siempre menospreciaron a las pequeñas nacionalidades.

Por otra parte, si la comunidad es anterior al individuo y si sus fines son independientes y superiores a los de los individuos, entonces sólo los individuos que trabajen para esos mismos fines comunitarios podrán ser considerados como miembros de la comunidad. Su valor se derivará de esta membresía y no de su calidad de ser humano.

En realidad, entre los factores que tienden al colectivismo está ese sentimiento de inferioridad que impulsa al individuo a identificarse con un grupo y, por lo tanto, ese sentimiento sólo será satisfecho si la membresía en ese grupo le da alguna superioridad sobre los que no forman parte del mismo.

Como decía Reinhold Niebuhr: "Existe una creciente tendencia entre los hombres modernos de imaginarse a sí mismo éticos porque han delegado sus vicios en grupos cada vez más grandes". Actuar a nombre de un grupo parece liberar a la gente de las restricciones morales que controlan su comportamiento como individuos.

Mientras que los grandes filósofos sociales del individualismo dentro de la gran tradición liberal han considerado siempre al poder como un peligro para la libertad del hombre, los colectivistas lo han considerado como un bien en si mismo. Esto se deriva de su deseo de organizar a la sociedad de acuerdo a un plan unitario. Para poder conseguir una reorganización radical de la sociedad, los colectivistas necesitan disponer de un poder sin precedentes. En contraste, el vilipendiado poder económico nunca llega a ser un poder sobre toda la vida de la persona.

De la necesidad de un sistema de objetivos comúnmente aceptado, y del deseo de darle el máximo de poder a un grupo para conseguir esos objetivos, se desprende un sistema de valores que excluye una moral universal, válida para todas las circunstancias. Es algo similar al caso del imperio de la ley. Las reglas de la ética individual, aunque imprecisas, son absolutas y prohiben cierto tipos de acciones, independientemente de que las intenciones sean buenas o malas. Estafar, torturar, traicionar la confianza son malas acciones independientemente del objetivo que sirvan. Aunque a veces tengamos que escoger entre distintos males, siempre los consideraremos como males.

El fin justifica los medios, es un principio que en la ética individualista significa la negación de la moral pero que en la ética colectivista representa la ley suprema. El principio de la raison d'etat en las relaciones entre los países, es aplicado por el estado colectivista a las relaciones entre los individuos.

Eso no significa, por supuesto, que la ética colectivista no considere conveniente cultivar ciertos hábitos útiles. Todo lo contrario. Se tomará mayor interés en los hábitos individuales que la comunidad individualista. Para ser un miembro útil de una comunidad colectivista hacen falta "hábitos útiles" que hay que fortalecer con una práctica constante. Sirven para llenar el vacío entre las órdenes aunque nunca para justificar un desacuerdo con la autoridad.

A los buenos alemanes se les tenía por ser industriosos, disciplinados, conscientes, responsables, ordenados, con sentido del deber, con respeto por la autoridad y disposición para el sacrificio. Eran un excelente instrumento para ejecutar órdenes. Pero de lo que el "alemán típico" carecía es de las virtudes individualistas de la tolerancia, de la independencia de pensamiento y de la disposición a defender las convicciones propias, de la consideración por los débiles y de una cierta aversión por el poder que sólo una vieja tradición de libertad personal ayuda a crear. También es deficiente en cualidades menores pero importantes como bondad, sentido del humor, modestia, respeto por la privacidad y creencia en las buenas intenciones de los demás. Estas son virtudes que facilitan los contactos sociales y que no sólo hace superfluo el control externo sino que lo dificultan. Son virtudes que han florecido siempre en una sociedad individualista o comercial, y que son raras en la sociedad colectivistas o de tipo militar.

Una vez que se admite que el individuo es sólo un medio para servir los fines de una entidad superior, llamada estado o nación, la mayor parte de las características de una sociedad totalitaria se derivan con inflexible necesidad. La intolerancia, la represión de la disidencia y el menosprecio por la vida y la felicidad del individuo, son consecuencias fatales e inevitables de esa premisa. El colectivista proclamará la superioridad de un sistema sobre otro que permite que los intereses "egoístas" estorben la realización de los fines de comunidad.

Pero aunque la masa de los ciudadanos puede mostrar una devoción altruista, no se puede decir lo mismo de los que dirigen ese proceso. Para ser útil en la dirección de un estado totalitario, no basta con que el individuo tenga que estar preparado para justificar cualquier acción canallesca, él mismo tiene que estar dispuesto a quebrantar toda regla moral para poder alcanzar los fines que se le han asignado. Tiene que estar absolutamente comprometido con la persona del líder pero, después de ese principio vital, tiene que ser un hombre literalmente capaz de todo. En una sociedad totalitaria, las posiciones en las que hay que deliberadamente engañar, intimidar y ser cruel son numerosas.

Evidentemente, es muy probable que esas posiciones sean ejercidas por individuos naturalmente afines a las mismas. El único gusto personal que el funcionario de un sistema totalitario puede satisfacer plenamente es el de ser obedecido, y el de formar parte de una aparato enormemente poderoso al que todo el mundo tiene que obedecer.

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(10) Así se oye hablar con demasiada frecuencia de los antecedentes gangsteriles de Fidel Castro.

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Capítulo XI - El fin de la verdad

Por supuesto, la manera más efectiva de hacer que todo el mundo sirva los fines de un plan social es que todo el mundo crea en esos fines. Para conseguir que un sistema totalitario funcione efectivamente no basta con que todo el mundo se vea obligado a trabajar por esos fines, es necesario que la gente haga suyos esos fines. En general, el control de todos los medios de comunicación le permite a un gobierno totalitario influir en gran medida sobre la gente.

Si el objetivo de la propaganda totalitaria sólo fuera instruir a la gente en otro código moral, el problema se limitaría a si ese código es bueno o es malo. Pero esa propaganda tiene un influencia negativa aun más profunda, es destructiva porque socava el fundamento de toda moral: el sentido y el respeto por la verdad

La propaganda totalitaria no puede limitarse a pincipios abstractos. Tiene que llevar a la gente a creer no sólo en los fines sino también en los medios. La autoridad no sólo tendrá que estar tomando decisiones constantemente sobre temas sobre los que no hay reglas morales definidas, sino que también tendrá que justificar sus decisiones ante la gente. Tendrá que racionalizar los gustos y las aversiones que, a falta de otros criterios, tienen que guiar a los planificadores. Y tendrá que plantear esas "razones" de la manera más atractiva posible, viéndose obligada a construir teorías que luego se convierten en parte integral de la doctrina.

El proceso de creación de un "mito" para justificar sus acciones no tiene que ser consciente. El líder totalitario puede simplemente estar guiado por una aversión instintiva por el estado de cosas que ha encontrado y por un deseo de crear un nuevo orden jerárquico que se adapte mejor a su concepción del mérito. De esa forma, abrazará teorías que parezcan proporcionarle una justificación racional para lo que, en realidad, son simplemente los prejuicios que comparte con muchos de sus asociados. Es de esa forma que una teoría pseudo científica se convierte en parte del credo oficial que, en mayor o menor medida, dirige las acciones de todos.

La necesidad de semejantes doctrinas oficiales como instrumento de dirección y de unificación han sido previstas por varios teóricos del sistema totalitario, empezando por las "nobles mentiras" de Platón. Son puntos de vistas particulares sobre los hechos que se elaboran como teorías pseudocientíficas para poder justificar opiniones preconcebidas.

La mejor manera de hacer que la gente acepte la validez de los valores que van a tener que servir es convenciéndola de que son los mismos valores que ellos mismos habían apoyado siempre pero que no habían sabido comprender o reconocer antes. Se logra que la gente transfiera su lealtad de los viejos dioses a los nuevos con el pretexto de que los nuevos son realmente los que su sano instinto les había dicho siempre, aunque antes sólo lo habían percibido a medias. Y la manera más eficiente de conseguir esta nueva lealtad es usando las viejas palabras pero cambiando su significado. Pocos rasgos de los regímenes totalitarios son, al mismo tiempo, tan confusos para el observador superficial y tan característicos del clima intelectual que impera en ellos como la completa perversión del lenguaje, el cambio de significado de las palabras.

Por supuesto, la principal víctima en este sentido es la palabra "libertad". Dondequiera que se ha destruido la libertad, se ha hecho a nombre de alguna nueva libertad prometida. Lo mismo sucede con "justicia", "ley", "derecho" e "igualdad", entre muchas otras. Gradualmente, en lo que este proceso se desarrolla, todo el lenguaje va perdiendo su sentido y las palabras se convierten en cascarones huecos desprovistas de significado preciso, y tan capaces de describir un fenómenos como su opuesto.

Por supuesto, no es difícil despojar a la mayoría de un pensamiento independiente. Pero siempre existirá una minoría que retendrá una inclinación a criticar y que tendrá que ser silenciada. Hemos visto por qué la coerción no puede limitarse a una aceptación pasiva del nuevo código ético. Y puesto que muchos elementos de ese código no podrán ser explícitamente formulados ya que sólo existirán implícitamente en las medidas del gobierno, esas medidas mismas tendrán que estar exentas de toda crítica. Si la gente tiene que apoyar el esfuerzo común sin vacilaciones, tiene que estar convencida no sólo del fin a perseguir sino también de que los medios son los mejores posibles. Por consiguiente, el credo oficial, cuyo acatamiento tiene que ser impuesto, comprenderá también la interpretación de los hechos sobre los que se basa el plan. La crítica tendrá que ser suprimida porque debilitará el apoyo popular.

Como decían los Webbs hablando sobre la posición de cada empresa soviética: "Mientras se esté desarrollando el trabajo, cualquier expresión pública de duda, o incluso de que el plan no vaya a tener éxito, es un acto de deslealtad e inclusive de traición debido a sus posibles efectos sobre la voluntad y los esfuerzos del resto del personal". Y, por supuesto, cuando esas dudas se refieren al conjunto del plan social, tendrán que ser tratadas como sabotaje.

Todo el aparato de divulgación del conocimiento será utilizado exclusivamente para difundir los puntos de vista que, verdaderos o falsos, fortalezcan la creencia en la justeza de las decisiones del gobierno; y cualquier información que puede arrojar dudas o vacilaciones será suprimida. El probable efecto sobre la lealtad popular se convierte así en el único criterio para decidir si una información cualquiera será publicada o suprimida. Por consiguiente, no hay ningún campo a donde no se extienda el control sistemático de la información, y donde no se impongan puntos de vista uniformes.

El espíritu del totalitarismo condena cualquier actividad que no tenga un propósito bien definido. Toda actividad tiene que derivar su justificación de un propósito social deliberado. No puede haber ninguna actividad espontánea puesto que pudiera generar consecuencias imprevistas para el plan. Semejantes aberraciones son producto del deseo de verlo todo dirigido por "una concepción unitaria", de la creencia de que el conocimiento y las creencias de todo un pueblo no son más que instrumentos al servicio de un objetivo único. La misma palabra "verdad" pierde su sentido original, se convierte en lo que decida el gobierno, en algo que tiene que creerse en interés de determinados objetivos, y que podrá ser alterado si ese objetivo lo exige. Esto genera un clima intelectual de absoluto cinismo en relación con la verdad, la pérdida del sentido e, inclusive, del significado de la verdad, la desaparición del espíritu de investigación independiente y de la fe en el poder de la razón (11).

La propaganda totalitaria afirma que en las sociedades de libre mercado no hay verdadera libertad porque las opiniones y los gustos de las masas son influidos por la propagada, por los anuncios, por el ejemplo de las clases acomodadas y por otros factores ambientales. De ello deducen que las ideas y los gustos de las masas siempre son producto de circunstancias que pueden ser controladas, y que debemos utilizar ese poder deliberadamente para encauzar los pensamientos de la gente hacia lo que consideramos la dirección correcta.

Probablemente sea cierto que, en cualquier sociedad, la libertad de pensamiento sólo sea directamente importante para una pequeña minoría. Pero esto no significa que nadie sea competente, o deba de tener el poder para seleccionar quiénes son los que van a ser libres. Y ciertamente no justifica la presunción de ningún grupo de tener el derecho de determinar lo que la gente deba pensar o de creer. El principal factor del progreso intelectual no es que todo el mundo pueda pensar o escribir sino que cualquier causa o cualquier idea pueda ser defendida por alguien. Mientras no se suprima la disidencia, siempre habrá alguien que cuestione las ideas dominantes entre sus contemporáneos y someta otras nuevas a la prueba de la discusión y de la crítica.

Lo que constituye la vida del pensamiento es la interacción entre diversos individuos con conocimientos y puntos de vista diferentes. El desarrollo de la razón es un proceso social basado en la existencia de esas diferencias. Está en su misma esencia que sus resultados no puedan ser pronosticados, que no podamos saber cuáles ideas ayudarán a este progreso y cuáles no. El desarrollo no puede ser gobernado por los puntos de vista que tenemos actualmente sin que, al mismo tiempo, lo estemos limitando. "Planificar" u "organizar" el desarrollo del conocimiento es una contradición de términos. Pensar que la mente humana puede controlar su propio desarrollo es confundir la razón individual, (la única que puede "controlar conscientemente" algo) con esos procesos impersonales que generan su desarrollo. Al intentar controlar ese desarrollo, simplemente lo estamos limitando. Tarde o temprano, esto conducirá al estancamiento del pensamiento y a la decadencia de la razón.

La tragedia del pensamiento colectivista es que, aunque empieza erigiendo a la razón en la fuerza suprema, termina destruyéndola porque malinterpreta los procesos de los que depende su desarrollo. El individualismo, por el contrario, representa una actitud de modestia ante este gran proceso social, y de tolerancia por las opiniones de los demás. El exacto opuesto del pensamiento colectivista.

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(11) El criterio de verdad objetiva se encuentra bajo un terrible ataque en los medios intelectuales de Estados Unidos. Para los teóricos del postmodernismo la "verdad" es totalmente relativa al grupo en que uno se encuentre. Este relativismo cultural, cuyo objetivo básico es desvalorizar la civilización occidental y su sistema de valores, es otra de las premisas ideológicas del fascismo que circulan ampliamente entre los modernos "progresistas" norteamericanos.

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cita:Originalmente enviado por Victor White
Debido a la extensión del artículo, es conveniente dividirlo y publicarlo en varias partes. En total he de dividir el tema en 7 partes, pues así se consigue una mayor participación de los foristas, al no atiborrarlos con toda la información de un golpe. Espero disfruten el tema.

Victor

EL CAMINO DE LA SERVIDUMBRE

Por Friedrich A.Hayek
En Defensa del Neoliberalismo, diciembre 2003

Introducción a la edición sintetizada

El Camino de la Servidumbre fue un libro que no encontró difusión ni popularidad en Occidente tras su aparición en 1944. El ambiente ideológico imperante le era francamente hostil: era el mismo que existía en Cuba en la época prerrevolucionaria. El mismo que no pudo ofrecer prácticamente ninguna resistencia a que Fidel Castro llegara al poder e instituyera el comunismo en Cuba. ¿Qué ambiente era ese? ¿Cuál se pensaba entonces que era el camino del progreso y el desarrollo? Pero ¿qué decía la experiencia histórica sobre el mismo? Ese es el tema de este libro.

Es un texto agudo, profético, uno de las grandes producciones liberales del siglo XX. Estoy seguro de que si hubiera sido popular entre nosotros antes del triunfo de la revolución, Fidel Castro no hubiera haber podido hacer lo que hizo. No sólo eso. Si conseguimos hacerlo popular entre nuestros intelectuales, aun ahora, pudiéramos ahorrarnos grandes frustraciones en el futuro.

El Camino de la Servidumbre es un libro de poco más de 200 páginas. La síntesis de una obra tan densa, y tan rica, no es tarea fácil. Hice una amplia utilización de las negritas para tratar de compensar con ese énfasis la eliminación de ciertas reiteraciones. Igualmente, en unos pocos casos, he simplificado un tanto la redacción para ganar en claridad expositiva. No pude resistir la tentación de hacerle algunos comentarios al texto, que aparecen numerados al pie de cada capítulo y que, por supuesto, sólo representan mis opiniones personales. Sólo espero que este trabajo despierte en los lectores el interés por leer el insustituible original, tan poco conocido entre nosotros.

Adolfo Rivero Caro

RESUMEN DE EL CAMINO DE LA SERVIDUMBRE

Introducción

Los estudiantes de la historia de las ideas difícilmente puedan dejar de apreciar algo más que una similitud superficial entre la tendencia del pensamiento alemán después de la I Guerra Mundial y la tendencia del pensamiento actual en las democracias occidentales. Hasta hace muy poco tiempo, las políticas socialistas de los gobiernos alemanes eran consideradas como un modelo para los "progresistas", de la misma forma en que han sido consideradas las de Suecia más recientemente. Pocos han tenido el coraje de reconocer que el ascenso del fascismo y del nazismo no ha sido una reacción contra el socialismo anterior sino precisamente su consecuencia, y que los conflictos entre la "derecha" del nacionalsocialismo y la "izquierda" comunista no han sido sino luchas entre fracciones socialistas rivales.

Actualmente (1944) existe entre las democracias occidentales la misma determinación, típica de Alemania después de la I Guerra Mundial, de preservar el tipo de organización nacional en la paz que había servido para los fines de la guerra. Hay el mismo menosprecio por el liberalismo del siglo XIX, el mismo espurio "realismo" e incluso el mismo cinismo y la misma aceptación fatalista de las "tendencias inevitables" de la economía. Tal parece como si existiera un rechazo a aprender de las lecciones de la historia.

A través de todo el libro utilizo el término "liberal" en el sentido original del siglo XIX que todavía es habitual en Inglaterra. Sin embargo, con frecuencia su uso habitual en Estados Unidos viene a significar casi exactamente lo contrario. Ha sido parte del camuflaje del movimiento izquierdista de ese país, ayudado por la confusión de muchos que realmente creen en la libertad, que "liberal" haya venido a significa la defensa de casi todo tipo de control gubernamental. Todavía me resulta enigmático por qué los que verdaderamente creen en la libertad en Estados Unidos no sólo permitieron que se apoderara de este término, prácticamente indispensable, sino que casi la ayudaron al comenzar ellos mismos a utilizarlo como término de oprobio. Esto parece particularmente lamentable dado la consiguiente tendencia de los verdaderos liberales a describirse a si mismos como conservadores.

Es cierto, por supuesto, algunas veces, en la lucha contra los que creen en el estado todopoderoso, los verdaderos liberales tienen que hacer causa común con los conservadores y, en algunas circunstancias, como en la Gran Bretaña contemporánea, difícilmente tengan otra forma de trabajar activamente por sus ideales. Pero el verdadero liberalismo sigue siendo muy distinto del conservadurismo, y el conservadurismo, aunque un elemento necesario en cualquier sociedad estable, no es un programa social; en sus tendencias paternalistas, nacionalistas y adoradoras del poder frecuentemente está más cerca del socialismo que el verdadero liberalismo; y con sus propensiones tradicionalistas, anti-intelectuales y frecuentemente místicas, nunca, excepto en cortos períodos de desilusión, resultará atractivo para los jóvenes y para todos los que creen que algunos cambios son deseables si este mundo ha de convertirse en un lugar mejor. Un movimiento conservador, por su propia naturaleza, está obligado a defender los privilegios establecidos y apoyarse en el poder del gobierno para la protección de esos privilegios. Sin embargo, lo esencial de la posición liberal es la negación de todo privilegio, si por privilegio se entiende, en su sentido propio y original, un estado que garantiza y protege derechos disponibles para algunos y no para otros (1).

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La sociedad norteamericana contemporánea se ha alejado enormemente del ideal liberal. La izquierda americana, que se siguen llamando "liberal" dentro del Partido Demócrata, está integrada por los modernos herederos del utopismo comunista. Consideran al estado como el instrumento idóneo para resolver todos los problemas de la sociedad. Han construido un enorme estado de beneficencia social (welfare state) y luchan por proteger privilegios, como la acción afirmativa, para determinados grupos como negros y mujeres, homosexuales, inválidos, viejos, veteranos y muchos otros. Y, a través del llamado "multiculturalismo" están impulsando la balcanización del país.

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Capítulo I - El Camino Abandonado

Desde por lo menos 25 años antes de que el espectro del totalitarismo se convirtiera en una amenaza real, nos hemos estado alejando de las ideas básicas que han servido de fundamento a la civilización occidental. Hemos ido renunciando progresivamente a la libertad en los asuntos económicos. Sin embargo, sin esa libertad en los asuntos económicos, la libertad política y personal nunca ha existido en el pasado. Aunque hemos sido advertidos por los más grandes pensadores políticos del siglo XIX como De Tocqueville y Lord Acton, de que el socialismo significa esclavitud, nos hemos estado moviendo precisamente en la dirección del socialismo.

Nos hemos estado alejando rápidamente no sólo de las ideas de Adam Smith y Hume, sino de las de Locke y Milton, y hasta de las características básicas de la civilización occidental establecidas por el cristianismo y la filosofía de los griegos y los romanos. Se ha estado abandonando progresivamente el individualismo básico de Erasmo y Montaigne, de Cicerón y Tácito, de Pericles y Tucídides. El individualismo se ha convertido en una mala palabra, y se ha querido hacer sinónimo de mezquindad y de egoísmo. Esto es completamente erróneo. El individualismo es el opuesto del socialismo, el fascismo y las demás formas de colectivismo. Los rasgos esenciales del individualismo se han derivado de elementos cristianos y de la filosofía de la antigüedad clásica que se cristalizaron por primera vez en el Renacimiento, y que se siguieron desarrollando en lo que conocemos hoy como la civilización occidental (2).

La progresiva transformación de un rígido sistema jerárquico en otro sistema en donde los hombres pudieran intentar escoger su propio camino y donde hubiera la posibilidad de escoger entre diversas formas de vida, se encuentra íntimamente relacionado con el desarrollo del comercio. Una nueva perspectiva de la vida fue extendiéndose junto con el comercio desde las ciudades comerciales del norte de Italia hacia el norte y el oeste, a través de Francia y del suroeste de Alemania hasta Holanda y las islas británicas, echando profundas raíces dondequiera que no hubiera algún despotismo que pudiera asfixiarla.

Fue en Holanda y en Inglaterra donde el comercio pudo desarrollarse mejor y convertirse en el fundamento de la vida política y social de esos países. Y fue de ahí que, a fines de los siglos XVII y XVIII comenzó de nuevo a extenderse, en una forma más desarrollada, hacia el este y el oeste, hacia el Nuevo Mundo y el centro de Europa, donde la opresión política y guerras devastadoras habían asfixiado los tempranos inicios de un desarrollo similar.

Durante todo este período moderno de la historia de Europa, la dirección general del desarrollo social había sido hacia la liberación del individuo de las tradiciones culturales que lo mantenían limitado en sus actividades ordinarias. La conciencia de que los esfuerzos espontáneos de los individuos eran capaces de producir un orden complejo de actividades económicas, como era el mercado, sólo pudo producirse después que ese desarrollo hubo hecho algún progreso. La subsiguiente elaboración de una argumentación coherente a favor de la libertad económica fue el resultado del libre crecimiento de esa actividad económica que, a su vez, había sido el resultado, espontáneo e imprevisto, de la libertad política.

Quizás si el mayor resultado del desencadenamiento de las energías individuales fue el maravilloso crecimiento de la ciencia que siguió la marcha de la libertad individual de Italia a Inglaterra, y más allá. Por supuesto que en otras épocas la capacidad de invención no había sido menor. Sin embargo, en otras épocas, los intentos de extender el uso de las invenciones mecánicas había sido rápidamente suprimido y el anhelo de conocimiento había sido sofocado. La concepción dominante en la mayoría se utilizaba como justificación para rechazar al innovador individual. Sólo desde que la libertad industrial abrió el camino para explorar nuevos conocimientos, sólo cuando todo pudo ensayarse -si se podía encontrar a alguien que lo respaldara a su propio riesgo- fue que la ciencia comenzó a avanzar con pasos de gigante.

Lo que el siglo XIX añadió al individualismo del período precedente fue la consciencia de la libertad, el desarrollo sistemático de lo que había ido creciendo de manera espontánea, y extender esas ideas de Inglaterra y Holanda al resto de Europa.

Los resultados de este crecimiento superaron todas las expectativas. Dondequiera que se eliminaron las barreras al libre ejercicio del ingenio humano, el hombre pudo satisfacer un diapasón cada vez más amplio de sus necesidades (3). Y aunque el aumento del nivel de vida llevó a descubrir rápidamente aspectos tenebrosos de la sociedad, aspectos que la gente ya no estaba dispuesta a tolerar, el progreso llegó a todos los estratos de la sociedad. Lógicamente, el éxito desarrolló la ambición. Pronto, lo que había sido una deslumbradora promesa dejó de parecer suficiente. Se percibió el ritmo del progreso como muy lento, y los mismos principios que habían hecho posible ese progreso comenzaron a percibirse como obstáculos para un progreso todavía más rápido.

Los principios básicos del liberalismo no se oponen en lo más mínimo al cambio. El principio fundamental del liberalismo: que para el ordenamiento de nuestros asuntos debemos hacer tanto uso como sea posible de las fuerzas espontáneas de la sociedad, y recurrir tan poco como sea posible a la coerción, es capaz de infinitas variaciones. Y, por supuesto, también ha progresado nuestra comprensión de las fuerzas sociales y de las condiciones más favorables para que esos principios funcionen de la mejor manera posible.

En realidad, la pérdida de popularidad del liberalismo se explica, en cierta medida, por su propio éxito. Ha venido a ser considerado un credo "negativo" porque no puede ofrecerle a los individuos otra cosa que una participación en el progreso general. Sin embargo, ya no se reconoce que ese progreso ha sido precisamente el resultado de la política liberal de libertad. Todo lo contrario, los hombres se han acostumbrado tanto a su nueva prosperidad que ahora las desigualdades les parecen insoportables e injustificadas. Ahora, la gran pregunta no es por qué algunos llegan a la riqueza, sino por qué no todos somos ricos.

En este cambio de perspectiva ha jugado un papel decisivo la transferencia acrítica al terreno social de los hábitos intelectuales engendrados por los hábitos del ingeniero. Desde hace tiempo se pretende desplazar los anónimos e impersonales mecanismos del mercado por la dirección "consciente" de todas las fuerza sociales para poder alcanzar objetivos deliberadamente escogidos. En este proceso, ha sido muy importante que Inglaterra haya perdido su hegemonía cultural alrededor de 1870 y que ésta fuera pasando a Alemania. Hegel, List, Marx, Sombart y Mannheim se convirtieron en los pensadores más influyentes del mundo interpretando las ideas liberales como simples racionalizaciones de intereses egoístas.

2) Actualmente, la arremetida contra la civilización occidental en Estados Unidos es directa. Bajo las banderas del llamado multiculturalismo, en numerosas universidades se han abandonado o rebajado drásticamente los tradicionales estudios sobre civilización occidental. Recientemente, la Universidad de Yale rechazó una donación de $20 millones (!) simplemente porque el donante quería que se invirtieran en el fortalecimiento de esos estudios tradicionales. Los multiculturalistas consideran que esos estudios son eurocéntricos (es decir, de interés sólo para descendientes de europeos y no de los mexicanos, chinos, vietnamitas, etc., que viven en Estados Unidos), racistas (de interés sólo para blancos) machistas (de interés sólo para varones) y homófobos (saturados de un temor patológico a los homosexuales). Y esto se ha convertido, en el decursar de las últimas tres décadas, en la ideología dominante en los medios académicos y de comunicación en Estados Unidos. No es extraño que los disidentes cubanos hayan encontrado tan poco apoyo en ellos. Quizás resida aquí una de las claves ocultas de la supervivencia del régimen de Fidel Castro.

(3) Las consecuencias para la especie humana fueron incalculables. La población de Europa, la más adelantada del planeta, se había mantenido estática durante siglos. Pero, a partir del siglo XVIII, su crecimiento comenzó a acelerarse. Creció de 140 millones en 1750 a 187 millones en 1800, a 266 millones en 1850. Pero este crecimiento no se limitó a los países europeos sino que se extendió al mundo entero. La población de Asia, por ejemplo, creció en 300 millones en este mismo tiempo. La explosión demográfica, la mejor demostración de la efectividad del capitalismo, ha seguido incontenible hasta el día de hoy. Y, a pesar de todo, el crecimiento de la productividad del trabajo siempre se ha mantenido siempre por delante del crecimiento demográfico.

No Ma.mes Victor Blanco, sacame de un apuro y sintetizame todo lo que escribiste, o haz un libro, y la neta te vuelves rico:
atte. chicotemido de la colonia agrandandote, las entradas del conocimiento. me dejaste anodado con tanto rollo.

lanzador

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EL CAMINO DE LA SERVIDUMBRE 7

Capítulo XII - Las raíces sociales del nazismo

Es un error considerar al Nacional Socialismo simplemente como un movimiento irracional sin antecedentes ideológicos. Por el contrario, el Nacional Socialismo culmina una larga evolución del pensamiento, en el que no sólo pensadores alemanes tomaron parte. Thomas Carlyle y Houston Chamberlain, Auguste Comte y George Sore forman tanta parte de este desarrollo como los mismos pensadores alemanes. No se puede, sin embargo, exagerar la importancia de estas ideas antes de 1914.

Hay que decir que el apoyo que recibieron estas ideas no se debió simplemente al auge del nacionalismo en la Alemania derrotada. Mucho menos, en una supuesta reacción capitalista ante el avance del socialismo. Por el contrario, el apoyo que llevó estas ideas al poder vino, precisamente, de las filas socialistas. Durante la generación anterior a la última guerra, no hubo realmente oposición al elemento socialista dentro del marxismo sino a los elementos liberales de su doctrina, como su internacionalismo y su democratismo. Cuando se comprendió que esos elementos eran obstáculos a la realización del socialismo, los socialistas de la izquierda se fueron aproximando cada vez más a los de la derecha. Fue la unión de las fuerzas anticapitalistas de la derecha y de la izquierda, la fusión del socialismo radical y del socialismo conservador (12) lo que barrió con todo lo que en Alemania había de liberal.

La relación entre socialismo y nacionalismo en Alemania fue estrecha desde el principio. Los principales antecesores del Nacional Socialismo -Fichte, Rodbertus y Lasalle- fueron al mismo tiempo los reconocidos padres del socialismo. Mientras el socialismo marxista dirigió el movimiento obrero, los elementos nacionalistas y autoritarios permanecieron en segundo lugar. Pero estaban implícitos en el movimiento. Habría que recordar que en 1892 uno de los principales líderes del movimiento obrero alemán, August Bebel, le dijo a Bismarck que "el Canciller Imperial puede estar seguro de que la Social Democracia alemana es una especie de escuela preparatoria para el militarismo".

De 1914 en lo adelante comenzaron a surgir un maestro tras otro orientando a los trabajadores y a los jóvenes idealistas hacia el Nacional Socialismo. Pero no surgieron de las filas de los conservadores y los reaccionarios sino de las filas socialistas. Fue sólo posteriormente que el rápido crecimiento de la marea nacionalista se transformó en la doctrina hitleriana. Quizás el intelectual más representantivo de este período sea Werner Sombart, cuyo famoso Mercaderes y héroes, apareció publicado en 1915. Sombart había sido un socialista marxista y todavía en 1909 afirmaba con orgullo haber pasado la mayor parte de su vida luchando por las ideas de Marx. Hizo mucho por difundir el resentimiento anticapitalista en Alemania. Si el pensamiento alemán se vio permeado de elementos marxistas estos se debe, en gran medida, a la labor de Sombart. Este era percibido como el principal representante de una intelectualidad socialista perseguida, incapaz, de alcanzar una cátedra universitaria debido a sus ideas.

En Mercaderes y héroes, Sombart le daba la bienvenida a la "guerra alemana" como un conflicto inevitable entre la civilización comercial de Inglaterra y la heroica cultura alemana. Su desprecio por los puntos de vista "comerciales" del pueblo inglés no tenía límites. Las ideas de Libertad, Igualdad y Fraternidad de 1789, eran, según Sombart, ideales comerciales cuyo único objetivo era asegurar ciertas ventajas a ciertos individuos. Considerar la guerra como una actividad inhumana y sin sentido era un producto de puntos de vista comerciales. Para Sombart, la guerra era la culminación de una visión heroica de la vida, y la guerra contra Inglaterra era la guerra contra el ideal comercial de la libertad y el comfort individuales.

Otro teórico que tuvo gran importancia durante ese período, fue Johann Plenge. Uno de sus libros más importantes durante la guerra se titulaba 1789 y 1914 y estaba dedicado al conflicto entre "las ideas de 1789", el ideal de la libertad, y "las ideas de 1914", el ideal de la organización. Para Plenge la organización era la esencia misma del socialismo. Exactamente lo mismo puede decirse de todos los socialistas que derivan su socialismo de una cruda aplicación de los criterios científicos a los problemas de la sociedad.

Según Plenge la economía de guerra creada en Alemania en 1914 "es la primera realización de una sociedad socialista... y su espíritu la primera aparición del espíritu socialista. Las necesidades de la guerra han establecido la idea socialista en la vida económica de Alemania y, por consiguiente, la defensa de nuestra nación ha producido para la humanidad la idea de 1914, la idea de la organización alemana... El estado y la vida económica forman una nueva unidad... El sentimiento de responsabilidad económica que caracteriza al trabajo del empleado público se extiende a toda la actividad privada".

Al principio Plenge todavía esperaba reconciliar el ideal de libertad con el ideal de organización, aunque fundamentalmente mediante la completa pero voluntaria sumisión del individuo al colectivo, pero pronto esas trazas de liberalismo desaparecieron de sus escritos. Para 1918, ya había establecido la necesidad de unir el socialismo con una cruda política de poder. "Es hora de reconocer", decía, "el hecho de que el socialismo ha de ser política de poder, si ha de ser política de organización".

Y sigue Plenge: "Desde el punto de vista del socialismo, que es organización, ¿acaso no es el derecho absoluto a la autodeterminación de la gente el derecho a la anarquía económica individualista? ¿Estamos dispuestos a concederle completa autodeterminación al individuo en la vida económica? El socialismo consecuente sólo puede darle a la gente los derechos que estén acordes con la correlación de fuerzas históricamente determinadas".

Los ideales de los que Plenge fue portavoz eran particularmente populares, y quizás inclusive se derivaban de ciertos círculos de científicos e ingenieros alemanes que clamaban por la organización central planificada de todos los aspectos de la vida - como lo hacen ahora en Inglaterra y Estados Unidos.

Las ideas de Plenge fueron desarrolladas y difundidas, aun más, por un parlamentario socialdemócrata, Paul Lensch, que decía en su libro Tres años de revolución mundial: "El resultado de la decisión de Bismarck de 1879 (la adopción del proteccionismo) fue que Alemania tomó el papel del revolucionario; es decir, de un estado cuya posición en relación con el resto del mundo es la de representar un sistema económico superior y más avanzado... nuestras concepciones de liberalismo, democracia y otras por el estilo, se derivan de las de las ideas del individualismo inglés, según las que un estado liberal es un estado con un gobierno débil, y donde toda restricción de la libertad del individuo es concebida como un producto de la autocracia y el militarismo". En Alemania, "a la lucha por el socialismo ha sido extraordinariamente simplificada puesto que todos sus prerrequisitos ya se han establecido". "Los conceptos políticos de "libertad" y "derechos civiles", de constitucionalismo y parlamentarismo se han derivado de la concepción individualista del mundo, de la que el liberalismo inglés en la encarnación clásica... Pero estos estándares han sido destrozados por esta guerra. Lo que hay que hacer es desembarazarse de estas ideas políticas heredadas y ayudar al crecimiento de una nueva concepción del estado y la sociedad. También en esta esfera el socialismo tiene que representar una oposición consciente y firme al individualismo".

En su libro Prusianismo y socialismo, publicado en 1920, Oswald Spengler decía: "El viejo espíritu prusiano y la convicción socialista, que hoy se odian con el odio de hermanos, son uno y lo mismo". "Los representantes de la civilización occidental en Alemania, los liberales alemanes, son el invisible ejército inglés que, tras la batalla de Jena, Napoleón dejá detrás en el suelo alemán".

"La estructura de la nación inglesa está basada en la distinción entre ricos y pobres, la del prusiano está basada entre mando y obediencia. Por consiguiente, el significado de las diferencias de clase es fundamentalmente diferente en los dos países".

La "idea prusiana" requería que todo el mundo fuera un funcionario del estado, que todos los sueldos y salarios fueran determinados por el estado. La administración de toda propiedad, en particular, se convertía en una función asalariada.

Pero "la cuestión decisiva no sólo para Alemania sino para el mundo, y que tiene que ser resuelta por Alemania para el mundo es: En el futuro, ¿gobernará el comercio al estado, o gobernará el estado al comercio?. Frente a esta cuestión, prusianismo y socialismo son lo mismo... Prusianismo y socialismo combaten a Inglaterra en nuestro medio..."

Fue así que la guerra misma llegó a definirse como una guerra entre socialismo y liberalismo como, entre otros, dijera Van den Bruck, un teórico nazi. El verdadero archienemigo siempre fue el liberalismo. La lucha contra el liberalismo en todas sus formas, el liberalismo que había derrotado a Alemania, era la idea común que unía a socialistas y a conservadores en un solo frente. Al principio fue fundamentalmente en el Movimiento de la Juventud Alemana, que era casi completamente socialista en su inspiración y puntos de vista, donde estas ideas fueron más rápidamente aceptadas y donde se completó la fusión entre el socialismo y el nacionalismo.

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(12) Buscar la definición de "socialismo conservador" al final del Manifiesto Comunista.

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Capítulo XIII - Los totalitarios en nuestro medio

Como he sugerido en estas páginas, la situación actual en las democracias occidentales no se parece tanto a las condiciones actuales de Alemania (1944) como a las condiciones de hace veinte o treinta años. La creciente veneración por el estado, la admiración por el poder y de la grandeza por la grandeza misma, el entusiasmo por la "organización" de todo (que ahora se llama "planificación") y la "incapacidad de dejar nada al simple crecimiento orgánico" son tan notables hoy en Inglaterra como ayer lo eran en Alemania. Hombres como Lord Morley o Henry Sidwick, como Lord Acton o Dicey que eran admirados en todo el mundo como ejemplos sobresalientes de la sabiduría política de Inglaterra son, para la presente generación, obsoletos victorianos.

Ninguna descripción en términos generales puede dar una idea adecuada de la similaridad que existe entre la actual literatura política inglesa y los trabajos que destruyeron la creencia en la civilización occidental en Alemania y crearon el estado de ánimo en el que pudo triunfar el nazismo.

La impaciencia con el estilo del hombre común, tan característica del experto, y el desprecio por todo lo que no haya sido conscientemente organizado por mentes superiores según modelos "científicos" eran fenómenos familiares en la vida pública alemana generaciones antes de que se volvieran significativos en Inglaterra.

Como decía Julien Benda en la Trahison des Clercs (La Traición de los intelectuales) "hay que observar que el dogma de que la historia obedece a leyes científicas es predicado especialmente por los partidarios de la autoridad arbitraria. Esto es natural puesto que de esa forma se eliminan las dos realidades que más odian: la libertad humana y la acción histórica del individuo".

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Capítulo XIV - Condiciones materiales y fines ideales

En el pasado, ha sido la sumisión a las fuerzas impersonales del mercado lo que ha hecho posible el desarrollo de la civilización. Es esta sumisión lo que nos permite a todos construir algo que es mayor que lo que cada uno de nosotros pudiera construir. Se equivocan terriblemente los que creen que podemos ayudar a dominar las fuerzas de la sociedad de la misma forma que hemos aprendido a dominar las fuerzas de la naturaleza. Esto no sólo es el camino hacia el totalitarismo sino también el camino hacia la destrucción de nuestra civilización y, ciertamente, la mejor manera de bloquear el progreso.

La libertad individual no puede reconciliarse con la supremacía de un objetivo único al que toda la sociedad tenga que estar entera y permanentemente subordinada. La única excepción es la guerra u otra situación impuesta por un desastre.

Los moralistas que enarbolan las banderas de la "justicia social" deben recordar que la moral es necesariamente un fenómeno individual. Sólo puede existir en la esfera en que el individuo es libre de optar por si mismo, de decidir si sacrificar alguna ventaja material a una regla moral. Fuera de la esfera de la responsabilidad individual no existe ni bien ni mal, ni oportunidad de mérito moral. No tenemos derecho a ser altruistas a costa de otros, ni hay ningún mérito en el altruismo obligatorio.

Un movimiento cuya principal promesa sea la de aliviar la responsabilidad individual no puede sino tener efectos antimorales. La independencia, la confianza en si mismo, la disposición a correr riesgos, la disposición a respaldar las convicciones personales contra una mayoría, la disposición a la cooperación voluntaria, la tolerancia frente al diferente y al extraño, el respeto por la costumbre y la tradición, y una saludable suspicacia con el poder y la autoridad son las virtudes sobre las que descansa una sociedad individualista. El colectivismo no tiene nada con que sustituirlas como no sea la obediencia.

En la sociedad moderna las orientaciones a respetar ya no son la libertad del individuo, su libertad de movimiento o de expresión. Son, por el contrario, los niveles protegidos de este grupo o aquel, su "derecho" a excluir a otros de darle a sus conciudadanos lo que les hace falta (13). La discriminación entre miembros y no miembros de grupos cerrados es aceptada cada vez más como algo natural; las injusticias contra los individuos en interés de ciertos grupos son vistas con creciente indiferencia.

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(13) En este sentido hay que tener mucho cuidado con la proliferación de supuestos "derechos" impulsada por la izquierda contemporánea. Los verdaderos derechos sólo apuntan a protegen al individuo frente a la arbitrariedad del poder. Pero la izquierda contemporánea promueve muchos "derechos" que no son tales sino simples aspiraciones cuya implementación llevaría a una "justicia distributiva" y, por consiguiente, al resurgimiento de los problemas discutidos en este libro. Cuando se habla del "derecho al trabajo", por ejemplo, ¿quién va a tener el deber, o la obligación, de emplear? Y ¿qué significa el derecho a una retribución "equitativa" y "satisfactoria"? ¿Acaso los salarios no están determinados, como cualquier otro factor de la producción, por las leyes de la oferta y la demanda? Y, si no es el mercado, ¿quién determina entonces lo que es "equitativo" y "satisfactorio"? La Declaración Universal de 1948 fue un documento de compromiso, elaborado bajo la presión de la Unión Soviética y en medio del apogeo del New Deal. No hay que olvidarlo. Creo que hay que reflexionar sobre estos temas para no volver a ser víctimas de la misma demagogia de que hemos sido víctimas en el pasado.

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Capítulo XV - Las perspectivas del orden internacional

Otro campo donde el mundo también ha pagado caro el abandono del liberalismo del siglo XIX ha sido en el de las relaciones internacionales. También en este terreno las actuales concepciones sobre lo que es deseable y practicable pueden producir resultados completamente opuestos a los perseguidos. Es una ilusión fatal creer que sustituir la competencia de los mercados por las negociaciones entre los estados tiende a reducir las fricciones internacionales. Esto no es mas que trasladar la competencia entre empresas a la competencia entre estados poderosos y armados.

No se puede creer que las limitaciones e inconvenientes de la planificación a escala nacional pueden superarse llevando la misma a una escala internacional. Mientras más aumenta la escala de la planificación, más se va limitando la esfera de los acuerdos y más aumenta la necesidad de la compulsión. Si se llegara a considerar como la obligación de cualquier autoridad internacional el producir una justicia distributiva entre diferentes pueblos, la lucha de clases se covertiría en una lucha entre los trabajadores de distintos países. Las consecuencias de planificar para igualar los niveles de vida de distintos países tendrían que ser necesariamente desastrosos.

Todos estamos de acuerdo en ayudar a elevar su nivel de vida a los pueblos más pobres. Pero, en ese sentido, la mejor ayuda es ayudar a mantener el orden y a crear las condiciones en las que la gente misma pueda desarrollar su propia vida. Nunca, en ninguna parte, ha funcionado bien la democracia sin una gran medida de autogobierno que represente una escuela de entrenamiento político para todos, y para los futuros líderes. Es sólo cuando la responsabilidad en asuntos con los que la gente está familiarizada puede aprenderse y practicarse, es sólo cuando la acción está orientada por las necesidades de nuestros vecinos y no por algunos principios abstractos, cuando la gente sencilla puede llegar a participar efectivamente en los asuntos públicos.

Sin duda, una de las mejores salvaguardas de la paz sería una autoridad internacional que limitara el poder del estado sobre los individuos. Usado con sabiduría, el principio federal pudiera ser la mejor solución para muchos de los problemas más difíciles del mundo. Poder reducir el riego de fricciones que puedan llevar a la guerra es probablemente todo lo que podamos y debamos esperar.

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Capítulo XVI - Conclusión

Si hemos fallado en nuestro intento por crear un mundo de hombres libres, tenemos que tratar otra vez. Pero lo que no debemos olvidar nunca es que una política de libertad para el individuo es la única verdaderamente progresista, y que esto sigue siendo tan cierto hoy como lo fue en el siglo XIX.

Fin

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EL TOTALITARISMO ES CARACTERÍSTICO DE LA IZQUIERDA, NO DE LA DERECHA

Parte I

El totalitarismo es característico de la izquierda no de la derecha, demuestra en su ensayo el psicólogo John J. Ray, “AUTHORITARIANISM IS LEFTIST, NOT RIGHTIST” publicado en Frontpage magazine.

Según Ray: “El izquierdismo parte de un deseo de cambio constante motivado generalmente para satisfacer un fuerte ego --- necesitan principalmente atención, poder y excitación. Los izquierdistas satisfacen generalmente esas necesidades promoviendo toda suerte de igualdades y exigiendo el crecimiento permanente del papel del gobierno a fin de asegurar la igualdad. Ese entusiasmo por las regulaciones del gobierno sobre toda actividad humana es en su esencia autoritaria.

Los conservadores, en contraste, están motivados primariamente por el deseo de la libertad individual y su consiguiente rechazo del activismo del gobierno, es esencialmente anti-autoritario.

“La revolución es ciertamente la más autoritaria cosa que existe, es el acto por el cual una parte de la población impone su voluntad sobre la ora parte por medio de rifles, bayonetas y cañones.” (Friedrich Engles – de su controversia con los anarquistas.)

Ese obvio análisis del colaborador de Karl Marx – por la que asocia el totalitarismo con el izquierdismo -- es generalmente ignorado por las izquierdas y hurgando en el tema, el Dr. Ray nos dice, “Aparentemente, como aferrados izquierdistas, quieren explicar el nazismo y el fascismo en una forma que desacredite a la derecha en vez de la izquierda.

Pero las piruetas teóricas que se requieren para ello resultan verdaderamente heroicas -- considerando que Hitler fue más bien un socialista que un conservador, considerando que Mussolini fue un prominente teórico del marxismo, considerando que Stalin fue un aliado de Hitler hasta tanto Hitler quiso serlo de él, y considerando que el más encarnizado enemigo de Hitler no que un izquierdista sino un ultra-conservador, Winston Churchill.

Históricamente, la conclusión obvia es que el nazismo es simplemente una forma racistas del izquierdismo. ¿Cómo puede la verdad histórica perjudicar a los conservadores?”

Para las izquierdas el fracaso a nivel mundial del comunismo y del socialismo les ha hecho replantear su vocabulario pero no su esencia.

Al igual que apoyaron con entusiasmo a Hitler mientras fue aliado de Stalin para luego renegar de él, así se mantuvieron fieles al comunismo aún después de ser desacreditado Stalin por los propios comunistas. Ciento cincuenta millones del víctimas de Stalin y Mao no cambió lo más mínimo el apoyo de las izquierdas a la ideología que inspiró a los más grandes genocidas en la historia de la humanidad.

Sin embargo al desplomarse el impero soviético, ya no era posible aferrarse al comunismo como máxima expresión en el desarrollo del marxismo. Entonces las izquierdas quieren desentenderse, como antes lo hicieron con Stalin, de dicha ideología que tan ardientemente defendieron durante casi un siglo sin importarles el genocidio de más de 150 millones de personas.

Ahora resulta que el comunismo soviético, chino, de Castro, etc. etc., no fueron socialistas sino una aberración de socialismo. ¡Qué conveniente!

Para la izquierda la verdad es subjetiva y fácil de manipular en sus hábiles manos y enfebrecidas mentes. Para ellos sólo le basta con cambiar el significado de las palabras. Ellos creen lo que quieren creer, y cuando los hechos van contra sus creencias, simplemente los ignoran.

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EL TOTALITARISMO ES CARACTERÍSTICO DE LA IZQUIERDA.

PARTE II

El psicólogo John J. Ray, “AUTHORITARIANISM IS LEFTIST, NOT RIGHTIST” publicado en Frontpage magazine hace un análisis psicológico de la persona de izquierdas

PERFIL PSICOLÓGICO DE LA PERSONA DE IZQUIERDAS

¿QUÉ ES SER DE IZQUIERDAS? Se pregunta el Dr. Ray.

El asociar la izquierda como promotora de los cambios en la sociedad y los conservadores como los protectores del “status quo” no enmarca el problema correctamente. Por ejemplo, nos dice Ray, “en el Occidente la “revolución” Reagan/Thatcher ha hecho a la derecha como promotora de cambios profundos en la sociedad mientras que las izquierdas han reaccionado como defensoras del status quo… Las derechas promueven cambio para echar abajo el estado “welfare”y liberar a la empresa, mientras que las izquierdas quieren extender el estado “welfare” y ponerle riendas a las grandes empresas.”

La izquierda, mientras ella no está en el poder, por naturaleza nunca esta conforme siempre quiere más socialismo. Relata el Dr. Ray, “Esa permanente y corrosiva insatisfacción con el mundo es lo que define al izquierdista. Es la característica que tienen todos en común. Son extremadamente rebeldes y aún tienden a matarse entre sí. (Stalin versus Trostky). Describiendo a sus camaradas revolucionarios, Lenin despreciativamente se refería a la ‘profundidad de su estupidez, pedantería, la vileza y la naturaleza traidora de la clase trabajadora.’ “

A su vez contrasta la actitud de las derechas que según Ray “no necesitan cambio que no sea a favor del progreso tanto material como social… En ocasiones ellos pueden estar de acuerdo con ciertas políticas que las izquierdas claman desear. Cuando las derechas resisten cambios es porque los consideran imprudentes
(escépticos de los beneficios netos de ciertas medidas) generalmente por su realismo al valorar las limitaciones (egoísmo, falta de visión, agresividad, etc.)del ser humano.”

El izquierdista, nos dice Ray, “naturalmente no quiere cualquier cambio, ellos quieren cambios que tiendan a echar abajo o a cambiar drásticamente la autoridad, las estructuras de poder y el orden social.”

“No es necesario apuntar, dice Ray, que el estruendoso fallido del comunismo y el socialismo mundialmente – fallo tanto humano como económico – le ha quitado a la izquierda de su posición privilegiada en relación con la agenda política y el tipo de cambio que avanza principalmente en la agenda económica en la dirección hacia la derecha --- lo cual coloca a la izquierda en el papel de oposición a todo cambio.”

Desde luego una vez que la izquierda está en el poder su visión cambia y se convierte en el máximo protector del status quo. Según Lenin, debe haber una “absoluta centralización y la más estricta disciplina del proletariado.” Recalca Ray: “Lenin habla como el dictador totalitario que era, lo cual sigue siendo universalmente consistente con la aspiración de la izquierda por gobierno autoritario y el total control de la población – pero eso solamente mientras ellos estén en el poder. Es decir, los izquierdistas una vez en el poder no van a permitir la desaparición del estado—tal como lo pronosticaba Marx en el Manifiesto Comunista.”

Para Ray resulta “Obvio que las izquierdas en el poder cesan de promover cambios. Con la excepción de la industrialización, los cambios en la Unión Soviética fueron tímidos y cualquier cambio institucional en la naturaleza del poder político fue ferozmente resistido. Así, un clamor por cambios es característico de la izquierda occidental, pero no característico cuando obtienen el poder absoluto.”

Por ello no es posible ser un izquierdista convencido y a su vez ser un demócrata verdadero, ya que el primero es excluyente del segundo una vez que la izquierda controla todo el poder.

No obstante, con el fracaso del comunismo y el socialismo, la izquierda radical tiende a diluirse y a desaparecer.

Como afirma Jean Francois Revel, hoy en día ya no hay frontera entre la derecha y la izquierda. En la política que aplican los gobiernos, ninguna. Todos se ven obligados a aceptar la lógica de la evolución económica. De ahí que los partidos socialistas de hoy en día sólo tienen de socialismo el nombre. El socialismo, tal como se concibió en el siglo XIX y trató de aplicarse en el siglo XX, con la apropiación por el estado de los medios de producción, ha muerto. Sobrevive sólo como utopía. Y la utopía no puede servir de remedio para los males que genere el capitalismo. La corrección de esos males sólo podrá venir del propio liberalismo y de la evolución del capitalismo de libre comercio y libre empresa. No hay otra vía.

¿CUAL ES LA RAZON DE SER DE IZQUIERDA?

La trillada respuesta de los izquierdistas es que las sociedades son injustas. Generalmente, nos dice Ray, “la razón es que el votante de izquierda esta en una posición de desventaja con relación a la sociedad en que vive y por lo tanto se podría beneficiar de una distribución más equitativa de los recursos de la sociedad.”

Desde luego, como dijera Eudoxio Ravines, “no todos los pobres son comunistas ni todos los comunistas son pobres.” De hecho, de Marx y Engels en adelante, los más destacados izquierdistas ha sido generalmente originarios de las clases privilegiadas.

¿Cuál es la motivación ideológica de estos izquierdista? Pregunta el Dr.Ray

“La teoría más aceptada es que la vocación izquierdista les satisface su ego. La principal razón psicológica porque los izquierdistas tan celosamente critican el orden existente y promueven el cambio es a fin de satisfacer e inflar su desmedido ego—y en fin de cuentas, por conquistar el poder, que es la aspiración suprema del ego. Necesitan la atención del público, así como demostrar su ira; necesitan sentirse más sabios y bondadosos y más virtuosos que la mayoría del resto de los seres humanos. Se imaginan en el papel de David contra Goliat. Necesitan mostrarse como pertenecientes al pequeño club de los virtuosos de los sabios de forma tal que noblemente pueden enseñar un nuevo orden a los ciudadanos menos virtuosos y menos sabios que ellos. Sienten compulsivamente la necesidad de llamar la atención, de anunciarse y promoverse. Son personas que necesitan sentirse importante y que se sienten agraviadas por la falta de reconocimiento y de poder.”

En su estudio psicológico del hombre de izquierda, Dr. Ray llega a la conclusión que “De su agitación y activismo obtienen un placer interno. Así no es de extrañar que aquellos hechos que les resultan inconvenientes – tales como los hallazgos científicos a cerca de la influencia de la herencia humana o de verdades históricas sobre la brutalidad de muchos de los regímenes comunistas en el siglo XX—están determinados a ignorarlos. Esta visión de la Izquierda como un club de virtuosos que nunca debe ser perturbado o amenazado ha sido explorado en detalle.”

LA ENVIDIA

Pero quizás sea la envidia la motivación principal, más generalizada y más característica de la persona de izquierdas.

Afirma el Dr. Ray que: “ Naturalmente, aquellos que quieren desesperadamente el poder, la atención y los elogios, envidian con pasión a aquellos que ya lo tienen. Los hombres de negocios, “the establishment”, los ricos, la clase alta, los políticos poderosos y quienquiera que ayude en alguna forma a perpetuar el orden existente, son vistos por los izquierdistas como un obstác ulo para poder alcanzar lo que quiere. Ante sus ojos ellos no valen nada comparado con sus propias y grandes virtudes y así reclaman sus posesiones. ¿Porqué ellos han de tener....? es el reclamo implícito del izquierdista – y aquellos que comparten ese grito de angustia están convencidos que comparten un argumento que nadie fuera ellos puede entender.”

Según Dr. Ray “ La pasión de los izquierdistas por la igualdad es sólo en apariencia un deseo de levantar al que está en desventaja. En realidad es un odio contra todos los que tienen ya una posición superior o más poderosa en la sociedad que él y quiere arrastrarlos por debajo de su nivel.”

La envidia es un vicio que aparece en mayor o menor grado en muchas personas; pero al nivel de sociedades hay algunas en que la envidia es el rasgo más idiosincrásico. Afirma Dr. Ray que “En el caso de los izquierdistas con fuerte ego, la envidia se convierte en un odio y en una fuerza que los consume y que es responsable por la brutal ferocidad de los movimientos comunistas y sus políticas económicas destructivas (tales como los altos y onerosos impuestos, el control de precios y la excesiva regulaciones) empleadas por las izquierdas en sociedades democráticas.”

“Así, la destrucción y empobrecimiento general que ha traído típicamente la izquierda no es tan irracional como parece a primera vista”, afirma Dr. Ray que “Eso es precisamente lo que el izquierdista quiere. Para el izquierdista es una prioridad infinitamente superior hacer a otros más pobres que hacerle algo bueno a alguien. Uno sospecha que la mayoría de los izquierdistas realizan que no hay revolución o transformación social que los vaya a poner en una posición de riqueza o de poder, así pues, la destrucción de la riqueza y del poder de aquellos que ya lo tienen debe ser su razón principal para apoyar las políticas de izquierda.”

“El que alguien sea importante, rico, exitoso, famoso, poderoso, o no, es naturalmente una percepción individual. La ‘relatividad’ de la importancia, prestigio, etc., vendría a explicar el que muchos de los activistas de izquierda son de hecho profesores de universidades… Una cátedra universitaria puede ser prestigiosa; pero puede parecerle que tiene poco poder, poco impacto público y pocas oportunidades para promover su imagen. En su interior piensa: ‘Miren soy tan inteligente, yo debería estar dirigiendo todo el show, lo cual es la manera de pensar de esa gente. Algo de poder y fama no es para ellos suficiente poder y fama.”

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EL TOTALITARISMO ES CARACTERÍSTICO DE LA IZQUIERDA

PARTE III

Ciertamente, dice Dr. Ray, “Ese gran ego y hambre por poder y atención hace una farsa del llamado por la igualdad que reclama la izquierda. Como los puercos en la novela ‘ Animal Farm’ de George Orwell, los izquierdistas quieren ser ‘más iguales unos que otros’. El izquierdista quiere regir o al menos dominar, Detrás de su retórica engañosa, se esconde un recalcitrante elitista, El izquierdista en verdad detesta a la mayor parte de los hombres y piensa que sólo él y sus camaradas están capacitados para regirlo todo. Lo último que él quisiera es verse perdido en una multitud de personas iguales a él.”

Aclara Dr. Ray que: “ Nada de lo dicho, naturalmente, sugiere que esos egos, están confinados solamente a los izquierdistas. Más bien quiero decir que dichas ansias es la principal expresión política de la izquierda. Esas necesidades se encuentran también en la religión, etc., y debemos notar que el comunismo es descrito frecuentemente por sus críticos como una religión… Ese alto nivel de ego entre las izquierdas también explican el mayor activismo político de la izquierda comparada con la más bien somnolienta política de derechas.”

Aunque el activismo de izquierda es un desorden infantil que generalmente se cura con la madurez del individuo, no obstante, hay casos en que quedan tarados por vida y nunca llegan a reponerse de enfermedad tan deletérea.

El Dr. Gregorio Marañón hace un análisis del resentido y su relación con la revoluciones que ayuda a un mejor entendimiento de esa atracción, generalmente fatídica para la humanidad, entre el resentido y las revoluciones.

El resentido, dice Marañón, está compuesto por distintos tipos de personas. Una de ellos es la persona deforme, o tan fea que su mera presencia resulte repulsiva. No es el caso de la persona normalmente fea que generalmente Dios le da la gracia que compensa con creces su fealdad. En el primer caso, la persona desarrolla un resentimiento, un odio genérico hacia el resto de los seres humanos que le hace unirse al carro de destrucción de las revoluciones y con la destrucción saciar su odio. El otro tipo de resentido es el más común, es la persona con inteligencia algo más alta que el promedio pero que se cree mucho más inteligente de lo que realmente es. Consecuentemente, nunca está conforme con sus logros en la vida, siempre resiente el que otra persona que considera menos inteligente y menos capacitada que él tenga una posición en la empresa o en la sociedad por encima de él. Ese tipo de resentido adopta el activismo de izquierda tratando de cambiar el estatus quo a uno que le reconozca sus extraordinario méritos y es el primero en formar parte de las ola destructiva revolucionaria.

Vemos en las sociedades desarrolladas que entre las clases privilegiadas a veces aparece un cierto complejo de culpabilidad, una motivación psicológica que les mueve hacia la izquierda.

Según dice Dr. Ray, “La gente acomodada se sienten mal (culpable) cuando ven la extrema pobreza de otros y quieren rectificarla donando cosas al necesitado (pero no de su bolsillo, naturalmente). Esto sería superfluo para una persona de izquierda: los izquierdistas necesitan explicar sus motivos de forma altruista pero si realmente se sintieran culpables hay muchas cosas que pudieran hacer para ayudar a otros que agitar para aumentar los impuestos.

Afirma Dr. Ray: “Es un hecho indudable que los activistas de izquierda (desde los bolcheviques en adelante) tienden a proceder de familias acomodadas no señalan necesariamente que su motivo haya sido un complejo de culpa. Se puede apreciar que aquellos que tienen todos los bienes materiales que puedan ansiar buscan otros lujos: tales como excitación, vanidad, elogios, el poder – particularmente la excitación en el caso de los “niños ricos” izquierdistas. Es muy similar a la motivación que tienen los que se han hecho ricos por sus propios esfuerzos y méritos (tal como Bill Gates de Microsoft) a convertirse en generosos filántropos. Teniendo poder y riqueza buscan el elogio y el reconocimiento a su generosidad.”

“Otras de las motivaciones para la izquierda son relacionadas también como el ego, por ejemplo.

Algunos izquierdistas se creen inteligentes por su capacidad para criticar.

Otros son simplemente cínico oportunistas que ven un beneficio personal en el cambio.

Algunos izquierdistas están simplemente escondiendo su odio por los demás bajo un manto de buenas intenciones. Ellos quieren herir lo demás y para ello necesitan cambiar el sistema (una revolución) para tener la oportunidad de lograrlo.”

“Los más revolucionarios y la izquierda Trotskista frecuentemente usan la palabra “aplastar” en sus lemas (aplastar el racismo, aplastar el capitalismo, aplastar ciertos líderes políticos) así, tal parece que los izquierdistas sienten una compulsión para aplastar las cosas. Ellos buscan excusas aceptables para satisfacer sus ansias destructivas. Presuntamente, ellos son los responsables de la violencia y la destrucción que frecuentemente acompaña las manifestaciones izquierdistas en las calles y en las universidades. Su interés es el cambio violento. Es de presumir que en otra época y lugar, muchos de ellos hubieran formado parte de las “camisas marrones” de Hitler.”

No todas la motivaciones de los izquierdistas son tan negativas, dice le Dr. Ray. Algunas de las motivaciones más sinceras de la izquierda serían:

Afirma Dr. Ray: “Algunos están genuinamente disgustados por cosas que no entienden y que siendo insuficientemente capacitados quieren cambiarlo a la loca. Así por ejemplo, pueden estar disgustados por el efecto del aumento de los alquileres sobre los pobres y proponen el control de la renta como una solución rápida – aunque unos minutos de investigación les hubiera hecho realizar que el control de rentas después de un tiempo tiene el efecto de reducir la construcción de nuevas viviendas mientras las ya construidas caen en el abandono, haciendo las condiciones para los pobres a la larga aún peores en ambos casos.”

”Los izquierdistas pueden ser jóvenes sin experiencia de las complejidades de la vida así que sus drásticamente simples soluciones les resultan razonables. El izquierdismo tiene el atractivo de la simplicidad.”

Según Ray: “Algunos, particularmente los jóvenes, son idealistas, se sienten insatisfechos ya que encuentran imperfecto el estado del mundo. Existe algún idealismo genuino aún en la extrema izquierda como se demostró con el éxodo de miembros de partido comunistas de las económicamente exitosas democracias occidentales que ocurrió después de la supresión violenta que hicieron los soviéticos de los alzamientos en la Alemania del Este, Hungría y Checoslovaquia en 1953, 1956, y 1968. Una vez que la verdadera naturaleza de los regímenes comunistas fue tan evidente que no podía seguir negándose, personas decentes y honestas que ingenuamente habían creído en los alardes de benevolencia y buenas intenciones de los comunistas, percibieron la realidad y abandonaron el comunismo. En los Estados Unidos (en New York particularmente), algunos de los intelectuales vieron lo suficiente como para abandonar la “izquierda”liberal y fundar el movimiento neo-conservador.. Igual ocurrió en Australia en 1950 y en los 60, los Andersonian “libertarians”de Sydney eran intelectuales que hubieran seguido en la izquierda pero que reaccionaron ante el realismo de la brutalidad soviética.”

“La izquierda es como una religión para ateos,”dice Ray. “Existe una fuerte necesidad interna en todo ser humano por la religión. Aún en el mundo actual, escéptico, científico y materialista de esta era, la mitad de los americanos asisten a sus iglesias regularmente y los años de adoctrinamiento ateo por los comunistas parece haber fortalecido a la Iglesia aún en Rusia y en Polonia. Aún entre aquellos que no tienen una afiliación religiosa formal, muy pocos son realmente ateos. Así el izquierdismo puede ser visto como una religión sin Dios – algo que llena las necesidades religiosas de aquellos que por varias razones esta insatisfechos con otras religiones o con ideas supernaturales en general... La izquierda busca activamente prosélitos y es muy intolerante de la competencia de otras religiones. “

La intolerancia y el carácter totalitario de la izquierda son inseparables tanto de la ideología como de la praxis de los movimientos de izquierda.

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SOCIALISMO KILLS

Dennis Prager*
9/2/2003

In a period of two weeks during August, more than 11,000 elderly French men and women died of heat stroke. It is important to note this is not nearly the scandal in France that it would be in America. In fact, upon hearing the news, French president Jacques Chirac decided to stay on vacation in Quebec, Canada.

Why not? Because, in the words of British historian Paul Johnson, the French – like most Europeans, and like most left-thinking people anywhere – love ideas more than people. The average educated European can intelligently discuss Hegel or Matisse almost as well as the average educated American – who probably never heard of Hegel or Matisse – can discuss real estate or sports.

Europe has given the world Marxism, communism, fascism, Nazism, racism and socialism, all rotten ideas that have caused immeasurable human suffering.

But for Europeans and their ideological twins on the American left and at universities, ideas are not judged by their ability to ameliorate human suffering or reduce evil, but by their complexity and apparent profundity. An idea is not good because it produces good – that's unromantic American pragmatism – it is good because it sounds good.

Eleven thousand unnecessary deaths occurred in France largely because socialism inevitably breeds hedonism, selfishness and callousness. As ironic as it may seem, but the fact is that socialism – i.e., cradle-to-grave state welfare – makes people worse.

First, the socialist mind loathes work. In France, the legal length of the work week is 35 hours. Working hard to make more money is an American value that is held in contempt by the Left. The New York Times recently featured an article describing the death of the Protestant work ethic in secular, socialist Europe and the thriving of that ethic in America – and that this explains the far greater productivity and affluence of America. The Judeo-Christian tradition values work; secularism doesn't. And as we all know from watching our children, people with a lot of time on their hands have character problems.

Second, socialism values equality more than liberty. The Norwegian government recently passed a law that the boards of its largest corporations must be half female. The California left – the Democratic Party – just passed a law that no employer may fire a male employee who wears women's clothing at work. Because the Left holds liberty (except sexual liberty) in lower esteem, Europe has raised a generation that does not value liberty nearly as much as Americans do (though we're getting there).

Third, socialism teaches you to avoid taking care of other people. The state will – why should you? If people in France and elsewhere in Europe take less care of their aging parents, it is because they are taught from childhood to allow others – i.e., the state – to take care of everybody. Just as we saw in America when the state stepped in to take care of women who had children without a husband, these women increasingly refused to marry and felt little compunction about having more babies out of wedlock. The bigger the government, the worse the people.

Fourth, as a result of this socialist mindset, people in socialist countries give little charity, while Americans give vast amounts (just as Americans in conservative states give more charity per capita than people in liberal ones).

Fifth, the larger the state, the more callous it becomes. Twentieth-century evil was made possible in large measure by the bureaucratic mentality – the type of person who is merely a cog in huge governmental machine, collectively all-powerful but individually powerless to do anything except take and execute orders.

The bigger the state, the colder its heart. (It is also true that the bigger the corporation, the more callous its heart. But unlike the state, corporations have competition and have no police powers.)

As I wrote in a previous column, the future of the world is either European secular socialism, Islamic totalitarianism or the unique American combination of Judeo-Christian religiosity and political and economic liberty.

Few Americans are attracted to the second possibility, but vast numbers look to Europe as a model. One hopes that the next time they do, they will note the 11,000 elderly dead in France. But don't bet on it.

*Dennis Prager, one of America's most respected and popular nationally syndicated radio talk-show hosts, is the author of several books and a frequent guest on television shows.

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Sweden and the Myth of Benevolent Socialism

By David Dieteman*

Sweden is the poster state for those who believe in the power of the government to solve all problems.

Frequently referred to as a "benevolent" socialist or social democratic state, to distinguish it from the run-of-the-mill socialist butcher shop, such as Cuba, China, North Korea, the USSR, and most of Africa, Latin and Central America, and Asia, Sweden is the Promised Land of the Left. Where the USSR was a departure from the genius of Karl Marx, Sweden shows the potential.

As usual, the rosy picture painted by the Left could not be farther from the truth.

First, assume that everything the Left has to say about Sweden is true. This would only make Sweden the exception which proves the rule. In other words, even if Sweden were heaven on earth, this fails to answer the question of why Cuba, China, North Korea, the USSR, and most of Africa, Latin and Central America, and Asia are much more akin to Hell on earth.

Second, it must be noted that the touted stories of Swedish socialism, if not generally false, omit important facts.

For starters, unlike the godless state to which American leftists aspire, Lutheranism is the state-supported religion of Sweden. (Despite this fact, less than 10 per cent of Swedes regularly attend church).

With respect to claim that Swedish socialism shows the "success" of socialism, free trade reigned in Sweden from roughly 1846 until the Social Democrats were elected in 1932. After 1932, Sweden was helped by its neutrality in World War Two. Unlike Germany, Sweden’s major cities were not bombed flat. The Social Democrats, then, had a great deal of wealth produced by capitalism and undamaged by war to share as political spoils.

According to a Swiss federal government statistical comparison of Switzerland and Sweden, the percentage of Swedish unmarried pregnancies in 1996 was 54% percent – roughly equal to the black community in the United States.

The reason for this high rate of unwed pregnancies is apparent in both cases, and it is not illegal drugs: the state gives incentives to unwed mothers in the form of social benefits, with predictable results. Why go through the hassle of getting married or staying married when a government check means that such a decision has no practical consequences for your life? Over the long-term, a 54% illegitimacy rate can only undermine Swedish society.

Worst of all, the Swedes have not always acted benevolently, as reported on page A1 of the August 29, 1997, Washington Post,

From 1934 to 1974, 62,000 Swedes were sterilized as part of a national program grounded in the science of racial biology and carried out by officials who believed they were helping to build a progressive, enlightened welfare state...In some cases, couples judged to be inferior parents were sterilized, as were their children when they became teenagers.

Margot Wallstrom, the Swedish Minister of Health and Social Affairs, told the Post that "there was nothing secret about the sterilization program. It was carried out in the light of public debate at a time when Swedes believed they were creating a society that would be the envy of the world." The Swedish Institute for Racial Biology, founded in 1922, was the first national institute of the kind. The Swedes were also the first to sterilize the mentally ill, beginning in 1934.

One woman, aged 72 at the time of the Post article, was sterilized "because she couldn’t read a blackboard because she did not have eyeglasses and was deemed to be retarded."

The Post also reports that Dagens Nyheter, the Swedish newspaper which ran a multi-part documentary of the sterilization program, contended that the ruling party at the time – the Social Democrats – "accepted the policy as an essential part of their overall philosophy."

This claims is supported by the fact that, as noted above, the Social Democrats came to power in Sweden in 1932. In other words, they waited a mere two years before embarking on a program of eugenics. This would appear to make the eugenics program a high priority for the Social Democrats, as Dagens Nyheter contended.

The Irish Times of August 30, 1997, meanwhile, reports that "90 per cent of [those sterilizied] were women," and that "the practice, which predated and outlived Nazi Germany, started as an attempt to weed out perceived genetic weaknesses, mental or physical defects and ended as a method of social control." According to Professor Gunnar Broberg, "Young girls were told they would be set free from [mental] homes and prisons ‘if we are allowed to make you calmer.’"

Interestingly, among the supporters of the sterilization program were Gunnar and Alva Myrdal, according to a 1991 Swedish radio documentary produced by Bosse Lindquist. Gunnar Myrdal was a socialist economist who shared the 1974 Nobel Prize for Economics with Friedrich Hayek. Gunnary Myrdal has also been praised as a "pioneer" in race relations.

Unfortunately, sterilizations are just the tip of the iceberg. As the Irish Times and Agence-France Presse reported on April 7, 1998, a Swedish Television documentary reveals that Sweden lobotomized perhaps 4500 "undesirables," in some cases without the consent of their families:

Some 500 lobotomies were conducted on patients who were not from mental hospitals...including a seven-year-old boy in Umeaa in northern Sweden in 1949. Diagnosed as "mentally retarded, hyperactive", he died during surgery."...One man featured in the documentary, who was lobotomised in 1963, is now 67 and has no concept of time, still believing that his children are small.

In part, the benevolent socialist government of Sweden hoped to discover whether "lobotomies could cure alcoholics and criminals."

Sweden also "forced hundreds of ‘mentally deficient’ Swedes to let their teeth rot after being force-fed candy in dental experiments."

The allegedly "benevolent" Swedish social democrats, then, behaved very like the Nazis. Sweden, however, is not alone in hiding its past.

As the Irish Times also reports,Since the Swedish revelations, other apparently "clean" countries have found similar skeletons in their cupboards. Both Norway and Denmark had similar policies. And this week a Swiss history professor, Hans Ulrich Jost, said Swiss doctors sterilized mentally handicapped patients (again most of them women) against their will under a law passed in 1928. "Even Hitler requested a copy of the law from the canton and from the government in Berne as a basis for Nazi Germany’s own racist laws."

The Washington Post claims that similar programs existed in Austria and Belgium, and the Telegraph (UK) recently reported that Norway sanctioned the physical and sexual abuse of children of occupying German soldiers born to Norwegian women.

As reported in the Telegraph,victims have spoken out about the savage treatment meted out to them by the Norwegian government and by ordinary citizens during the postwar years for the crime of being Tyskerbarna or "German bastards". Many were locked away in orphanages or mental asylums for years – where they were subjected to sexual abuse – or had the "Germanness" beaten out of them by their Norwegian foster parents.

One girl, Tove Laila,was taken at the age of one by the SS to her German grandparents in the east German city of Eberswalde in 1942 after her father was killed in action. Mrs Laila, now aged 59, remembers: "It was the happiest period in my life."

Alas, her happiness was not to last:

In 1947, under an agreement reached by the Allies and the Norwegian government, Mrs Laila was returned to her Norwegian mother where she was an unwelcome guest. Aged only six and speaking no Norwegian, she was beaten daily by her stepfather whenever she uttered a word of German. He later regularly sexually abused her.

The Norwegian attorney handling compensation claims against the government, Randi Hagen Spydevold, stated that "No attempt was made by the Norwegian authorities to check what kind of family Mrs Laila was being sent to. She suffered years of abuse because nobody was interested in her well-being." Mrs. Spydevold also stated that the Norwegian defense ministry and the CIA tested the effects of LSD on the children of German soldiers.

Predictably, the Norwegian government is fighting the compensation claims:

Norway’s Social Democrat health minister, Tor Toenne, said: "They had an especially difficult childhood, but the misdeeds against these children were lapses. It is difficult to reconstruct what hap****d to them after so many years."

Right. Contrast this to the recent outrage over the claim that Swiss banks were holding money which was identifiable as having been stolen by the Nazis from Holocaust victims. Despite the fact that some of the victims in question had their property confiscated perhaps five to ten years before the Norwegian abuses began, these events took place at roughly the same time. Perhaps the Swiss just keep better records than the Norwegians.

Thankfully, the Norwegian victims are demanding justice:

The survivors are adamant, however, that the government should address one of the most shameful chapters in Norway’s history. Gerd Fleischer, a 58-year-old Oslo charity organizer and the daughter of a German soldier and a Norwegian woman, said: "The terminology used to describe us was as bad as the Nazis in its contempt for mankind. I grew up as a second-class person in hell. As a civilized nation, Norway must finally apologize and bring all the facts to light."

Europe and the rest of the world indeed ought to face facts and admit their hypocrisy where eugenics and human rights are concerned.
Europe and the rest of the world should also give up their search for a magical socialist solution to the material conditions of human existence.

As Ludwig von Mises writes in The Anti-Capitalistic Mentality, it is capitalism – based upon individual liberty and private property – which has materially advanced human life from mud huts and horrific infant mortality rates to the comfort in which much of the world lives today.

It is also in capitalist nations – where the right to liberty and the right to property are protected – where men and women have been comparatively free from the eugenic nightmares of other nations. Although prisoners and "mental deficient" were sterilized in the United States, such programs never reached the levels they reached in Sweden, let alone in Germany under the National Socialists.

*Mr. Dieteman is an attorney in Erie, Pennsylvania, and a PhD candidate in philosophy at The Catholic University of America.

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EL HOMBRE NUEVO DEL SOCIALISMO EUROPEO

September 09, 2003

Lo ocurrido en Francia, donde murieron durante una ola de calor sin recibir atención médica más de 10,000 personas, mayormente ancianos, nos pone en presencia una vez más ante la corrupción de los valores humanos que conlleva la sociedad socialista y el falso humanismo con que quieren encubrir su naturaleza perversa.

El socialismo europeo parte de la misma utopía en la que se basó el Che cuando proclamaba su visión del hombre nuevo creado por el socialismo al cual desde niño se le inculcaba: “El odio como factor de lucha; el odio intransigente al enemigo, que impulsa más allá de las limitaciones del ser humano y lo convierte en una efectiva, violenta, selectiva, y fría máquina de matar.” Esa concepción perversa de la sociedad y el ser humano es inseparable de la utopía socialista.

Decía Eudoxio Ravines que: “EL SOCIALISMO Y LA LIBERTAD DEL HOMBRE, SON INCOMPATIBLES, Y EL SOCIALISMO Y LA MISERIA DOLOROSA Y DEPRAVADA DE LAS MASAS, SON INSEPARABLES. LA OPRESIÓN Y LA MISERIA SIGUEN AL SOCIALISMO COMO LA SOMBRA AL CUERPO.”

Pero también son inseparables del socialismo el desprecio por la vida y los valores éticos y morales de una civilización basada en la tradición judea-cristiana.

El vergonzoso escándalo de la muerte de más de diez mil personas por abandono de sus familiares y del estado socialista demuestra que el hombre nuevo que crea el socialismo es un ser hedonista que relega en el estado las obligaciones que le son propias y cuyo grado de inhumanidad, egoísmo e inmoralidad llega al límite de ni siquiera reclamar los cadáveres de sus familiares muertos para darle respetuosa y digna sepultura, sino que abandonan a la hora de la muerte a sus seres “queridos”, como los abandonaron en vida, para ser echados junto con cientos de otros cuerpos en una fosa común sin siquiera molestarse en identificarlos.

Ha sido un espectáculo dantesco tan vergonzoso como lo ocurrido bajo la Alemania nazi o el comunismo soviético, pero indigno de una nación que sé autocalifica como la más civilizada y sofisticada del mundo.

Mientras eso ocurría en la “civilizada” Europa socialista, después de casi dos años de extraordinarios esfuerzos por identificar algunos restos humanos del ataque infame del 9/11, el gobierno americano ordenaba preservarlos con toda la dignidad que este país le rinde a sus muertos para tratar otra vez de identificarlos cuando se cuenten con otros medios más avanzados que los de hoy.

Pero lo ocurrido en Francia no es producto de la idiosincrasia del francés sino producto del socialismo cuyas consecuencias las hemos visto repetidas a través de toda la historia del socialismo con mayor o menor perversidad.

Suecia, como Francia, es otro de los estados en que predomina el socialismo “benevolente” y que las izquierdas suelen presentar como modelo a seguir, aún cuando confundan el mito con la realidad.

David Dieterman en su ensayo: “Sweden and the Myth of Benevolent Socialism” afirma “como de 1934 a 1976 fueron esterizados en Suecia 62,000 personas como parte de un programa para lograr el perfecto estado benefactor... y en algunos casos, parejas consideradas como inferiores fueron esterilizadas, incluyendo a sus hijos en la edad de la pubertad.”

El Ministro sueco para la Salud y Asuntos Sociales ha afirmado que: “No hay nada secreto a cerca del programa de esterilización. Se ha llevado a cabo después de un debate público en un tiempo cuando los suecos creían estar creando una sociedad que iba a ser la envidia del mundo.” El Instituto para Biología Racial, fundado en 1922, fue el primero de su clase en el mundo y fueron los suecos los primeros en esterilizar a partir de 1934 a los enfermos mentales. Una anciana de 72 años entrevistada para un artículo, dijo haber sido esterilizada de joven por no poder leer ya que no tenía sus espejuelos y la consideraron retardada.

Según el periódico sueco Dagens Nyheter, ese programa de esterilización forzada era parte esencial de la filosofía de los socialistas demócratas tan pronto tomaron el poder en Suecia en 1932, siendo sus programas eugenésicos de su más alta prioridad.

El periódico Irish Times en agosto 30 de 1997 reportó que el 90% de las personas esterilizadas fueron mujeres y que esa práctica antecedió y sobrevivió a lo ocurrido bajo los nazis en Alemania. El fin era eliminar las debilidades genéticas, mentales o defectos físicos como método de control social.

Como vemos esa interpretación perversa del ser humano y la sociedad es consustancial de la utopía socialista y la vemos repetida tanto bajo el nacional socialismo, como bajo el comunismo o bajo los benevolentes gobiernos eurosocialistas.

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SUECIA, EL MODELO POR EXCELENCIA DE LA IZQUIERDA

Desaparecida la Unión Soviética y desacreditado el paradigma y modelo de sociedad socialista - la Cuba de Castro – las izquierdas fabrican un nuevo mito, la superioridad del socialismo de los países nórdicos sobre el capitalismo de libre empresa y libre mercados.

Sin embargo, existe una compulsión patológica en las izquierdas a confundirse con sus propias fantasías no pudiendo percibir la realidad y terminando creyendo sus propias mentiras a base de repetirlas.

Suecia, y su estado socialista es un claro ejemplo. Las izquierdas la presentan como la “Tercer Vía” ideal que debe inspirar al “Tercer Mundo.” Un Estado “benefactor” o estado “memetoentodo” como le llama Jean Francois Revel, a medio camino ente el capitalismo y el comunismo.

Sin embargo, recientemente el “ Instituto de Investigaciones para el Comercio” (HUI), en un estudio hecho por ellos, llegaron a la conclusión de que el promedio de ingreso de la clase media sueca, aun antes de pagar sus impuestos, los cuales son de los mas altos y onerosos del mundo, era menor y disfrutaban de menos bienes materiales que el promedio de los afro-americanos en los Estados Unidos.

Si consideramos que el ingreso de los afro-americanos es de alrededor del 70% del promedio general de ingresos en los Estados Unidos, esto significa, según los autores del estudio, los economistas Fredrik Bergstrom y Robert Gidehag, que los suecos están por “ debajo de grupos que ellos presentan frecuentemente como los pobres y fracasados dentro de la economía americana.”

Según los autores del estudio: “Si continúan las presentes condiciones, cosas que son de uso común en los Estados Unidos su posesión serán considerada como de lujo extremo en Suecia… Y si Suecia fuese un Estado de la Unión Americana, seria el más pobre de acuerdo con el ingreso familiar bruto aun antes de pagar los impuestos.” El reporte de la HUI concluye afirmando que Suecia es más pobre que Arkansas, Alabama o Mississippi.

¡Vaya modelo que nos quieren imponer las izquierdas!

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LIFE IS CHEAP IN OLD EUROPE

By William Grim*
Iconoclast Contributing Editor

Last week the French government announced that the final death toll from the August heat wave was a little over 14,000. This is a shocking statistic by any stretch of the imagination and is reminiscent of something one would expect to hear coming from an African kleptocracy and not from the self-*****d most civilized nation on Earth.

What is even more shocking is the relative indifference of the French population to the deaths of so many of their fellow countrymen. Many of the victims were elderly people who died alone in their apartments without anyone thinking to check in on them until the stench of decaying flesh became too great for the neighbors to ignore. I guess in France it's just Liberté and Egalité from now on. Pierre and Marie can just skip over that Fraternité jazz.

Funeral homes in France reported that many families even refused to cut short their vacations at the beach in order to claim the bodies of their loved ones. There were even some cities that had to have mass burials because they ran out of cold storage space at the morgues.

How could such a thing happen in an allegedly first-world nation?

For starters, many Old Europeans, the French in particular, take a perverse pride in doing anything exactly the opposite way that it is done in America, even if this ends up becoming a case of cutting off the Gallic nose to spite the Gallic face. The citizens of Old Europe are extremely jealous of American air-conditioning. Because of severe government regulations and socialist economic policies, the price of electricity is incredibly high in Old Europe, making air-conditioning a luxury affordable only to the rich.

In America air-conditioning is ubiquitous, contributing not only to the good health of Americans, but also allowing American productivity to continue unabated during the dog days of summer. Old Europe essentially shuts down in August.

Old Europeans, in a classic case of Nietzschean ressentiment, have taken their lack of air-conditioning, decreased productivity and health problems associated with heat and perversely turned them into a "moral" stance. In the eyes of Old Europeans, they are "morally" superior to Americans because Old Europeans suffer from heat prostration, hay fever, allergies and summer colds and flu and negative productivity.

Do you see the old pattern here? The Old Europeans are "victims." They are "morally" superior because they suffer.

Another contributing factor to this summer's mass heat deaths is the Old European hysterical (and medieval) fear of fresh air, particularly fresh air that circulates. I am not overstating the matter much by saying that the thing most feared by the French and Germans is a breeze. It never ceases to amuse me to see Old Europeans wearing heavy wool scarves when the temperature is between 75 and 80 degrees.

Although the state of medical care in France and Germany is on a level with the United States, the state of popular medical lore is still back at the stage of leeches and bodily humors. And chief among the medieval health notions held by most Old Europeans is the completely erroneous belief that draughts are the cause of all disease.

A case in point. In Munich during the first week in August, the temperature one day rose to 104 degrees. This was in a city essentially without any air-conditioning. The temperature was so high that fish were dying in the Isar River from the heat. I got on the U-Bahn and opened the tiny window above my seat. A woman who was sitting about 30 feet in front of me (opposite to the direction that the wind would be blowing through the window) immediately jumped up and started screaming at the top of her lungs, "Es gibt's Zug." ("It [the air] will come into the train.") I started laughing and said, "Ma'am, that's the idea and anyway Eine bisschen Luft is sehr gut. [A little air is very good.]" Well, the woman continued to scream and eventually left the train.

This is not an uncommon experience in Old Europe. [Interestingly enough, heat is not considered to be a cause of death by German health officials, so there is no way of knowing how many heat-related deaths occurred in Germany during this past summer.] Conversely, during the winter Old Europeans, especially the Germans, keep their homes and offices at temperatures bordering on blast furnace conditions. Old Europeans suffer from colds and flu with a virulence unknown in America because their extremely overheated buildings act like gigantic incubators for germs and viruses.

But apart from the above-mentioned reasons for this past summer's mass heat deaths in Old Europe, there is another factor that goes to the root of the problem. And that is the selfishness and destruction of community that is caused by socialism. In socialist countries like France and Germany, the state assumes almost parental control over its citizens. In Old Europe the governments have always been monarchies, dictatorships or socialist quasi-democracies. There is no tradition of rugged individualism or self-reliance in France and Germany.

Ironically, it is individualism and self-reliance that are the bases of the strong sense of community in America. Americans are used to solving their own problems. Americans band together voluntarily in times of crisis. Americans don't need their government to tell them what needs to be done. They simply go out and do it. And when there's a killer heat wave in America, air-conditioned public facilities open their doors to the elderly and poor, neighbors and postal workers check to make sure at-risk individuals are in good condition, and Americans don't abandon Grandma and Grandpa in a sweltering apartment.

Old Europeans, on the other hand, are kept in a perpetual childlike state by the meddlesome power of their socialist governments. And childhood is characterized by a selfishness and moral imbecility that left unchecked devolves into barbarity. Today France is like a bad movie, something along the lines of "The Lord of the Flies" meets "The Discreet Charm of the Bourgeoisie." The French are elegant barbarians, sipping their Bordeaux and casting aspersions on the America they secretly envy while allowing thousands of their own countrymen to die needlessly of heatstroke and dehydration.

Like many Americans, I would like to be able to like France. I've always enjoyed Paris and I like French food, literature, movies, and for the most part, I've enjoyed my interactions with French people. But sometimes I get the distinct impression that if an American scientist invented a cure for cancer, the French government would ban it and encourage French people to use more carcinogens just to be different from America.

My father lived the last 11 years of his life with a transplanted kidney. The transplant was extremely successful due to an anti-rejection drug called Cyclosporin that was developed by French scientists. I'd like to return the favor to France. Here's my advice:

(1) This is the 21st century. You have modern heating; now it's time to have modern air-conditioning. If this means getting rid of your socialist government, deregulating the energy industry, and opening up the energy market to competition, then do it.

(2) The next time there is a heat wave, take a few seconds and check on your elderly neighbors to see if they're ok.

(3) Get rid of the scarves until it snows. Scarves collect germs and raise the body's temperature. Wearing a heavy wool scarf when the temperature is in the 70s or 80s is like leaning into a Mike Tyson punch. Circulating air is good for you. Circulating air helps to lower body temperature. When the body gets too hot it is dangerous, like when you have a fever.

(4) Ice will not kill you. When your body is overheated it is essential to bring down your body's temperature as quickly as possible. This means ice water, not mildly warm tap water.

(5) And for God's sake, don't leave your elderly relatives alone in an overheated and stuffy apartment. If this means taking them along on a vacation or even curtailing your lemming-like migration to the Mediterranean, do it. If this means buying Grandma a fan or an air-conditioner, do it. If this means helping out Grandma with the electric bill, do it.

Finally, some last words of counsel to the people of France: If any of the above suggestions strike you as being too American, please feel free to alter them in any way so that they do not offend your Gallic sensibilities. Remember, when America gets mad at France, Americans don't stop eating French fries; they simply change the name.

*William E. Grim is a writer who lives in Germany and is a native of Columbus, Ohio. He may be reached at wgrimatmyrealbox [dot] com and you can read more by and about him at The Official William E. Grim Web Site.

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Decline of Eurosocialism

By Lowell Ponte
FrontPageMagazine.com

New evidence suggests a bigger, more basic reason why Europe is turning right: ordinary people now recognize that, even measured by its own values and promised goals, Eurosocialism has failed.

Sweden, for example, was with its socialist welfare state supposed to inspire a "Third Way" for the world midway between capitalism and communism. But last month a new study by the Swedish Research Institute of Trade (HUI) revealed that the typical middle-class Swede, even before paying his nation’s highest-in-the-world taxes, earns less money and enjoys fewer material goods than the average African-American in the United States.

The median income of African-American households is about 70 percent that of overall U.S. median income. This means, wrote HUI study authors Fredrik Bergstrom and economist Robert Gidehag, that Swedes are "below groups which in the Swedish debate are usually regarded as poor and losers in the American economy."

If present Swedish trends continue, they wrote, then "things that are commonplace in the United States will be regarded as the utmost luxury in Sweden."

"If Sweden were a U.S. state, it would be the poorest measured by household gross income before taxes," the HUI study reported. Sweden is poorer than Arkansas, Alabama, or Mississippi.

Prior to its plunge into welfare statism during the 1960s and 1970s, Sweden had one of the world’s fastest-growing, most prosperous economies, writes Swedish historian Johan Norberg. Socialism dragged it down from being the 4th richest among OECD nations to the 17th. Confiscatory taxes that could reach 104 percent of income destroyed the incentive to work, become educated, or invest.

"In 1990," writes Norberg, "…private enterprise had not created a single net job [in Sweden] since 1950, but the public sector had increased by more than a million employees." The public sector is parasitic, of course, feeding on the taxes and labor of others. With its most enterprising citizens having fled to tax havens such as Monaco and the United States, the majority of parasites who remain are expected easily to re-elect Sweden’s ruling socialists this September 15.

And in Sweden economic authoritarianism continues to move towards political authoritarianism. Its parliament, for instance, last week voted to amend the constitution to make it a crime to, by speech or written word, criticize homosexuality or any other "alternative life stile." Some American conservatives see this as a step towards criminalizing free speech, the Bible and Christianity.

Other European socialist welfare states differ from Sweden’s problems only in degree, but those degrees of remaining freedom could shift their politics rightward in upcoming elections. Germany’s ruling Social Democrats, according to recent polls, are likely to fall from power this coming October. Great Britain’s Labour government is rapidly losing popular support, say polls, despite Prime Minister Tony Blair’s efforts to make his party seem centrist and to embrace the United States.

The European Union recognizes that with a declining and aging population, Europe faces an increasing ratio of retirees collecting government benefits to workers paying taxes. In the next 15 years, Europeans between ages 20 and 29 will decrease by 20 percent, while those 50-64 years of age will rise by 25 percent. The only way to offset this problem is through more immigrant workers, but such immigrants and their demands on the welfare state will, as Leftist pundits foresee, drive European politics to the right.

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HISTORIA DE LOS ESTADOS UNIDOS : nosotros,el pueblo "Sobre esto no cabe duda. la empresa privada habia dejado de ser libre empresa desde mucho tiempo atras.la concentracion del control en las manos de unos cuantos se intensifico durante la Segunda Guerra Mundial... De este modo, la cuestion vincula con el empleo y la paz esta intimamente relacionada con nuestra estructura monopolista y el sistema de lucro.lo que hay que debatir no es nuestra posicion,a favor o en contra, de la " libre empresa." Nos toca decidir si nuestra economia habra de ser manejada por el capitalismo monopolista para sus propios fines,o por el pueblo,en beneficio de si mismo. El hombre comun no debe olvidar al New Deal. Significo una valiosa experiencia.Dio a los obreros y a los agricultores el sentido de su fuerza.Aprendieron que,para poder alcanzar cualquiera de las cosas deseadas,tenia que organizarse tanto politica como economicamente.y hoy, en la hora en que el New Deal pasa,en veloz transformacion a la fase de los recuerdos,deben memorizar esa leccion. Es preciso que redoblen sus actividades economicas y politicas.Quieren que haya paz,que haya empleos.Se impone que tomen la iniciativa para conseguirlos.Y, a traves de sus luchas,comprenderan que,paz y empleos,solo resultan asequibles bajo un sistema de produccion cuya finalidad sea el uso, no el lucro". por: Leo Huberman

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La moda de privatisar todo no dio vuenos resultados donde fue sepultado su fiel admirador, en California el poner la administracion de la compañia de luz y fuerza en manos pribadas fue el mayor error cometido en materia economica por ese estado.

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A los cubanos si gana la contra rebolucion de Mallami les espera. pribatisacion de todo el sistema educativo,pribatisacion del sector Salud. pribatisacion de la bivienda privatisacion de todo in clullendo serbicios esenciales de agua y luz pribatisacion de todo en lo que los millonarios de mallami puedad tener ganancia. el lema sera rovar a los pobres para darle a los ricos...saludos.

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Sr: Rastro estoy mirando el libro; como fabricar fanaticos de la derecha por: VICTOR WHITE,no tengo el tiempo de alludarlo en sus disparates intelectuales pero con gusto lo atiendo en el futuro...saludos.

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Capitalismo y libertad

Por Milton Friedman
Traducción y subrrayados por Adolfo Rivero Caro
En Defensa del Neoliberalismo, noviembre de 2003

Este ensayo trata de la relación entre la libertad que disfrutan los individuos en una sociedad y la forma de organización económica adoptada por esa sociedad. Su tesis es que la organización del grueso de la actividad económica a través de empresas privadas en un mercado libre -una forma de organización que llamaré capitalismo competitivo- es una condición necesaria de la libertad individual. Aunque necesario para la libertad, el capitalismo sólo no es suficiente para garantizara. Tiene que estar acompañado por un conjunto de valores y de instituciones políticas favorables a la libertad; estas condiciones adicionales no serán consideradas en este ensayo.

El sistema económico juega un papel dual en la promoción de la libertad. En primer lugar, la libertad económica en, en si misma, un componente esencial de la libertad en general. El capitalismo competitivo, como el sistema más favorable a la libertad económica, es por esta razón un fin en sí mismo. En segundo lugar, la libertad económica es un medio para la libertad civil o política. Al permitir una efectiva separación entre el poder económico y el político, reduce los costos de la idiosincrasia política y proporciona numerosos centros independientes de potencial oposición a la supresión de la libertad. La experiencia histórica y el análisis lógico apoyan por igual esta tesis.

El crecimiento y propagación de la libertad civil en Occidente coincidió claramente con la difusión del capitalismo como el sistema dominante de organización económica. No conozco ningún ejemplo de sociedad, en ninguna época o lugar, definible como sociedad libre, que no usara un sistema de mercado privado para organizar sus actividades económicas. Es igualmente claro que el capitalismo por si solo no ha sido suficiente para garantizar la libertad. El Japón, por lo menos antes de la II Guerra Mundial, y Rusia antes de la I Guerra Mundial, eran sociedades capitalistas y, sin embargo, esencialmente autocráticas en su estructura política. La Italia fascista y la España de Franco son ejemplos adicionales aunque un poco menos claros; en ambos el estado ha jugado un papel tan amplio en el control y desarrollo de los asuntos económicos que quizás fuera mejor describirlos como sociedades socialistas o colectivistas que como capitalistas. Y esto ciertamente es válido para la Alemania Nacional Socialista.

Con todo, merece la pena observar que inclusive en estos países- con la sola excepción de la Alemania nazi- nunca la supresión de la libertad individual ha llegado tan lejos como en los modernos estados totalitarios de Rusia y China, donde el colectivismo económico se combina con el autoritarismo político y donde apenas sobreviven algunos vestigios del capitalismo. La razón parece clara. Por poco que fuera el capitalismo existente, proporcionaba algunas fuentes de poder parcialmente independiente de la autoridad política. Además, por supuesto, el capitalismo significó alguna medida de libertad económica y hasta los vasallos de la Rusia zarista podían cambiar de trabajo sin permiso de ningún organismo estatal.

La relación entre la libertad económica y la libertad política es compleja y en ningún sentido unilateral. En la Inglaterra de principios del siglo XIX, los radicales filosóficos y sus aliados consideraban la reforma política fundamentalmente como un medio para la libertad económica. Los seguidores de Adam Smith, Ricardo y Bentham, creían que una reducción en la intervención estatal en la economía, una amplia medida de laissez faire, era el principal requisito de un rápido progreso económico así como de la amplia distribución de sus frutos entre las masas. Dicho sea de paso, la experiencia subsiguiente deja pocas dudas sobre lo correcto de esa opinión (ver Indice de la libertad económica). Estos tempranos liberales veían los intereses creados de los políticamente poderosos, particularmente los terratenientes, como el principal obstáculo de esa política. La reforma política le daría el poder al pueblo y el pueblo, naturalmente, legislaría en su propio interés, es decir, legislaría laissez faire.

Desde el fin del siglo XIX hasta el día de hoy, los principales escritores liberales –hombres como Dicey, Mises, Hayek y Simons, por sólo citar unos pocos- subrayaron la relación inversa: la libertad económica como medio para la libertad política. El triunfo del liberalismo benthamita en la Inglaterra del siglo XIX fue seguido por la intervención gubernamental en los asuntos económicos y esta tendencia hacia el colectivismo se vio muy acelerada tanto en Gran Bretaña como en el resto del mundo por dos guerras mundiales. En los países democráticos, fue el bienestar social más bien que la libertad lo que se convirtió en el factor determinante. Reconociendo la implícita amenaza al individualismo, estos autores temían que un continuo movimiento hacia el control centralizado de la actividad económica demostrara ser El Camino de la Servidumbre, como tituló Hayek su penetrante estudio sobre el proceso (ver El Camino de la servidumbre).

Los acontecimientos desde el fin de la Segunda Guerra Mundial presentan una relación de nuevo diferente entre la libertad económica y la política. La planificación económica colectivista ha interferido con la libertad individual. Sin embargo, por lo menos en algunos países, el resultado no ha sido la supresión de la libertad sino el cambio de la política económica. Nuevamente Inglaterra brinda el ejemplo más llamativo. El punto de viraje es, quizás, la orden de “control de compromisos” que, pese a muchas reservas, el Partido Laborista encontró necesario imponer para poder realizar su política económica. Plenamente ejecutada, la ley hubiera implicado la asignación centralizada del empleo. Pero esto chocaba tan abiertamente con la libertad personal que fue llevada a la práctica en un número insignificante de casos y rescindida tras haber estado en vigor por un breve período. Su cancelación introdujo un franco cambio de política económica, una reducción del apoyo en los “planes” y “programas” centralizados, el desmantelamiento de muchos controles y un creciente énfasis en el mercado privado. Un cambio similar de política ocurrió en la mayor parte de los demás países democráticos (ver Los Puestos de Mando).

La razón última de estos cambios de política está en el limitado éxito o completo fracaso de la planificación centralizada para conseguir sus objetivos. Sin embargo, este fracaso debe atribuirse, por lo menos en alguna medida, a las implicaciones políticas de la planificación centralizada y a la falta de voluntad de seguir su lógica cuando hacerlo requiere pisotear estimados derechos privados. Bien pudiera ser que el cambio sólo sea una momentánea interrupción de la tendencia colectivista de este siglo. Aun así, ilustra de manera llamativa la estrecha relación entre la libertad política y las disposiciones económicas.

Adam Smith vio claramente que la utilización efectiva de los recursos económicos requiere la coordinación de un gran número de personas. Como él dijera, “la división del trabajo está limitada por la extensión del mercado.” El aumento de la población y el progreso tecnológico desde que escribiera han ampliado continuamente la escala en que se requiere la coordinación para poder aprovechar al máximo la ciencia moderna. Es obvio que literalmente millones de personas están implicadas en brindarse mutuamente su pan cotidiano, por no hablar de sus automóviles. El desafío para el creyente en la libertad es reconciliar la creciente interdependencia con la libertad individual.

Fundamentalmente, sólo hay dos formas de coordinar las actividades económicas de millones de personas. Una es la dirección centralizada que implica el uso de la coerción -la técnica del moderno estado totalitario. La otra es la cooperación voluntaria de los individuos -la técnica del mercado.

La posibilidad de coordinación a través de la cooperación voluntaria se apoya en la proposición elemental –y, sin embargo, frecuentemente negada- de que ambas partes de una transacción económica se benefician siempre que la transacción sea bilateralmente voluntaria e informada. Por consiguiente, el intercambio puede significar coordinación sin coerción. Un modelo de sociedad organizada a través del intercambio voluntario es una economía de libre empresa privada, lo que hemos llamado capitalismo competitivo.

Es su forma más simple, semejante sociedad consiste en un número de familias independientes- una colección de Robinson Crusoes, por decirlo así. Cada familia usa los recursos que controla para producir bienes y servicios que intercambia por bienes y servicios producidos por otras familia en términos mutuamente aceptables para ambas partes. Por consiguiente, cada familia está capacitada para satisfacer sus necesidades indirectamente al producir bienes y servicios que utilizarán otras casas, mas bien que produciendo bienes para su propio consumo inmediato. El incentivo usado para adoptar la vía indirecta es, por supuesto, el incremente de productividad que hacen posible la división del trabajo y la especialización de funciones. En consecuencia, ambas partes pueden beneficiarse de cada intercambio.

Puesto que cada familia siempre tiene la alternativa de producir directamente para si misma, no tiene que entrar en ningún intercambio a no ser que realmente se beneficie. De esa fomra, no ocurrirá ningún intercambio a no ser que ambas partes se beneficien del mismo. De esa forma, se consigue la cooperación sin coerción.

En una economía de intercambio simple, en la que una familia es la mayor unidad productiva y en la que los productos finales son intercambiados contra productos finales, la división del trabajo y la especialización de funciones no pueden ir más allá, Para ampliar la magnitud de la división del trabajo, la unidad productiva en las economías de mercado existentes se halla en gran medida separada de la unidad de consumo. Toma la forma de una empresa que sirve como intermediaria entre el uso de los recursos de algunas familias para producir productos, y la adquisición de los productos por la misma u otra familia. La introducción de semejante intermediario permite la cooperación productiva en un área mucho más amplia y hace posibles complejas cadenas de intercambio y formas indirectas de utilizar los recursos. La elaboración de arreglos cooperativos se ve facilitada todavía más por el uso de “dinero”, o medio generalizado de compra, para hacer transacciones mas bien que intercambiando bienes o servicios directamente.

Pese al importante papel de la empresa y del dinero en nuestra economía actual, y pese a los numerosos y complejos problemas que suscita, la característica central de la técnica de mercado para conseguir coordinación se ve plenamente desplegada en una simple economía de intercambio aunque no tenga ni empresas ni dinero.

Como en el modelo simple, también en la empresa compleja y la economía de intercambio monetario, la cooperación es estrictamente individual y voluntaria, siempre que (a) esas empresas sean privadas, para que las partes contratantes en última instancia sean individuos y (b) que los individuos sean efectivamente libres para entrar o no entrar en cualquier intercambio particular, para que cualquier transacción sea estrictamente voluntaria.

Es mucho más fácil formular estas condiciones en términos generales que especificarlas en detalle, o precisar los arreglos institucionales más favorables a su mantenimiento. En realidad, gran parte de la literatura económica técnica está justamente preocupada con estas cuestiones. El requisito básico es el mantenimiento de la ley y el orden para evitar la coerción y poner en vigor los contratos voluntarios, dándole así contenido a “privado” ( ver La evolución del estado de derecho). Aparte de esto, quizás el problema más difícil se derive del “monopolio” –que inhibe la libertad efectiva al negarle a los individuos las alternativas al intercambio particular- y de los “efectos de vecindario”- efectos sobre terceras personas para los que no resulta factible ni pagar ni cobrar.

Aunque aquí no es posible una discusión amplia, el espectro de los problemas implicados queda sugerido por las diferentes significaciones atribuidas a “libre” como un adjetivo que modifica a una empresa. Un significado, el que se le ha dado generalmente en la Europa continental, es que las “empresas” serán libres de hacer lo que quieran, incluyendo fijar precios, dividir mercados y adoptar cualquier otra técnica para dejar fuera a potenciales competidores. Otra, inherente al pensamiento británico y a la ley y la tradición norteamericana, es que cualquiera será “libre” para establecer una empresa, lo que significa que las empresas existentes no son “libres” para dejar fuera a los competidores a no ser vendiendo un mejor producto al mismo precio o el mismo producto a un precio más bajo. El concepto europeo es una derivación natural de una sociedad de “status”; la norteamericana, de una sociedad democrática e igualitaria. Y, a su vez, las diferentes concepciones reaccionan sobre el carácter de la sociedad; la concepción europea promueve una economía estructurada, “clases” económicas, y una aristocracia industrial para complementar su aristocracia social; la concepción norteamericana promueve la movilidad económica, la ausencia de clases y la democracia económica para complementar su democracia social.

Mientras se mantenga la efectiva libertad de intercambio, el elemento central de la organización de mercado de la actividad económica consiste en que impide que una persona interfiera con la mayoría de las actividades de otra. El consumidor está protegido de la coerción del vendedor gracias a la presencia de otros vendedores con los que puede tratar. El vendedor está protegido de la coerción de los consumidores gracias a los otros consumidores a los que puede vender. El empleado está protegido de la coerción del empleador gracias a los otros empleadores para los que pudiera trabajar, y así sucesivamente. Y el mercado hace esto impersonalmente y sin ninguna autoridad centralizada.

En realidad, una gran fuente de objeciones a una economía libre es precisamente lo bien que hace su trabajo. Le da a la gente lo que quiere en vez de lo que un grupo particular piensa que debería de querer. Subyacente a la mayoría de los argumentos contra el mercado libre está la falta de confianza en la libertad misma.

Las libertades económicas que proporciona el mercado incluyen la libertad de morirse de hambre, para usar una frase muy querida por los enemigos del mercado. El mercado le garantiza al individuo la libertad de aprovechar al máximo los recursos que están a su disposición, siempre que no interfiera con la libertad de los demás de hacer lo mismo. Pero no garantiza que tendrá los mismos recursos que otro. Los recursos que pueda tener reflejan, en gran medida, los accidentes de nacimiento, herencia y previa buena o mala fortuna. Y no hay nada que pueda evitar que conduzcan a una gran disparidades en riquezas e ingresos. Para muchas personas, estas disparidades son moralmente repugnantes y plantean difíciles problemas éticos que no pueden explorarse aquí. También sirven funciones muy reales, una de las cuales mencionaremos más adelante.

En la medida en que las disparidades se derivan de un monopolio y de otras imperfecciones del mercado, se pudieran reducir acercándose más al mercado libre ideal. Pero hay que reconocer que inclusive un mercado libre ideal es perfectamente coherente con una gran desigualdad. Fuera de la caridad individual, no hay forma de eliminar esas desigualdades de riqueza que permanecerían inclusive en un mercado libre ideal, excepto mediante la interferencia con la libertad de los más afortunados. Es una observación banal, aunque desagradable, que la libertad y el igualitarismo pueden ser objetivos contradictorios. Afortunadamente, en la práctica, han demostrado que no lo son. Históricamente, un mercado libre ha producido menos desigualdad, una distribución de la riqueza más amplia, y menos pobreza que cualquier otra forma de organización económica. Hay menos desigualdad en los países capitalistas avanzados, como Estados Unidos, que en países subdesarrollados como la India.

Aunque la escasez de la información hace difícil estar seguro, también parece haber menos desigualdad en los países capitalistas en general que en los colectivistas como Rusia y China. En principio, las sociedades colectivistas pudieran conseguir una igualdad substancial, aunque sacrificando la producción total. No lo han hecho. Ni siquiera lo han intentado.

Por supuesto, la existencia de un mercado libre no elimina la necesidad de un gobierno. Por el contrario, como hemos dicho, el gobierno es esencial como foro para determinar “las reglas del juego” y como árbitro para aplicar las reglas que se decidan. Lo que el mercado hace es reducir mucho el espectro de problemas que hay que decidir políticamente y, por consiguiente, minimiza la medida en la que el gobierno tiene que participar directamente en el juego. El rasgo característico de la acción política es que tiende a requerir, o poner en vigor, una sustancial conformidad. La gran ventaja del mercado, por otra parte, consiste en que permite una gran diversidad. En términos políticos es un sistema de representación proporcional. Cada persona puede votar, por decirlo así, por lo que quiere y conseguirlo. No necesita saber qué quiere la mayoría y luego, si está en la minoría, someterse.

Es esta característica del mercado a la que nos referimos cuando decimos que el mercado proporciona libertad económica. Pero esta característica también tiene implicaciones que van mucho más allá de lo estrechamente económico. La libertad política significa la ausencia de coerción de un hombre por otro. La amenaza fundamental a la libertad es el poder de coaccionar, ya esté en manos de un monarca, de un dictador, de un oligarca o de una momentánea mayoría. La preservación de la libertad requiere la eliminación de esa concentración de poder en la mayor medida posible y la dispersión y distribución de cualquier poder que no pueda eliminarse –un sistema de checks and balances. Al sustraer la organización de la actividad económica del control de la autoridad política, el mercado elimina esta fuente de poder coercitivo. Le permite al poder económico ser un balance contra el poder político en vez de un refuerzo.

El poder económico puede ser ampliamente diseminado, porque no hay ninguna necesidad de que el crecimiento de nuevos centros de poder económico se produzca a costa de los ya existentes. Puede haber muchos millonarios. El poder político, por otra parte, es mucho más difícil de descentralizar. Su carácter personal impone algo más afín a una ley de conservación del poder. Puede haber muchos pequeños gobiernos independientes. Pero es mucho más difícil mantener numerosos pequeños centros de poder político igualmente fuertes dentro un gran gobierno que mantener numerosos centros de poderío económico dentro de una gran economía. Por consiguiente, si la fuerza económica se une a la fuerza política, la concentración parece casi inevitable.

Quizás pueda demostrarse mejor la fuerza de este argumento abstracto con un ejemplo. Un rasgo de una sociedad libre es la libertad de los individuos para defender y propagar abiertamente un cambio radical en la estructura de la sociedad, mientras esa defensa esté limitada a la persuasión y no incluya la fuerza u otras formas de coerción. Es una característica de la libertad política en una sociedad capitalista que los hombres pueden defender y trabajar abiertamente a favor del socialismo. Igualmente, la libertad política en una sociedad socialista requeriría que los hombres tuvieran la libertad de defender la introducción del capitalismo. ¿Cómo puede preservarse y protegerse la libertad para defender el capitalismo en una sociedad socialista?

Para que los hombres puedan defender algo en primer lugar tienen que poder ganarse la vida. Esto ya plantea un problema en la sociedad socialista, puesto que todos los empleos están bajo el control directo de las autoridades políticas. Haría falta un acto de autolimitación gubernamental cuya dificultad está subrayada por la experiencia de Estados Unidos después de la II Guerra Mundial con el problema de la “seguridad” entre los empleados federales. Para un gobierno socialista permitirle a sus empleados defender políticas directamente contrarias a la doctrina oficial.

Pero supongamos que se consiga este acto de auto-negación. Para que la defensa del capitalismo signifique algo, sus proponentes tienen que poder financiar su causa, tienen que tener reuniones públicas, publicar panfletos, comprar tiempo en la radio, editar periódicos y revistas, y así sucesivamente. ¿Cómo podrán recaudar los fondos necesarios? Pudiera haber hombres en la sociedad socialista con grandes ingresos, quizás en forma de bonos del gobierno y cosas por el estilo, pero tendrían que ser altos funcionarios. Es posible concebir algunos funcionarios socialistas de menor rango manteniendo su cargo pese a defender el capitalismo. Es prácticamente imposible imaginar que algunos altos funcionarios socialistas vayan a subvencionar semejantes “actividades subversivas’’.

El único recurso para buscar fondos sería recaudar pequeñas cantidades de un gran número de funcionarios menores. Pero esta no es una respuesta realista. Para llegar a conseguir estos recursos, habría que persuadir a mucha gente y nuestro problema consiste, precisamente, en cómo iniciar y financiar una campaña para poder hacerlo. Los movimientos radicales en una sociedad capitalista nunca se han financiado de esa manera. Típicamente han sido subvencionados por unos cuantos individuos ricos que han sido convencidos por un Frederick Vanderbilt, una Anita Blaine McCormick o un Corliss Lamont, por mencionar unos cuantos nombres recientemente destacados, o por Federico Engels para ir más para atrás. Este es un papel de la desigualdad de riqueza para preservar la libertad política que casi nunca se subraya – el papel del patrón.

En una sociedad capitalista, sólo hace falta persuadir a unos cuantos ricos para lanzar cualquier idea, por extraña que sea, y hay muchas de esas personas, muchas fuentes independientes de apoyo. Y, en realidad, ni siquiera es necesario persuadir a nadie sobre la validez de la idea. Sólo es necesario persuadirlos de que su propagación puede ser financieramente exitosa; que el periódico o revista o libro o lo que sea pude ser rentable. El editor competitivo, por ejemplo, no puede permitirse publicar solamente los escritos con que esté personalmente de acuerdo; le basta con la probabilidad de que el mercado le dé un rendimiento satisfactorio a su inversión.

le financiar con pequeñas cantidades de muchas personas sin tener que persuadirlas primero. En una sociedad socialista no existe esa posibilidad. Sólo existe el estado todopoderoso.

Hagamos un esfuerzo de imaginación y supongamos que un gobierno socialista que está consciente de este problema y compuesto por personas que quieran preservar la libertad. ¿Pudiera suministrar los fondos? Quizás, pero es difícil ver cómo. Pudiera establecer una oficina para subsidiar la propaganda subversiva. Pero ¿cómo podría seleccionar a quién apoyar? Si le diera a todos lo que piden, pronto se vería sin fondos porque el socialismo no puede cancelar la elemental ley económica de que un precio lo suficientemente alto creará una gran oferta. Si usted hace la defensa de una causa radical lo suficientemente remunerativa, el suministro de sus partidarios será ilimitado.

Además, la libertad para defender causas impopulares no requiere que esa defensa sea gratuita. Por el contrario, ninguna sociedad podría ser estable si la defensa de las causas radicales fuera gratuita, mucho menos subsidiada. Es enteramente apropiado que los hombres hagan sacrificios para defender causas en las que creen. En realidad, es importante preservar la libertad sólo para gente desinteresada porque de otra forma la libertad degeneraría en libertinaje e irresponsabilidad. Lo que es esencial en que el costo de defender causas impopulares sea tolerable y no prohibitivo.

Pero no hemos terminado todavía. En una sociedad de libre mercado, basta con tener fondos. Los proveedores de papel están tan dispuestos a venderle al Daily Worker como al Wall Street Journal. En una sociedad socialista, no sería suficiente tener los fondos. Nuestro hipotético órgano capitalista tendría que persuadir a la fábrica de papel del gobierno para que le vendiera, a la imprenta del gobierno para que le imprimiera, etc.

Otro ejemplo del papel del mercado en la preservación de la libertad política, y uno que más cercano de nosotros, se reveló con el macarthysmo. Aparte de los temas de fondo, y de los méritos de las acusaciones hechas, ¿qué protección tenían los individuos y, en particular, los empleados del gobierno, contra acusaciones irresponsables e investigaciones que iban contra su consciencia revelar? Su recurso a la Quinta Enmienda hubiera sido una burla sin una alternativa al empleo en el gobierno.

Su protección fundamental era la existencia de una economía de mercado privada en la que pudieran ganarse la vida. Aquí nuevamente, la protección no era absoluta. Muchos empleados privados potenciales eran, correcta o incorrectamente, renuentes a contratar a los criticados. Bien pudiera ser que hubiera mucho menos justificación para los costos impuestos en muchas de las personas implicadas que para los costos generalmente impuestos en las personas que defienden causas impopulares. Pero el punto importante es que los costos eran limitados y no prohibitivos, como hubieran sido si el empleo en el gobierno hubiera sido la única posibilidad.

Es de interés notar que una fracción desproporcionadamente grande de las personas implicadas aparentemente nunca entró en los sectores más competitivos de la economía –pequeños negocios, comercio, agricultura- donde el mercado se acerca más de cerca al ideal del libre mercado. Nadie que compre pan sabe si el trigo del que está hecho fue cultivado por un comunista o un republicano, por un demócrata o un fascista, por un negro o un blanco. Esto ilustra cómo un mercado impersonal separa las actividades económicas de los puntos de vista políticos y protege a los hombres en sus actividades económicas contra todo lo que no tenga que ver con su productividad.

Como sugiere este ejemplo, los grupos que tienen más en juego en nuestra sociedad en la preservación y fortalecimiento del capitalismo competitivo son esos grupos minoritarios que más fácilmente pueden convertirse en el objeto de la desconfianza o enemistad de la mayoría –los judíos, los extranjeros, por solo mencionar los más obvios. Con todo, paradójicamente, los enemigos del libre mercado –los socialistas, los comunistas- han sido reclutados en un número desproporcionadamente alto precisamente en estos grupos. En vez de reconocer la protección que les brinda el mercado, le atribuyen erróneamente cualquier discriminación residual.

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LA GUERRA CONTRA EL ÉXITO

Thomas Sowell
En defensa del neoliberalismo, diciembre 2003

Nombre alguna de las cosas que hacen que estemos mucho mejor que los americanos de hace sólo un par de generaciones.

Una de las más importantes son las nuevas medicinas que no sólo prolongan la vida sino que nos permiten estar vigorosos y enérgicos a edades en que generaciones anteriores solían estar reposando en mecedoras. Los aviones han puesto al mundo entero a nuestro alcance. Las computadoras han hecho posible que gente con ningún conocimiento científico o técnico de las mismas puedan utilizarlas para hacer infinidad de cosas.

Usted supondría que los que han creado estas cosas estarían entre nuestros héroes. Nada de eso. Por lo contrario, son demonizados en los medios de comunicación, acosados por el gobierno y demandados por los abogados.

Las compañías farmacéuticas son denunciadas regularmente por cobrar precios que los políticos consideran muy altos. Al parecer, la forma en que estas compañías pueden recuperar los cientos de millones dólares que hacen falta para desarrollar una nueva medicina es algo que los políticos – y muchos de los medios de comunicación – no parecen estar interesados en discutir.

Los médicos que salvan nuestras vidas son frecuentemente demandados por abogados, muchas veces por acusaciones falsas, que frecuentemente consiguen millones de dólares en daños otorgados por jurados más pendientes de la retórica emocional que de las pruebas duras.

Boeing está siendo demandado porque las puertas de sus aviones no mantuvieron fuera de la cabina a los terroristas el 11 de septiembre de 2001. Microsoft fue demandada porque tanta gente compró su sistema operativo que sus rivales dijeron que “controlaba” el mercado.

La edición del 6 de octubre de la revista BusinessWeek tiene un importante artículo sobre la cadena de tiendas Wal-Mart en la que cita un estimado que dice que Wal-Mart le ahorra a los consumidores americanos $20,000 millones al año. Aún así, criticó a Wal-Mart por que no les pagaba a sus vendedores lo suficiente como para mantener a una familia de tres y se quejó de que la compañía no venda música con letras obscenas o fotos pornográficas.

Se solía decir que nada tiene tanto éxito como el éxito. Hoy, nada es tan criticable como el triunfo. Así como los editorialistas critican la forma en que la policía enfrenta peligros que ellos jamás han enfrentado, así también critican como se administran negocios que ellos no han administrado nunca.

El origen de gran parte de los problemas económicos de California está en que a sus políticos les gusta darle beneficios a los electores sin importarles los costos que esos beneficios le imponen a las empresas. De esa forme, los políticos pueden regalarle a sus electores sin que tener que subir los impuestos para pagar su “generosidad” con el dinero de los contribuyentes.

Aparentemente los periodistas también quieren hacer lo mismo. Es por esto que el redactor de BusinessWeek afirma que Wal-Mart debía pagarles a sus vendedores lo suficiente como para mantener a una familia de tres. Cuantos de estos vendedores tienen realmente una familia de tres ni siquiera se menciona. Y nadie se pregunta si tiene sentido que una persona tome decisiones -como tener hijos- y que otras tengan que pagar por las consecuencias de las mismas.

En nuestra intelectualidad se ha desarrollado todo un vocabulario dirigido a restarle importancia a los logros que crean nuestro estándar de vida y la longevidad que nos permite disfrutarlo. Cuando algunos logran más que otros esto no es visto como una contribución especial a la sociedad que debía ser elogiada sino como un mal que justifica el resentimiento, en nombre de la igualdad.

Los éxitos se llaman “ventajas” ó “privilegios”. Hasta los libros que han resistido el pasar del tiempo y se han convertido en clásicos se califican de escritos “privilegiados” por el mundo académico políticamente correcto y son frecuentemente desplazados del plan de estudios por otras obras que están más de moda en el momento.

¿Por qué será que los éxitos – sean en la medicina, los negocios, la literatura o donde sea – atraen tantas reacciones negativas?

Eric Hoffer podría haber puesto su dedo en la llaga cuando dijo: “Nada ofende más al doctrinario intelectual como la capacidad de alcanzar éxitos enormes en la practica sin necesidad de palabras.”

A todos estos “importantes” charlatanes les mortifica que las compañías farmacéuticas, Wal-Mart, la policía y tantos otros realmente mejoran nuestras vidas. Nada provoca tanto resentimiento entre los que hablan y escriben como ser echados de lado por los que hacen.

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Two Earthquakes And Their Results Under Two Different Social Systems

By Thomas Sowell
Capitalism Magazine
December 30, 2003

Within a week of each other, two earthquakes struck on opposite sides of the world -- an earthquake measuring 6.5 on the Richter scale in California and a 6.6 earthquake in Iran. But, however similar the earthquakes, the human costs were enormously different.

The deaths in Iran have been counted in the tens of thousands. In California, the deaths did not reach double digits. Why the difference? In one word, wealth.

Wealth enables homes, buildings and other structures to be built to withstand greater stresses. Wealth permits the creation of modern transportation that can quickly carry people to medical facilities. It enables those facilities to be equipped with more advanced medical apparatus and supplies, and amply staffed with highly trained doctors and support staff.

Those who disdain wealth as crass materialism need to understand that wealth is one of the biggest life-saving factors in the world. As an economist in India has pointed out, "95 percent of deaths from natural hazards occur in poor countries."

You can see the effect of wealth by looking at the same country at different times. The biggest hurricane to hit the United States was hurricane Andrew in 1998 but it took fewer than 50 lives. Yet another hurricane, back in 1900, took at least 6,000 lives in Galveston.

The difference was that the United States was a much richer country in 1998. It had earlier warning from more advanced weather tracking equipment. It had better roads and more cars in which to evacuate before the hurricane struck, as well as more and better equipment for digging victims out of debris, and better medical treatment available for those who needed it.

Those who preen themselves on their "compassion" for the poor, and who disdain wealth, are being inconsistent, if not hypocritical. Wealth is the only thing that can prevent poverty. However, if you are not trying to prevent poverty but to exploit it for political purposes, that is another story.

There is another side to the story of these two earthquakes and their consequences. It gives the lie to the dogma being propagandized incessantly, from the schools to the media, that one culture is just as good as another.

It is just as good to lose tens of thousands of lives as not to? What hogwash! It is just as good to lack modern medicine, modern transportation, and modern industry as it is to have them? Who is kidding whom?

This dogmatism prevails at home as well as internationally. Cultures that lead to most children being born to single mothers are just as good as cultures where children grow up with two parents -- if you believe the dogma.

Facts say the opposite. Whether it is education, crime, or poverty, there are huge differences between single-parent families and two-parent families. Even race doesn't make as much difference in outcomes. The poverty rate among black married couples is in single digits. The infant mortality rate among black married women with only a high school diploma is lower than the infant mortality rate among white unmarried women who have been to college.

None of this makes a dent in those who promote the big lie that one culture is just as good as another. What does it even mean to say that? Does it mean that facts fit the dogma? Or does it just mean that they choose to use words in a certain way? It may not make any difference in their theories, but only in the real world.

None of this means that one culture is better than another for all purposes. The cheap vulgarity and brutal ugliness of so much of our media is a legitimate complaint at home and abroad. The sheer silliness of our fad-ridden public schools is a national disgrace.

By the same token, cultures that are less advanced in some ways often have contributions to make in other ways. We all take different things from different cultures to create our own personal lifestyles. We need to stop pretending that it makes no difference when all the facts show that it makes a huge difference, from poverty to matters of life and death.

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Cómo la globalización conquista la pobreza

Por Johan Norberg
Traducido por Juan Carlos Hidalgo
Cortesía del Cato Institute

En 1870, Suecia era más pobre de lo que es el Congo hoy en día. La gente vivía veinte años menos de lo que se vive en la actualidad en los países en desarrollo, y la mortalidad infantil era el doble de la del país en desarrollo promedio. Mis ancestros estaban literalmente muriéndose de hambre.

Pero las reformas de liberalización doméstica y el libre comercio con otros países cambiaron todo eso. Un acuerdo comercial con Inglaterra y Francia en 1865 hizo posible que los suecos se especializaran. No podíamos producir bien comida, pero podíamos producir acero y madera, y venderlos en el extranjero. Con el dinero que ganábamos podíamos comprar comida.

En 1870 comenzó la revolución industrial en Suecia. Nuevas compañías exportaron a otros países alrededor del globo y la producción creció rápidamente. La competencia forzó a nuestras compañías a ser más eficientes, y viejas industrias fueron cerradas de tal forma que pudiéramos satisfacer nuevas demandas, tales como mejor vestimenta, servicios médicos y educación.

Para 1950—cuando el Estado Benefactor sueco no era más que un destello en los ojos de los socialdemócratas—la economía sueca se había cuadruplicado. La mortalidad infantil había sido reducida en un 85% y la expectativa de vida había aumentado milagrosamente por 25 años. Estábamos en camino a abolir la pobreza. Nos habíamos globalizado.

Aún más interesante es que Suecia creció a una tasa mucho más rápida que la de los países desarrollados con los que comerció. Los salarios en Suecia crecieron de un 33% del salario promedio en Estados Unidos en 1870 a un 56% a inicios del siglo XX, aún cuando los salarios estadounidenses habían aumentado considerablemente durante el mismo período.

Esto no debería sorprender a nadie. Los modelos económicos predicen que los países pobres deberían tener tasas de crecimiento más altas que los ricos. Los países en desarrollo tienen más recursos latentes que aprovechar, y se pueden beneficiar de la existencia de naciones más ricas a las cuales exportar bienes y de las cuales importar capital y tecnología más avanzada, mientras que los países más ricos ya han capturado muchas de esas ganancias.

Es un caso muy claro. Excepto por un pequeño problema. Esta relación no existe.

La mayoría de los países pobres crecen más despacio que las naciones industrializadas. La razón es simple: gran parte de los países en desarrollo no pueden hacer uso de estas oportunidades internacionales. Y las dos razones más significativas de que esto sea así son creadas por el hombre: obstáculos domésticos y externos. Las barreras domésticas como la carencia de un Estado de Derecho, un clima estable para la inversión, y la protección de los derechos de propiedad. Las barreras externas como el proteccionismo de los países ricos en bienes de particular importancia para el Tercer Mundo—textiles y agricultura—que (según la UNCTAD) priva a los países en desarrollo de cerca de $700.000 millones en ingresos producto de exportaciones al año—casi 14 veces lo que reciben en ayuda externa.

Pero cuando miramos a los países pobres con buenas instituciones y que están abiertos al comercio, vemos que están logrando un rápido progreso, más veloz que las naciones ricas. Un estudio clásico de Jeffrey Sachs y Andrew Warner de 117 países en los setenta y ochenta mostró que las naciones en desarrollo abiertas tenían una tasa de crecimiento anual del 4.5%, comparado con el 0.7% de los países en desarrollo cerrados y el 2.3% de las naciones industrializadas abiertas. Un reporte reciente del Banco Mundial concluye que 24 países con una población total de 3.000 millones de personas se están integrando a la economía global a una velocidad nunca antes vista. Su crecimiento per cápita también ha aumentado de un 1% en los sesenta a un 5% en los noventa (comparado con el crecimiento de un país rico de un 1.9%). Al ritmo actual, el ciudadano promedio en estas naciones en desarrollo verá su ingreso duplicado en menos de 15 años.

Esto nos lleva a concluir que la globalización, el aumento en el comercio internacional, las comunicaciones, y las inversiones, es la manera más eficiente en la historia para extender oportunidades internacionales. Los anti-globalizadores tienen razón cuando afirman que grandes partes del mundo están siendo rezagadas, especialmente el África Sub-sahariana. Pero también sucede que esa es la parte menos liberal del mundo, con la mayor cantidad de regulaciones y controles, y la tradición más débil de derechos de propiedad. Cuando los anti-globalizadores acusan a la globalización por la miseria africana, suena tan extraño como cuando las autoridades de Corea del Norte le explicaron a un político de Mongolia que los visitaba que el norcoreano promedio es infeliz y miserable porque está triste por el imperialismo estadounidense.

Las estadísticas oficiales de los gobiernos, las Naciones Unidas y el Banco Mundial, señalan todas en la dirección de que la humanidad nunca antes ha atestiguado una mejora tan dramática en la condición humana como la que hemos visto en las últimas tres décadas. Hemos oído la versión opuesta tantas veces que la damos por descontado sin siquiera examinar la evidencia.

Durante los últimos treinta años, el hambre crónica y la magnitud del trabajo infantil en los países en desarrollo han sido reducidos por la mitad. En las últimas cinco décadas, la expectativa de vida ha subido de 46 a 64 años, y la mortalidad infantil ha sido reducida del 18% al 8%. Estos indicadores son mucho mejores en la actualidad en los países en desarrollo de lo que fueron en las naciones más ricas hace cien años.

En una generación se ha duplicado el ingreso promedio en los países en desarrollo. Tal y como lo ha observado el Programa de Desarrollo de las Naciones Unidas, en los últimos 50 años la pobreza global ha disminuido más que en los 500 años anteriores a eso. El número de pobres absolutos—gente que vive con menos de un dólar al día—ha sido reducido de acuerdo al Banco Mundial en 200 millones de personas en las últimas dos décadas, aún cuando la población mundial creció en 1.500 millones durante ese período.

Sin embargo, aún esos descubrimientos alentadores sobreestiman probablemente la pobreza mundial, ya que el Banco Mundial utiliza información de encuestas como base para sus evaluaciones. Estos datos tienen la mala reputación de no ser confiables. Por ejemplo, sugieren que los surcoreanos son más ricos que los suecos y británicos, y que Etiopía es más rica que la India.

Además, las encuestas capturan cada vez menos el ingreso de un individuo. La persona pobre promedio en el exacto mismo nivel de pobreza en encuestas de 1987 y 1998 había visto su ingreso aumentar en la realidad en un 17%. El ex economista del Banco Mundial, Surjit S. Bhalla publicó recientemente sus propios cálculos los cuales complementan los resultados de las encuestas con información de cuentas nacionales (en el libro Imagine There's No Country, Institute for International Economics, 2002). Bhalla encontró que la meta de la ONU de reducir la pobreza mundial por debajo del 15% para el año 2015 ya ha sido alcanzada y sobrepasada. La pobreza absoluta había de hecho caído de un nivel del 44% en 1980 al 13% en el 2000.

Bhalla también muestra que el PIB per cápita de los países en desarrollo tomados como un todo (y no como naciones individuales) creció un 3.1% entre 1980 y el 2000, comparado con un 1.6% para los países industrializados. Estas naciones están repitiendo ahora la experiencia sueca de finales del siglo XIX, pero de manera más rápida. De 1780, le tomó a Inglaterra 60 años el duplicar su riqueza. Cien años después, Suecia lo hizo en 40 años, y otro siglo después, le tomó a Corea del Sur poco más de 10 años.

El mundo nunca ha sido un mejor lugar donde vivir que en la actualidad. La pobreza nunca había sido tan baja y los niveles de vida tan altos como ahora. Y la era de la globalización ha creado el escenario para un crecimiento aún más rápido de las oportunidades y la creación de riqueza.

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Sobre la naturaleza de un gobierno – 1ra parte

Por Ayn Rand

Un gobierno es una institución que posee el poder exclusivo de forzar ciertas reglas de conducta social en un área geográfica.

¿Necesitan los hombres tal institución y por qué?

Ya que la mente del hombre es su herramienta básica para sobrevivir, su instrumento para obtener conocimientos y guiar sus acciones, la condición básica que necesita es la libertad de pensar y actuar de acuerdo con su juicio racional. Esto no quiere decir que el hombre debe vivir solo y que una isla desierta es el ambiente que mejor satisface sus necesidades. El hombre puede derivar beneficios enormes de la cooperación con otros. El ambiente social es el que más conduce para su supervivencia exitosa, pero solamente en ciertas condiciones.

"Los dos grandes valores que se pueden obtener de la existencia social son: conocimientos e intercambio. El hombre es la única especie que puede transmitir y expandir cúmulos de conocimientos de generación en generación; los conocimientos que potencialmente están al alcance del hombre son mucho mayores que lo que un solo hombre pudiese comenzar a adquirir en una vida; cada hombre obtiene beneficios incalculables de los conocimientos descubiertos por otros. El segundo gran beneficio es la división del trabajo: permite que un hombre dedique su esfuerzo a un campo particular de trabajo y que intercambie con otros, quienes se especializan en otros campos. Esta forma de cooperación permite a todos los hombres que participan en ella adquirir mayores conocimientos, destreza y beneficios productivos de su trabajo que lo que lograrían si cada uno tuviera que producir todo lo que necesita, ya en una isla desierta o en una unidad agrícola autosuficiente.

"Pero estos mismos beneficios indican, delimitan y definen qué clase de hombres pueden ser de valor uno para el otro, y en qué clase de sociedad: únicamente hombres racionales, productivos e independientes, en una sociedad racional, productiva y libre". (The Objectivist Effects).

Una sociedad que roba al individuo el producto de su esfuerzo, o lo esclaviza, o pretende limitar la libertad de su mente, o le obliga a actuar en contra de su juicio personal una sociedad que establece un conflicto entre sus leyes y los requerimientos de la naturaleza del hombre no es, hablando estrictamente, una sociedad, sino una chusma unida por leyes de pandilla institucionalizada.

Tal sociedad destruye todos los valores de la coexistencia humana, no tiene justificación posible y representa, no una fuente de beneficio, sino la amenaza más mortal incomparablemente a la supervivencia del hombre. La vida en una isla desierta, es más segura y preferible a la existencia en la Rusia soviética o en la Alemania nazi.

Si los hombres han de vivir juntos en una sociedad pacífica, productiva y racional, y tratar uno con el otro para beneficio mutuo, tienen que aceptar el principio básico social, sin el cual no es posible una sociedad moral o civilizada: el principio de los derechos individuales.

Reconocer los derechos individuales significa reconocer y aceptar las condiciones que requiere el hombre por su naturaleza para sobrevivir adecuadamente.

Los derechos del hombre pueden ser violados únicamente por la fuerza física. Es únicamente por medio de la fuerza física que un hombre puede quitarle a otro la vida o esclavizarlo o robarle, o impedir que otro persiga sus propias finalidades, u obligarlo a actuar contra su propio juicio racional.

La precondición de una sociedad civilizada es la prohibición de la fuerza física en las relaciones sociales, estableciendo así el principio que si el hombre desea tratar uno con el otro, puede hacerlo únicamente por medio de la razón: mediante discusión, persuasión y acuerdo voluntario sin coerción. La consecuencia necesaria del derecho del hombre a su vida, es su derecho a defenderse. En una sociedad civilizada la fuerza puede utilizarse únicamente en vía de represalia y únicamente contra aquellos que iniciaron su uso. Todas las razones que convierten la iniciación de fuerza física en un mal, convierten el uso de la fuerza física en vía de represalia, un imperativo moral.

Si una sociedad "pacifista" renunciara al uso de la fuerza en vía de represalia, ella quedaría inútilmente a la merced del primer rufián que decidiese actuar inmoralmente. Tal sociedad lograría lo opuesto a su propia intención: en vez de abolir el mal, lo fomentaría y gratificaría.

Si una sociedad no provee protección organizada contra la fuerza, obligaría a cada ciudadano a vivir armado, convertir su hogar en una fortaleza, y disparar a los extraños que se acercasen a su puerta, o a asociarse a una pandilla de ciudadanos para protegerse, quienes pelearían con otras pandillas, formadas para el mismo propósito, y así traería la degeneración de esa sociedad al caos: al dominio por pandilla, es decir, gobierno por fuerza bruta, hacia la guerrilla de tribu típica de salvajes prehistóricos.

El uso de la fuerza física aun en vía de represalia no puede dejarse a la discreción de los ciudadanos individuales. La coexistencia pacífica es imposible si el hombre tiene que vivir bajo la amenaza constante del uso de la fuerza bruta por parte de sus vecinos en cualquier momento. Ya sea que las intenciones de sus vecinos sean buenas o malas, que sus juicios sean racionales o irracionales, que estén motivados por un sentido de justicia o por ignorancia o prejuicio o malicia, el uso de la fuerza contra un hombre no puede dejarse a la decisión arbitraria de otro.

Visualice, por ejemplo, qué pasaría si un hombre perdiese su cartera, concluyese que se la han robado, y entrase en todas las casas del vecindario a buscarla, matando al primer hombre que le mirase en forma sospechosa, tomando tal mirada como prueba de culpabilidad.

El uso de la fuerza de represalia requiere reglas objetivas para establecer pruebas de que un crimen ha sido cometido y probar quién lo ha cometido, así como también reglas objetivas para definir castigos y procedimientos para implementarlos. Los hombres que pretenden perseguir crímenes sin tales reglas, constituyen una chusma furiosa. Si una sociedad dejase el uso de la fuerza represiva en las manos de ciudadanos individuales, degeneraría hacia la ley de la jungla y hacia una serie interminable de vendetas y guerras privadas.

Si la fuerza física va a ser excluida de las relaciones sociales, el hombre necesita una institución encargada de la tarea de proteger sus derechos y supeditada a un código objetivo de reglas.

Esta es la función de un Gobierno de un legítimo Gobierno, su función primordial, su única justificación moral y la razón por la cual los hombres sí necesitan un gobierno.

Un gobierno es el medio que coloca el uso de la fuerza física represiva bajo el control objetivo. Es decir, bajo leyes definidas objetivamente.

La diferencia fundamental entre una acción privada y una acción gubernamental, una diferencia completamente ignorada y evadida hoy día descansa en el hecho que el gobierno tiene el monopolio del uso legal de la fuerza física. Tiene que tener tal monopolio, ya que es el agente para restringir y combatir el uso de la fuerza y, por esa misma razón, sus acciones tienen que ser rígidamente definidas, delimitadas, y circunscritas; ni el más ligero capricho o antojo debe serle permitido en el cumplimiento de sus obligaciones; debe actuar como robot impersonal, con la ley como su única fuerza motivadora. Si una sociedad ha de ser libre, su gobierno tiene que estar controlado.

Bajo un sistema social adecuado, un individuo particular es legalmente libre para tomar cualquier acción que desea, siempre que no viole los derechos de otros, mientras que un funcionario gubernamental está limitado por ley en cada uno de sus actos oficiales. Una persona individual puede hacer todo aquello excepto lo que está legalmente prohibido; un funcionario gubernamental no puede hacer nada excepto aquello que está legalmente permitido.

Esta es la manera de subordinar la "fuerza" al "derecho". Éste es el concepto estadounidense de "un gobierno de leyes y no de hombres".

La naturaleza de las leyes propias a una sociedad libre y de la fuente de la autoridad gubernamental, se derivan de la naturaleza o propósito de un gobierno adecuado. El principio básico de ambas está indicado en la Declaración de Independencia: "para afianzar estos derechos (individuales), los hombres instituyen gobiernos derivando su justo poder del consentimiento de los gobernados...".

Ya que la protección de los derechos individuales es la única función propia de un gobierno, igualmente la es la única función impropia de la legislación: todas las leyes deben estar basadas en los derechos individuales y dirigidas hacia su protección. Todas las leyes deben ser objetivas (y objetivamente justificables): los hombres deben saber claramente y con anticipación a sus actos, lo que la ley les prohibe hacer (y por qué), qué constituye un delito y cuál es el castigo que sufrirán sí lo cometen.

La fuente de autoridad del gobierno es "el consentimiento de los gobernados". Esto quiere decir que el gobierno no es el mandante, sino el que sirve, el mandatario, o sea un agente de los ciudadanos; eso significa que el gobierno como tal no tiene más derechos excepto los derechos delegados en él por los ciudadanos para un objeto específico.

Existe únicamente un principio básico, al cual el individuo debe consentir si desea vivir en una sociedad libre y civilizada: el principio de renunciar al uso de la fuerza física y delegarle al gobierno su derecho de autodefensa, con objeto de que la implementación sea ordenada, objetiva y legalmente definida, O, poniéndolo de otra manera, debe aceptar la separación de la fuerza y el capricho (cualquier capricho, incluyendo los propios).

Pues bien, ¿qué sucede en caso de desacuerdo entre dos hombres referente a alguna actividad en la cual ambos están involucrados? En una sociedad libre, los hombres no están obligados a tratar unos con los otros. Ellos lo hacen únicamente por acuerdo voluntario y, cuando existe un elemento de tiempo, mediante contrato. Si un contrato es quebrantado por la decisión arbitraria de un hombre, puede causarle daños financieros desastrosos al otro, y la víctima no tendría otro recurso que arrebatarle al que lo ha ofendido su propiedad en vía de compensación. Pero nuevamente, el uso de la fuerza no puede dejarse sujeto a la decisión de individuos particulares. Y esto nos lleva a una de las funciones más importantes y más complejas de un gobierno: la función de árbitro que arregla disputas entre los hombres de acuerdo con leyes objetivas.

Los delincuentes son una pequeña minoría en cualquier sociedad semicivilizada. Pero la protección e implementación de contratos a través de cortes de ley civil, es la necesidad más crucial de una sociedad pacífica; pues, sin tal protección, ninguna civilización podría ser desarrollada o mantenida.

El hombre no puede sobrevivir, como lo hacen los animales, actuando bajo el impulso del momento inmediato. El hombre tiene que proyectar sus finalidades y alcanzarlas a través del tiempo; tiene que calcular sus actos y planificar su vida a largo plazo. Mientras mejor sea la mente del hombre y mientras mayor sus conocimientos, mayor el plazo de su planificación.

Mientras más elevada y compleja una civilización, mayor será el plazo de sus actividades y, por lo tanto, mayor será el plazo de los acuerdos contractuales entre los hombres, y más urgente será su necesidad de proteger la seguridad de tales acuerdos. Y aun una necesidad primitiva a base de trueque no podría funcionar si un hombre, después de haber acordado entregar un quintal de papas a cambio de una canasta de huevos, y después de haber recibido los huevos, rehusara entregar las papas. Visualice las consecuencias de este tipo de acción caprichosa en una sociedad industrializada, donde los hombres entregan millones de dólares de bienes al crédito, o contratan las construcciones de miles de millones, o firman contratos a noventa años.

El rompimiento unilateral de un contrato involucra el uso indirecto de la fuerza física: consiste, en esencia, en que un hombre recibe valores materiales, bienes o servicios de otro, y entonces rehusa pagar por ellos reteniéndolos por la fuerza (por la mera posesión física), y no por derecho, es decir, que los guarda sin el consentimiento de su dueño. El fraude involucra un uso similar indirecto de la fuerza: consiste en obtener valores materiales sin el consentimiento del dueño bajo premisas o pretensiones falsas. La extorsión es otra variante del uso indirecto de la fuerza: consiste en obtener valores materiales, no a cambio de valores, sino mediante la amenaza, fuerza, violencia o daño.

Algunas de estas acciones evidentemente son criminales. Otras, como el rompimiento unilateral de un contrato, puede que no esté motivada criminalmente, pero puede ser causada por irresponsabilidad o irracionalidad. Otros podrán ser asuntos complejos con algo de justicia en ambos lados. Pero sea el caso que fuere, todas esas disputas tienen que sujetarse a leyes objetivamente definidas y tienen que ser resueltas por un árbitro imparcial, aplicando las leyes, en otras palabras, por un juez (y un jurado cuando corresponde). Obsérvese el principio básico que rige a la justicia en todos estos casos: es el principio que ningún hombre puede obtener valores de otros sin el consentimiento del dueño y, como corolario, que los derechos del hombre no pueden abandonarse a la suerte de la decisión unilateral, el juicio arbitrario, o el capricho y juicio irracional de otro hombre.

Tal en esencia, es el fin propio de un gobierno: hacer la existencia social posible a los hombres, mediante la protección de los beneficios y combatiendo los males que los hombres pueden causarse unos a otros.

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Sobre la naturaleza de un gobierno – 2nd parte

Por Ayn Rand

La función propia de un gobierno cae dentro de tres amplias categorías, todas las cuales involucran el punto del uso de la fuerza y la protección de los derechos del hombre: la Policía, para proteger a los hombres de los criminales; las Fuerzas Armadas, para proteger a los hombres de invasores extranjeros; las Cortes, para decidir disputas de acuerdo con leyes objetivas.

De estas tres categorías se derivan muchas situaciones y corolarios, y su implementación en la práctica, en forma de legislación específica, es enormemente compleja. Pertenece a un campo especial de la ciencia: la filosofía de la ley. Muchos errores y muchos desacuerdos son posibles en el campo de la implementación, pero lo que es esencial aquí, es el principio que ha de implementarse: el principio que el objeto de la ley de un gobierno es la protección de derechos individuales.

Hoy, ese principio está olvidado, ignorado y evadido. El resultado es el presente estado del mundo, con la regresión de la humanidad hacia la tiranía absolutista sin ley, hacia el salvajismo primitivo de gobierno por la fuerza bruta.

En actitud de protesta insensata contra esta tendencia, algunas personas presentan la cuestión de que siendo tales gobiernos tan malos por naturaleza, si no será la anarquía el sistema social ideal. La anarquía, como concepto político, es una abstracción que flota ingenuamente: por todas las razones discutidas antes, una sociedad sin un gobierno organizado estaría a merced del primer criminal que llegase, el cual la precipitaría hacia el caos de las guerrillas pandilleras. Pero la posibilidad de inmoralidad humana no es la única objeción a la anarquía: aún en una sociedad donde cada uno de sus miembros fuese completamente racional y sin tacha moral, no podría funcionar en estado de anarquía, es la necesidad de leyes objetivas y de un árbitro para desacuerdos honrados dentro de los hombres que crea la necesidad de establecer un gobierno.

Una variante reciente de la teoría anarquista, que está confundiendo a algunos jóvenes que abogan por la libertad, es el espantoso absurdo llamado "gobiernos en competencia". Aceptando la premisa básica de los modernos estatistas que no ven la diferencia entre las funciones de un gobierno y la función de la industria, entre la fuerza y la producción, y que abogan por la propiedad estatal de los negocios, los proponentes de "gobiernos en competencia" toman el otro lado de la misma moneda y declaran que ya que la competencia es tan beneficiosa para los negocios, debería aplicarse también a los gobiernos. En vez de un solo gobierno monopolista, declaran, debiera existir un número de diferentes gobiernos en la misma área geográfica, compitiendo por la lealtad de los ciudadanos individuales, dejando a cada ciudadano libre de escoger y estar con el gobierno que escoge.

Recordemos que el control del hombre por la fuerza es el único servicio que un gobierno puede ofrecer. Pregúntese qué significaría la competencia en control forzoso.

No puede llamársele a esto una teoría contradictoria en terminología, ya que evidentemente carece de comprensión de los términos "competencias" y "gobierno". Tampoco puede llamársele una abstracción flotante, ya que es carente de cualquier contacto o referencia a la realidad y no puede concretarse, ni siquiera en forma aproximada. Una ilustración será suficiente: supongamos que el Sr. Smith, un cliente del gobierno "A", sospecha que su vecino, el Sr. Jones, quien es cliente del gobierno "E", le ha robado; un destacamento de la policía "A" llega a la casa del Sr. Jones y encuentran en la puerta un destacamento de la policía "B", que declara que no aceptan la validez de la acusación del Sr. Smith y que no reconocen la autoridad del gobierno "A". ¿Qué sucede entonces? Siga usted adelante con el ejemplo.

La evolución del concepto del gobierno ha tenido una larga y difícil historia. Alguna idea de la función propia de un gobierno parece haber existido en toda sociedad organizada, manifestándose en un fenómeno tal como el reconocimiento implícito (aunque a veces no existente) de la diferencia entre un gobierno y una pandilla la aureola de respeto y de autoridad moral otorgada a un gobierno como el guardián de la "ley y el orden", el hecho que aun los gobiernos más malos reconocieron la necesidad de mantener alguna apariencia de orden y alguna pretensión de justicia, aunque fuese únicamente rutina y tradición, y de proclamar más de alguna justificación moral por su poder, ya de naturaleza mística o social. Así como los monarcas absolutos de Francia tuvieron que invocar "Los Derechos Divinos de Los Reyes", los dictadores modernos de la Rusia soviética tienen que gastar fortunas en propaganda para justificar su poder ante los ojos de los sujetos esclavizados.

En la historia del hombre, la comprensión de la propia función de un gobierno es de logro reciente. Únicamente tiene 200 años de edad y data de la revolución estadounidense. No solamente identificaron la naturaleza y la necesidad de una sociedad libre, sino encontraron la manera de traducirla a la práctica. Una sociedad libre como cualquier otro producto humano no puede obtenerse por casualidad, mediante el mero deseo ni sólo por la "buena voluntad" de sus líderes.

Un complejo sistema legal, basado en principios de validez objetivos, son requeridos para hacer una sociedad libre y mantenerla libre, un sistema que no depende de las motivaciones, del carácter moral o de las intenciones de algún funcionario público, un sistema que no ofrece oportunidad ni "salidas" para el desarrollo de la tiranía.

El sistema estadounidense de poderes balanceados y limitados consistió en tal hazaña. Y aunque ciertas contradicciones en la Constitución sí dejaron algunas salidas para el crecimiento del estatismo, la hazaña incomparable fue el concepto de una Constitución como medio para limitar y restringir el poder del gobierno.

Hoy día, cuando se está haciendo un gran esfuerzo conjunto para borrar este punto, no se puede repetir con demasiada frecuencia que la Constitución es una limitación al gobierno y no al individuo particular que no ordena la conducta del individuo particular, sino únicamente la conducta de un gobierno-, que no es una carta para poder estatal, sino una carta de protección ciudadana contra el gobierno.

Ahora considere la generalización del concepto moral y político invertido en el concepto prevaleciente de gobierno. En vez de ser un protector de los derechos del hombre, el gobierno se está convirtiendo en el violador más peligroso; en vez de guardar la libertad, los gobiernos están estableciendo esclavitud; en vez de proteger a los hombres de los iniciadores de la fuerza física, los gobiernos están iniciando la fuerza física y coerción en la forma y en los casos que le place. En vez de servir como el instrumento de objetividad en las relaciones humanas, los gobiernos están creando un mortal y subterráneo reinado de la inseguridad y miedo, mediante leyes no objetivas, cuya interpretación se deja a las decisiones arbitrarias de burócratas ocasionales; en vez de proteger a los hombres del daño por caprichos, los gobiernos se abrogan el poder del capricho ilimitado, en tal forma que rápidamente estamos llegando a la etapa de última inversión: la etapa cuando el gobierno es libre de hacer cualquier cosa que le plazca, mientras los ciudadanos actúan únicamente por permiso; que es la etapa de los períodos más oscuros de la historia humana, la etapa de gobierno por la fuerza bruta.

Muchas veces se ha mencionado que a pesar del progreso material, la humanidad no ha alcanzado un grado comparable de progreso moral. Tal expresión generalmente es seguida por alguna conclusión pesimista referente a la naturaleza humana. Es cierto que el estado moral de la humanidad es vergonzosamente bajo. Pero cuando uno considera las monstruosas inversiones morales de los gobiernos (hechas posibles por una moralidad altruista colectivista), bajo la cual la humanidad ha tenido que vivir a través de la mayor parte de su historia, uno principia a asombrarse cómo los hombres han logrado preservar aún un semblante de civilización, y cual vestigio indestructible de autoestimación, lo ha mantenido caminando sobre dos pies.

Uno también principia a ver más claro la naturaleza de los principios políticos que tienen que llegarse a aceptar y a advocar, como parte de la batalla, por el renacimiento intelectual del hombre.

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Sesenta años de "Camino de servidumbre"

Carlos Ball*
Libertad Digital, 15 de marzo de 2004

Pocos libros en la historia moderna han marcado tanto una época e iniciado un cambio lento pero tan radical de rumbo como “Camino de servidumbre” de Friedrich Hayek, publicado el 10 de marzo de 1944.

El profesor Hayek, quien nació en Viena en 1899, fue invitado al London School of Economics (LSE) en 1931; tomó la nacionalidad británica en 1938 y por la mudanza de la LSE a Cambridge durante la Segunda Guerra, fue allí donde escribió su gran éxito de librería, dedicado a “los socialistas de todos los partidos”. Las dos grandes guerras aceleraron tanto el crecimiento e intervencionismo del estado que todo parecía indicar que el siglo XX sería el siglo del triunfo del colectivismo.

Hayek argumenta en este libro que los socialistas democráticos tienen ideales utópicos que suenan muy bonitos y serían maravillosos si pudieran realmente ponerse en práctica. Pero la instrumentación de aún la más modesta planificación central requiere obligar a la gente a actuar de manera diferente y esa es una receta segura para avanzar hacia la esclavitud, bajo gobiernos crecientemente arbitrarios. Para el planificador, el individuo no es el fin sino el instrumento para alcanzar las metas del plan central. Y esa concentración del poder económico y político en las mismas manos pronto atrae a políticos y gobernantes sin escrúpulos, del tipo que los latinoamericanos hemos sufrido a lo largo de nuestras vidas.

De joven, antes de la Primera Guerra Mundial, Hayek vivió en un ambiente de libertad que pronto desaparecería. La gente se podía desplazar por el mundo sin pasaportes ni visas ni permisos de trabajo. Las guerras que siempre disparan el crecimiento de los gobiernos y de burocracias ansiosas de dirigir y controlar la vida de los demás cambió radicalmente el ambiente de libre intercambio comercial que había prevalecido bajo la Pax Britannica, especialmente entre 1850 y 1914.

Hayek no sólo anunció el fracaso de la planificación centralizada, sino que nos dejó ver que esa misma planificación es el camino a la esclavitud, el camino del Gosplan (la planificación soviética) al Gulag (los campos de concentración en Siberia). Además, al Gran Hermano no sólo hay que obedecerle sino también adorarlo (pensemos en Castro, Aristide, Chávez, etc.) Hayek tituló el capítulo 10: “Por qué los peores se colocan arriba” y sostiene que la barbarie es la consecuencia no intencional pero sí inevitable del intento socialista de reorganizar nuestra civilización comercial.

“El más importante cambio que el intenso control gubernamental produce –escribe Hayek- es un cambio psicológico, una alteración del carácter de la gente… los ideales políticos de la gente y su actitud hacia la autoridad son tanto la causa como el efecto de las instituciones políticas bajo las que vivimos”.

Lamentablemente, escuelas y universidades de nuestro hemisferio siguen enseñando a los jóvenes que socialismo significa alcanzar la igualdad. Hayek explica que la verdadera democracia garantiza la igualdad de oportunidades, mientras que el socialismo trata a la gente de manera desigual para intentar lograr una quimérica igualdad económica.

El libro fue publicado por la Universidad de Chicago y la edición pronto se agotó. La revista Selecciones del Reader’s Digest publicó una condensación que llegó al gran público, incluyendo 1,5 millones de soldados norteamericanos. Pero el gobierno aliado de ocupación en Alemania no permitió la venta del libro “para no ofender a los soviéticos”.

La conclusión del libro es que la barbarie es la consecuencia no intencional del fascismo, del comunismo y de la socialdemocracia. Explica la conexión entre el socialismo y la tiranía gubernamental y mantiene que la sociedad libre no puede existir en ausencia de un sistema económico capitalista.

Hayek recibió el Premio Nobel de economía en 1974 y vivió hasta 1992. La última vez que lo vi y lo escuché fue en la reunión de la Sociedad Mont Pelerin en Queens’ College, Cambridge, en 1984, cuando esa sociedad que él fundó en 1947 celebraba los 40 años de la publicación de “Camino de servidumbre”. Para escribir esta columna he estado repasando el volumen que el profesor Hayek me autografió en esa ocasión.

© AIPE

*Carlos Ball, director de la agencia AIPE y académico asociado del Cato Institute

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ALLENDE O LA DESTRUCCIÓN DE LA ECONOMÍA CHILENA

Lorenzo Bernaldo de Quirós*
Union Liberal Cubana

Aunque la dramática situación económica creada en Chile por el gobierno de la Unidad Popular no fue el determinante fundamental del golpe de Estado que derribó a Salvador Allende del poder, sí contribuyó de manera decisiva a extender la oposición de la sociedad civil a la política del gobierno. La agonía de la economía chilena entre 1970 y 1973 no fue el resultado de conspiraciones internas o externas destinadas a hacer fracasar el proyecto de cambio impulsado por la izquierda, sino la consecuencia directa de un proyecto destinado a establecer un sistema socialista mediante la absorción por parte del Estado de la mayoría de los medios de producción y la eliminación real del derecho de propiedad. Este programa tuvo como base las llamadas "Cuarenta Medidas Básicas" acordadas por los partidos que integraban la Unidad Popular. El efecto de su aplicación fue el colapso económico del país.

La destrucción de la propiedad privada se produjo al margen de los cauces parlamentarios y mediante el uso ilegítimo de la ley. Allende utilizó una corporación pública, la CORFO, para intentar controlar los bancos. A tal fin ofreció por sus acciones precios superiores a los del mercado. Ante el fracaso de esta operación, el ejecutivo recurrió a "resquicios legales" que le permitieron intervenir la actividad bancaria y controlar totalmente el crédito. Ese mismo instrumento fue utilizado para expropiar las empresas chilenas más importantes. En 1973, el Estado era "propietario" del 70% de la industria. Al mismo tiempo se nacionalizaron sin indemnización alguna millones de hectáreas, el 90% de la tierra, hecho que fue precedido por la ocupación violenta de buena parte de ellas por los militantes y simpatizantes de la Unidad Popular. La acción de Allende en este terreno es una copia exacta del método empleado por Fidel Castro para dominar la economía cubana y sus efectos fueron finalmente los mismos: un descenso abrupto de la producción y de la inversión.

Con la finalidad de estimular la economía y "beneficiar" a las masas trabajadoras, la Unidad Popular impulsó un extraordinario incremento de la cantidad de dinero en circulación y expandió de modo espectacular el déficit público, un programa keynesiano clásico. Este modelo provocó momentáneamente un aumento espectacular del consumo, un repunte de la producción mientras la inflación se mantenía bajo control, el 22% en 1971, gracias a un estricto control de precios. Sin embargo, esta política no era sostenible. La cuantiosa emisión de dinero y la disponibilidad decreciente de bienes se hacen notar a finales de ese año y se produce la primera manifestación multitudinaria contra el gobierno, la "marcha de las cacerolas". A lo largo de 1972, ese proceso madura. El impacto redistribuidor buscado por el gobierno se pierde en su totalidad, el ingreso real cae, el desempleo se acelera y la protesta popular se dispara. El control de precios se traduce en la aparición del racionamiento y en la creación de un próspero mercado negro. En 1973, la crónica de un caos económico anunciado comienza a expresarse con toda su crudeza. La producción minera, la agropecuaria, la industrial se hunden. Si se toma el tipo de cambio medio existente a fines del período de la Unidad Popular, la pérdida de PIB representa una cifra de 5.000 millones de dólares, lo que equivale a la producción de cobre de siete años valorada al precio medio del metal de 1972 y de 1973.

En los ámbitos monetario y fiscal, la coyuntura se deterioró a marchas forzadas. En 1973, el déficit público se situó en cifras espectaculares, la cantidad de dinero aumentó en un 300% y Chile entró en la hiperinflación. La distorsión del sistema de precios fue total. Si se observa el tipo de cambio oficial se muestra una diferencia de más de 110 veces entre el correspondiente a la importación de productos alimenticios y el que se paga en el mercado negro. Se produjeron situaciones ridículas como la de que un saco de harina vacío resultaba más caro que el lleno o que el precio del huevo ascendía a 20 escudos por unidad mientras el precio oficial de la gallina era de 60 escudos. Todo esto era un resultado inevitable de la política de Allende.

Como era inevitable, esta crítica coyuntura interna se vio reflejada en el sector exterior. La irracional política cambiaria del momento hacía que, dependiendo del tipo de cambio, una camisa podía costar entre 0.75 dólares y 95 dólares. El desplome de la producción y el "boom" artificial del consumo elevaron las importaciones de alimentos hasta los 650 millones de dólares, cifra similar a los retornos obtenidos por las exportaciones de cobre, mientras las ventas al exterior se derrumbaban. Por último, Chile se vio obligado a declararse en bancarrota ante la imposibilidad de pagar la deuda externa. En septiembre de 1973, el Banco Central tenía en caja tres millones de dólares, el costo de importar alimentos dos días. El país estaba en quiebra técnica.

La vía chilena al socialismo destrozó la economía con la finalidad de lograr el control total del país. Desde esta perspectiva, el manejo de los asuntos económicos estaba al servicio de un propósito político como sucede siempre en los Estados comunistas. Si se aspiraba a instaurar un orden marxista-leninista era necesario acompañar la toma política del poder de una estrategia de desmantelamiento de los mecanismos propios de una economía de mercado, entre ellos y principalmente, la propiedad privada. Sin embargo, el golpe dado por las Fuerzas Armadas no tuvo ese origen. Este debe buscarse en el objetivo estratégico de crear un modelo de Estado similar al vigente en Cuba o en los demás países del área soviética, atropellando la Constitución y violentando la legalidad. Desde esta perspectiva, la supresión del capitalismo era un elemento esencial para construir un sistema totalitario.

* Lorenzo Bernaldo de Quirós es presidente de Freemarket International Consulting en Madrid, España y académico asociado del Cato Institute (Washington D.C.), en cuya página web (www.elcato.org) apareció este artículo el 1º de octubre de 2003.

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Suecia: Más pobre de lo que se piensa

William L. Anderson*

Uno de los mitos más perdurables del Estado del Bienestar o Tercera Vía es que una nación puede tener un mayor nivel de vida –incluso si nadie necesita trabajar- siempre y cuando el Estado transfiera grandes cantidades de renta de aquellos que están bien a los que están menos bien. Durante las últimas décadas nos han inundado con nuevas historias, libros y comentarios públicos cuyo único fin era exhortarnos a ser como Suecia.

Los suecos, nos han dicho, disfrutan de atención médica gratuita, generosos beneficios sociales, jornada laboral recortada y subsidios para casi todo. Cuando uno recuerda que los suecos pagan altísimos impuestos, la respuesta habitual es: "Eso es cierto, pero mira lo que reciben a cambio de su contribución"

De acuerdo a un reciente estudio, sin embargo, la verdad no puede esconderse por más tiempo. En lo relativo a los hogares en los Estados Unidos, el ingreso familiar en Suecia es considerablemente inferior. De hecho, concluye el estudio, el ingreso medio en Suecia es menor que el ingreso medio de un americano de raza negra, que constituye el grupo socio económico con el ingreso más bajo de todo el país.

La investigación fue hecha por el Instituto Sueco de Comercio, que de acuerdo con Reuters, "efectuó una comparativa de estadísticas oficiales tanto suecas como estadounidenses sobre ingresos en los hogares, producto interior doméstico, consumo privado y gasto en comercio minorista per cápita entre 1980 y 1999"

El estudio se valió de "precios fijos y paridad del poder de compra" y encontró que: "El promedio de ingreso doméstico en Suecia a finales de los noventa era el equivalente a 26.800 dólares, comparado con una media de 39.400 dólares para los hogares americanos" Además, el estudio remarca que la productividad sueca ha caído rápidamente en relación con la productividad capital en los Estados Unidos.

En defensa de los suecos déjenme decir que simples comparaciones de ingresos pueden ser engañosas. A pesar de que nunca he estado en Suecia (teniendo incluso familiares allí), pienso que los peores barrios de Estocolmo y otras ciudades suecas son más vivibles y atractivos que los que pueden encontrarse en los Estados Unidos. Incluso con impuestos altos preferiría vivir en el centro de Estocolmo que en el centro de Detroit o Newark.

Sin embargo, el estudio nos advierte de algo mucho más importante; que el Estado del Bienestar europeo no está haciendo a los ciudadanos más ricos. Con el pasar del tiempo las crisis en estos países relativamente prósperos se están haciendo más largas, y si esa enfermedad no es cortada, gran parte de Europa se empobrecerá considerablemente en un futuro no tan lejano. Los europeos, y con más probabilidad los americanos, parecen destinados a aprender por el camino más duro que los aparentemente intocables sistemas del bienestar tienen su propio modo de matar a la gallina de los huevos de oro.

Mientras la gente debate la situación de los suecos en Estocolmo frente a los negros en Harlem, hay un asunto más importante que la gente parece olvidar cuando se trata de Estados del Bienestar: y es que ellos mismos destruyen sus propias raíces. Los abogados del intervencionismo se concentran sobre la distribución mientras vilipendian la producción. Tal estado de cosas no puede continuar eternamente mientras los gobiernos canibalizan su propia estructura de capital conforme pasa el tiempo con objeto de hacer al sistema funcionar.

Las premisas del Estado del Bienestar son las siguientes: (1) Los mercados libres, si no están regulados por el Estado, conducen a una desigualdad creciente ya que la riqueza tiende a concentrarse en manos de unos pocos mientras más y más gente empobrece; (2) El único modo de combatir este problema es permitir al Estado tomar una gran porción de las ganancias de los ricos para redistribuirlas entre el resto de la población; y (3) Tal redistribución permite a la economía crecer ya que la concentración de la riqueza significa que solo unos pocos tendrán la capacidad de adquirir los productos creados en un sistema basado en mercado privado.

Karl Marx desarrolló esta misma premisa en sus teorías bautizándola como "contradicción interna" del capitalismo. Sin embargo el aserto contiene su propia contradicción interna y crea un escenario imposible.

Como ya apuntaron Ludwig von Mises y Murray Rothbard, en una sociedad basada en el mercado privado los individuos no pueden hacerse ricos a no ser que produzcan bienes demandados por grandes cantidades de gente. Por ejemplo, fue Henry Ford quien se hizo millonario fabricando coches, no los fabricantes de automóviles lujosos que eran accesibles sólo a los más ricos de la sociedad americana de la época. Ford desarrolló un método por el que pudo fabricar coches que la mayoría de la gente podía permitirse, y mantuvo los costes lo suficientemente bajos como para aun recoger beneficios. Los más exitosos productores de nuestra economía son aquellos que han hecho bienes accesibles para gente de todos los niveles sociales.

Wal-Mart es otro ejemplo. Se convirtió en la mayor corporación de este país, y una de las más exitosas, creando un sistema minorista que permitió a gran número de personas hacer sus compras cómodamente. De hecho, Wal-Mart comenzó su andadura hacia el éxito abriendo tiendas descuento en áreas rurales y pequeñas ciudades que estaban dominadas por grandes almacenes y empresas como la ahora quebrada Kmart.

Por lo tanto, parece ser que los productores prosperan sólo cuando los consumidores compran en gran escala lo que los productores producen. La primera afirmación justifica que el Estado del Bienestar no cuenta con un mecanismo causal adecuado, por ello no explica como se hace efectiva esa transferencia de renta de los pobres a los ricos, especialmente cuando asume que la compra voluntaria de bienes es una transferencia de renta. Tal afirmación nos devuelve a la antigua teoría del cambio por la cual el intercambio económico crea beneficiarios mutuos.

Lo que sucede es que las transferencias de renta inhiben el crecimiento económico, no lo incrementan. Penaliza a los empresarios por obtener el éxito. Acusando a aquellos creadores de riqueza de ser los destructores de la misma, los intervencionistas violentan hasta el lenguaje. Cuanta más gente sea castigada por crear riqueza menos riqueza será creada en el futuro. Un mayor Estado impide la creación y distribución de riqueza, lo que significa que aquellos que se sitúan en los márgenes de la sociedad –es decir, los menos productivos- son los primeros perjudicados. De este modo el Estado del Bienestar hace a largo plazo a los pobres más pobres.

La idea de que el Estado del Bienestar ayuda a una economía es también falsa. Como ya afirmé con anterioridad, el consumo de bienes debe tener lugar antes de que los productores cosechen los beneficios por crearlos. Es más, los regímenes del bienestar que atacan a las empresas confiscando sus beneficios impiden asimismo la futura formación de capital.

Esto me pareció evidente cuando en 1982 viajé a Centro Europa, incluyendo el antiguo Berlín Este, capital de la extinta Alemania comunista. A pesar de que Berlín Este pretendía ser el "París" del entonces bloque comunista, se me antojó como un inmenso salto atrás en el tiempo hasta 1948. Toda la ciudad estaba desvencijada, y las nuevas construcciones tenían la apariencia y el atractivo de un proyecto de viviendas sociales americanas.

Aunque la porción occidental de Alemania estaba mejor conservada y más moderna que su homóloga oriental, aún era como viajar a los años sesenta. Alemania Occidental tenía un muy bien desarrollado Estado del Bienestar por entonces que había ya oscurecido su primer modelo inspirado en la libre empresa. Un buen amigo dentista me comentó este particular de vuelta a casa.

Como cualquier otro servicio médico la odontología en Alemania funciona conforme a principios socialistas. Lo que significa que los individuos no pagan directamente por unos cuidados dentales (o médicos) que son proporcionados por el Estado. Mis amigos, que estuvieron de vacaciones en Alemania, visitaron un buen número de clínicas dentales y se toparon con que las instalaciones parecían la de las clínicas americanas de cuarenta años antes, En otras palabras, los dentistas alemanes son todavía dependientes de capital antiguo.

Uno de los peores aspectos del socialismo, económicamente hablando, es que tiene la perversa tendencia de convertir nuevo capital desde el activo- como sería el caso el caso en una economía de mercado- al pasivo. Los dentistas alemanes carecen de incentivos para adquirir nuevos equipos modernos ya que son caros y los pacientes no tienen otro lugar adonde ir. De hecho, allá donde la medicina socialista se ha aplicado por largo tiempo uno puede ver rápidamente el deterioro del stock de capital.

Durante muchos años Suecia, como sus vecinos europeos, han estado comiéndose sus stocks de capital en lugar de reponerlos. Algunas de las más ilustres empresas suecas, como Volvo, han sido capaces de mantenerse bien capitalizadas pero incluso esas mismas compañías están encontrando más atractivo establecerse en otras naciones, allá donde sus beneficios no son constantemente confiscados.

Los suecos y otros europeos del norte son un tanto afortunados en tanto que poseen un nivel de vida relativamente alto. La gente de países del sur de Europa como Italia o España – donde los altos impuestos y las agencias reguladoras abundan- se encuentran a si mismos más pobres y sin esperanzas de una mejora real.

Desafortunadamente muchos europeos (como nuestros vecinos canadienses) creen que un inmenso aparato estatal les hace moralmente superiores a naciones que carecen de los mismos beneficios. (Podría apuntarse que los Estados Unidos poseen una vasta burocracia del bienestar pero que no ofrece los mismos beneficios generosos y a largo plazo de los estados europeos) Mientras ellos parlotean sobre su superioridad moral y su igualitarismo algo está pasando. Son cada vez más y más pobres y el Estado del Bienestar no puede salvarlos. Sólo puede acelerar su caída.

*William Anderson es economista, "Adjunct scholar" del Instituto Mises. Enseña economía en la Universidad Estatal de Frostburg, en Maryland (EE.UU.). Traducido por Fernando Díaz Villanueva.

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SOCIALISMO: DISTINTOS DISFRACES MISMOS PROPOSITOS

Por Ricardo E. Calvo MD PhD
La Voz de Cuba Libre. Julio 15, 2004

Socialismo es tal vez una de las ideas mas populares que se haya propuesto. Es difícil dar con una creencia que haya moldeado tan profundamente el pensamiento político y económico mundial en el siglo XX. Basta considerar que la religión musulmana contó en un momento con un 20% de la humanidad y al cristianismo le llevo unos 300 años evangelizar al 10% del mundo mientras que en solo 150 años el socialismo (y sus variantes) era parte de la vida de un 60% de los habitantes del globo.

A pesar de los fracasos repetidos de la doctrina socialista estos no dejan de ser incentivo para su rechazo total, sobre todo en Latino América, África y Asia aun después del ejemplo sufrido por la Europa Oriental por varias décadas y visto claramente hace ya mas de 10 años. Para muchos que lidian con ideas y pensamientos políticos el socialismo sigue siendo una idea atractiva, romántica y hasta cierto punto, seductora.

Surgen constantemente nuevos dirigentes políticos que argumentan que “su socialismo” si funcionara pues todos los anteriores lideres que lo propusieron o lo impusieron contando con el poder estatal fueron victimas de fuerzas “reaccionarias” sin que se halla logrado realizar plenamente “ el mar de la felicidad socialista” en sus respectivos países.

Han existido y todavía se proponen diferentes variantes del socialismo conocidos bajo los nombres de científico, nacionalista, cristiano, democrático, etc. Todas estas son historias de grandes promesas y esperanzas de diversos matices que al cumplir con el objetivo de redistribuir las riquezas y la propiedad se transforman realmente en fabricantes de miseria.

No creamos que el socialismo es bueno en la teoría y malo en la practica como se argumenta al justificar sus resultados palpables. Es malo en la practica porque proviene de una teoría que es pésima. La prueba que pudiera provenir de una teoría “justa y equitativa” como algunos alegan es que produjera en la practica en algún momento y/o en algún país los frutos prometidos.

El socialismo en todas sus formas tiene como fin común eliminar la propiedad al establecer una sociedad en la que impera la solidaridad fraternal y la “justicia social” (ahora también conocida como “conciencia social” o el "bien común") al recibir cada ciudadano bienes para satisfacer sus necesidades y proveer a la comunidad de acuerdo a sus facultades sin olvidar que al final de la transformación y al lograr el socialismo “todos somos iguales pero unos mas iguales que otros” ( como nos dijo G. Orwell en el clásico “Rebelión en la Granja”)

Pero ¿cuales fueron las cunas del socialismo practico? ¿Fueron Marx y Engels los primeros en proponer el socialismo y mas tarde Lenin llevarlo al poder?

El pensamiento socialista había sido expuesto desde la antigüedad por Platón en “La Republica”, Tomas Moore en la “Utopia” pero la idea como movimiento político organizado tiene sus orígenes en el ocaso caótico de la Revolución Francesa al invocarse además de la fraternidad y la libertad una nueva meta: la igualdad y la colectivización de la propiedad privada.

Estas intentonas ya con programas definidos se conocieron con el nombre de la “Conspiración de la Igualdad” bajo el liderazgo de Babuef en Francia a finales del siglo XVIII y mas tarde en forma de sociedad comunitaria voluntaria llamada “La Nueva Harmonia” en los EEUU encabezada por Robert Owen en el estado de Indiana al inicio de los 1800’s.

Babuef había tomado la iniciativa de imponer el socialismo apoderándose del Estado mientras que Owen lo quiso lograr por medios voluntarios pero las dos intentonas fracasaron. Ambos vieron en la practica sus resultados catastróficos, uno mientras vivía y el otro desde la otra vida ya mucho antes que fuese destruido el muro de Berlín.

Mas tarde Marx y Engle plasman sus versiones de socialismo científico e histórico con una visión “redentora”. Engle declara que “el Estado es la sustancia y los individuos no son otra cosa que accidentes” y en el Manifiesto Comunista exponen sin titubeos que la esencia de la doctrina comunista es "abolir la propiedad privada".

La Primera Guerra Mundial le sirvió de coyuntura a Lenin y sus seguidores para poner en practica y en gran escala el “socialismo científico” y a Mussolini para establecer una de sus variantes: el fascismo conocido también como “socialismo nacionalista”.

El final de la Segunda Guerra Mundial ve una propagación del comunismo en la Europa Oriental y del socialismo democrático en la figura del Primer Ministro Británico Clement Attlee del Partido Laborar Ingles al ser elegido en las urnas electorales y reemplazar a W. Churchill cuando este había logrado su triunfo contra Alemania.

El nuevo P. Ministro Attle en aquella época declaro: “La justicia social solo se obtiene si las principales fuentes y factores económicos de la nación están en manos estatales”. Para aclarar alguna duda en cuanto a las intenciones actuales de este Partido su Secretario General por Gales puntualizo recientemente (Wall St. Journal 3/18/03 pag A14): “que había que tener claro que su Partido cree en la distribución de las riquezas y las entradas”.

Esta variante ("socialismo democrático") también encontró cabida amplia entre las naciones africanas que durante el siglo pasado lograron sus independencias del “coloniaje europeo”.

La variante “socialismo democrático” que en todas las ocasiones se inclina mas a ser mas socialista y menos democrático goza hoy en día de grandes simpatías y probablemente sea la modalidad que bajo el disfraz de “democracia” continúe su marcha inevitable de hacer creer a los ciudadanos que la intromisión del Estado en las empresas y en los mercados es ventajosa y que “el pueblo” es quien lo elige “voluntariamente” el día de las elecciones.

En esta variante del socialismo sus propulsores dejan de hablar de la “ideología burguesa” y “la división de la sociedad en clases” e incorporan en su dialéctica temas como la avaricia desmedida, niveles de desempleo, diferencial de salarios entre obreros y patronales, consumerismo, distribución de las riquezas así como la necesidad de lograr la “justicia social” en presencia de la ”iniciativa o inversión privada”.

Se le adjudica a Robert Owen el uso formal de la palabra “socialismo” para designar a esa doctrina, que tapizada por una gama variada de adjetivos, todavía conquista la mente de los pueblos al prometerles que bajo su hegemonía obtendrán la segunda realización del paraíso terrenal.

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